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El río Estigia. Límite entre la tierra y el mundo de los muertos, es transitado día y noche, por Caronte, el barquero de Hades, en su bote negro que se mueve sinuosamente por el río, guiando las sombras errantes y tristes de los difuntos, de un lado del río al otro, por el pago de una moneda.

-- Haaaaaaaaaaaaa.- Exhala Caronte mientras llega a la orilla de ceniza caliente, impulsando su gigante remo. Desciende de la barca, con su cuerpo esquelético y curtido, su túnica negra deshilachada, que es movida por los vientos de azufre que vienen de las montañas rocosas. Cerbero lo espera al llegar, meneando su cola de serpiente. Agitando Las tres cabezas unidas en su cuerpo negro y peludo, sacando su lengua morada y viscosa, que hace juego con sus cuernos.

-- El tedio se apodera de mí.-- dice Caronte acariciando con su mano huesuda y Blanca, las tres cabezas de Cerbero.

Su voz es como una legión de almas en pena, queriendo ser liberadas. Camina a paso lento el inframundo, levantando el polvo con sus huesos, solo observando oscuridad, muerte y gritos de dolor que por muchos siglos disfrutó. Ya murió su pasión. Como una vez lo hizo él, tras haber sido quemado, por hechicero y brujo, por una turba de granjeros. Esta vacío por dentro. Como las almas que han sido olvidadas en la memoria de los vivos. Mueren nuevamente en el inframundo desapareciendo sin dejar ningún rastro. Ya no siente nada por su oficio, su dolor es más profundo que el de los condenados. Perdió el entusiasmo por lo que ha visto y escuchado por siglos. La ruina de las almas buscando paz, en un lugar donde no se encuentra nada. Los gritos de desesperación duelen, en su cráneo hueco, oscuro, sin tímpanos, todo es aburrimiento y melancolía en un mundo sin fronteras, lleno de oscuridad y neblina, que permea el río de almas.

Arranca su esquelético brazo izquierdo de un solo jalón, y lo lanza lejos para su amigo Cerbero, que corre a atraparlo. Caronte mira hacia arriba las escalinatas, que conducen a la entrada. Las almas llegan por miles. Se ve azul allá arriba, con algunos reflejos amarillos que hacen desaparecer los espectros en movimiento. Comienza a subir mirando la entrada, lo rodean almas envueltas en gritos. Él sigue adelante en su conquista. Por un momento siente su corazón latir, y recuerda que solo hay costillas fijadas a la columna en lo que era su pecho. Levanta su brazo derecho y toma el espíritu de un joven de siete, que ha sido violado y torturado hasta la muerte, lo observa por un instante. Abre la mandíbula y engulle el espíritu transformándose en el joven, ya sin la inocencia en sus ojos. Sigue su ascenso hacia el mundo humano, en busca de esa chispa que ha perdido. Sin saber que, en realidad, el mundo es más ruin y tenebroso que el mismo inframundo. Lleno de odio, envidia, ambición, traición, destrucción, enfermedad.

Camina observando, como un simple chico que sale a la calle buscando su amigo de barrio. Las personas pasan a su lado, conversando, patinando, algunos solo mirando el cielo con algunos pájaros blancos, que andan en bandadas de tres o cuatro. Él observa el alma de las personas a cada paso que da. En silencio, sintiendo el aire que toca su piel joven y tersa. Levanta sus manos y mueve sus pequeños dedos, descubriendo cada parte de su nuevo cuerpo. Sigue caminando, observando todo como un pequeño turista. Se detiene un momento a mirar las personas con su afán de vida.

Un hombre sale de un bar en un instante, azotando la puerta. De barba oscura desaliñada, camisa arrugada y desabrochado, con una cerveza en la mano. Su mirada encuentra la del chico sorprendiendose.

-¡Tú, no puede ser! , ¡estás muerto! ¡No eres Real! - Dice el hombre lanzando el tarro de cerveza.

El joven lo mira acercándose despacio, comenzando a sentir todo el sufrimiento y tortura antes de morir.

-¿QUIÉN ERES?- grita el hombre desesperado sacando de su cintura un cuchillo que brilla con el reflejo de la luz.

El chico sigue adelante, el hombre lanza una cuchillada con fuerza, sin poder llegar a su objetivo, su brazo queda inmóvil, tembloroso, con su puñal en la mano. El joven se acerca levantando su brazo derecho hasta el pecho del hombre, atravesándole los órganos, sacando su corazón con fuerza, aun palpitando, derramando la sangre que corre entre sus dedos.

- ¡Regresemos a casa! Acá no hay nada diferente- dice Caronte, con el corazón en la mano.     

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