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  ¡Sus hijos! Ana Lucía, la pequeña, era muy susceptible, cuando hacía mucho aire y venían a jugar con ella sus amigas se escuchaba un trueno y pronto, pronto se ponían todas a llorar, lloraban tanto que se podía confundir con un  aguacero de sustos, a veces, lloraba sola sin más ni más, lloraba de melancolía en los días sombreados y pocas veces de alegría en los soleados, a pesar de la hipersensibilidad con el llanto siempre en un punto vulnerable, trataba de agradar a su padre, poniéndole destellos de vida al jardín, haciendo fértil todo a su alrededor. Pocas veces salía, por lo menos ese invierno no salió, cuando lo hacía era para llamar a sus amigas a jugar, era una trifulca de sudores de energía que empapaba todo el jardín. En ocasiones Rosario no le permitía entrar a la casa por sus travesuras de huellas húmedas. Rosario,  era la mayor, alta, elegante, su piel de nazareno se confundía con las paredes, muy recta en sus cosas, tenía la habilidad y la madurez de cerrarse en sus convicciones o abrirse en comprensión y tolerancia; ella fue la primera que abrió los brazos a su padre y el alma también cuando no hubo más clanes que integrar, ella lo convenció y le abrió la posibilidad de disfrutar más en familia. Cada vez que miraba a su padre entrar, chirriaba de alegría y no lo dejaba salir más, aunque ella después se quedara ahí balanceándose de un lado a otro.

  Cuando el padre se sentaba a escribir, todos guardaban religioso silencio en su lugar, solamente a Juan José se le permitía que  lo acompañara por doquier, como era muy inseguro este hijo suyo, siempre andaba pegadito a su padre, abrazándolo siempre. Él era el de en medio, sin embargo se le miraba casi tan viejo como su padre, muy inseguro, Juan José, se aferraba a la espalda  no sólo para protegerse sino para cuidar de su padre, lo perseguía diciéndole secretos al oído, haciéndole cosquillas, esos eran sus juegos. Su hijo, quien lo acompañaba siempre, piel a piel.

 Así transcurría la vida de aquel padre y esposo, cuya obsesión por la familia se fue magnificando a tal grado de no permitir que nada entorpeciera su relación con ellos, era su Clan y tenían que estar solos, por eso arrojó a los demás invitados de su casa: Muebles, cuadros, alfombras, vajillas, ropa, en fin, a todos. Era necesario quedarse en la casa sólo con su taza, su puerta, su abrigo y su nube.

  Pasó el invierno y se asomó aquella terrible  primavera que le escurrió el líquido a su hija, Ana Lucía,  la vio desintegrarse al calor del sol, destilando sangre y sintió de pronto el mismo aletear de párpados que dio paso a una lágrima escurridiza, furtiva, que se suicidó lanzándose al vacío. Le pidió a su hijo Juan José que la quitara con su brazo lanudo, pero al sentirlo en su cara lo electrizó de tal manera que se lo quitó  de encima y al empujarlo, Juan José cayó sobre la taza y ambos, madre e hijo, cayeron al suelo. Cuando el padre miró a su esposa hecha añicos se ofuscó tanto que encerró a Juan José en una bolsa y lo condenó a perderse en el olvido. Al dejar a su hijo en el bote de la basura que estaba en la banqueta, quiso ir a contemplar las últimas partículas de vida de su esposa, pero la puerta se cerró y no pudo entrar a la casa, Rosario no quiso chirriar de alegría esta vez, le dio la espalda a su padre y con ese gesto lo obligó a irse para siempre.

  Ahora al sabio Juan, se le derriten los puños de hielo y su llanto inunda las calles que lo hacen navegar por la vida; llanto no de los recuerdos de pérdida, no, llanto del mal pago de su familia hacia él. Llanto que empañó su vista de oscuridad, lo que él agradeció para así evitar encontrarse con una taza, una nube, una puerta y un abrigo que tuvieran algún parecido con su esposa, su Ana Lucía, su Rosario y su Juan José.

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