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Huir del fuego para caer en las brasas.

Corrió por los pasillos del aeropuerto porque el avión despegaba inminentemente. Si no se daba prisa, se quedaría en tierra. Había mucho tráfico en la ciudad. El taxista le había asegurado, ante las sonoras y numerosas reclamaciones que le había lanzado, que no podía hacer nada debido al alud de vehículos que poblaban las calles de la urbe. Casi sin resuello y con los nervios a flor de piel, pagó al conductor y bajó del vehículo sin despedirse y sin dar las gracias por tan desafortunado trayecto. Los altavoces ya anunciaban el embarque para el vuelo con destino París. Ana María estaba excitada. Era la primera vez que subiría en un avión. Así pues, desconocía la experiencia de viajar en un aparato que se sostiene en el aire.

Después de facturar el equipaje en el mostrador correspondiente, se dirigió, a grandes zancadas, hacia donde le indicó el empleado de la compañía.

- Dese prisa, señorita, o se irán sin usted – la avisó el guardia que se encargaba de examinar el equipaje en el detector.

- El tráfico estaba imposible – se quejó, jadeante.

La cola para entrar en el avión había menguado considerablemente cuando Ana María llegó, exhausta. Extendió el billete a la azafata y caminó deprisa por el pasadizo que conducía al aparato.

Tenía que partir antes de que él se presentara. La discusión de la noche anterior había sido demasiado violenta y él la había amenazado con matarla, si bien no era la primera vez que lo hacía. Antes de que cumpliera la amenaza, Ana María había resuelto comprar un pasaje de avión y alejarse de él. En silencio, sin anunciar que marchaba, Ana María salió por la puerta principal con la intención de no regresar.

Tenía que partir antes de que él se presentara. Antes de que intuyera por qué medio había huido. Antes de que cogiera el teléfono y comenzara a llamar a estaciones de tren, al aeropuerto, al puerto, a estaciones de autobuses y compañías para averiguar si ella viajaba en alguno de los medios de transporte al alcance de la mano.

Los motores ya estaban en marcha. Tomó asiento en el sitio que le correspondía. Esperó pacientemente las instrucciones que una voz daba por megafonía. Una azafata iba señalando la parte delantera, la parte trasera y los costados del avión. Ana María se impacientó. Si el avión no despegaba, estaba perdida porque a él le daría tiempo de saber que había comprado un billete y había embarcado en un avión. Por fin la aeronave empezó a circular. Ana María se creía salvada. A medida que aumentaba la velocidad, el corazón y los ánimos se le tranquilizaron, al comprobar que las posibilidades de que la encontrara eran cada vez más remotas.

Se abrochó el cinturón de seguridad. Al levantar vuelo, Ana María sintió un ligero vahído y como si la cabeza se le separara del cuerpo. Cuando el aparato se estabilizó en el aire, la materia volvió a la normalidad. Una amiga íntima de la infancia la había invitado a acudir a su casa y le había ofrecido refugio. París era una ciudad lo bastante grande y desconocida como para que él no la hallara entre la barahúnda de habitantes y turistas que la habitan todos los días del año. Ana María respiró aliviada. Miró a través de la ventanilla, pero sólo vio cielo y nubes. No pudo divisar nada más que no fuera el azul de la bóveda inmensa manchada ligeramente de blanco de algodón. Así se sentía ella. Si no pletórica, sí sosegada. Daniela la acogería en su hogar desinteresadamente, la ayudaría a buscar trabajo y a encontrar la estabilidad emocional de la que había carecido durante los últimos años.

El avión empezó, entonces, a dar bandazos. Los componentes de la tripulación informaron de que atravesaban una zona de turbulencias, cosa que extrañó al pasaje, pues el cielo era casi límpido. A Ana María se le encogió el alma.

- ¿Tiene miedo, señorita? – preguntó un señor de unos cincuenta años, con traje y corbata, con el pelo cano, perfectamente en armonía con el resto de cabello, negro.

- No, sólo estoy un poco intranquila – contestó ella, como si quisiera disimular el estado de pavor que la embargaba-. Es la primera vez que subo a un avión.

- Para todo hay una primera vez – apuntó el señor, muy risueño.

Ana María sonrió y volvió a mirar a través de la ventanilla. El aparato se ladeó bruscamente como si una fuerza de dimensiones colosales lo empujara.

- No se preocupe, estas cosas pasan – la calmó el hombre, al tiempo que se aflojaba el nudo de la corbata y se desabotonaba la camisa. A él también lo invadía una extraña sensación de pánico.

- Si ocurriera algo, no tenemos a donde saltar. No hay escapatoria.

- Es lo bueno de los viajes en avión. Si hay un accidente, ni heridos ni mutilados. Todos los pasajeros mueren. Las probabilidades de sobrevivir son escasas.

- Es un consuelo – respondió ella con un mohín.

Ana María profirió una mueca de desazón harto evidente. La intención era que él se diera cuenta de que la conversación no resultaba de su agrado y que solamente servía para que el espanto se le instalara definitivamente en el cuerpo y le hiciera pasar una mala travesía.

- Imagine usted que viaja en tren o en coche y sufre un accidente. Si queda viva pero ilesa, las secuelas psíquicas son incalculables. Si queda herida, aparecen secuelas físicas y psíquicas, también imborrables. Si muere, no hay secuelas. Mírelo por el lado positivo.-

Ana María maldijo a aquel hombre por hablarle de aquella manera tan cruda. Lo miró a los ojos. Eran unos ojos oscuros. Las facciones, redondeadas, albergaban una nariz puntiaguda y unos labios sensuales. A pesar de la edad, ejercía un cierto atractivo. Ana María no profirió palabra alguna. Luego bajó la mirada y volvió la vista hacia la ventana. No había ningún tipo de turbulencias. El cielo continuaba claro, aunque algo entelado. Las azafatas pasearon los carros con las viandas por el estrecho pasillo que mediaba entre las dos filas de asientos. Una de ellas se dirigió amablemente al señor. Ana María rechazó cualquier ofrecimiento de comida o de bebida.

- ¿No tiene hambre? – inquirió él, curioso.

- No suelo comer en los viajes.

- Nervios – dedujo hábilmente.

Ana María asintió y esbozó una sonrisa inocente. La elegancia con que deglutía él creó una fascinación indescriptible en la chica.

- ¿A qué va a París? – le preguntó entre bocado y bocado.

- A visitar a una amiga de la infancia.

- Dicen que París es la ciudad de la luz y del amor. Le recomiendo los paseos por el Sena. ¿Ha estado alguna vez?

- No.

La muchacha entrelazó las manos y las depositó en el regazo, avergonzada. Quizá el hombre creyera que no visitar París era un pecado imperdonable y que era una de las cosas que todo ser mortal ha de hacer antes de traspasar la línea. Nuevamente, los vaivenes. De repente, el avión descendió bruscamente unos metros. Ana María se agarró fuertemente a los brazos del asiento. Por megafonía se oía la voz de la tripulación que aconsejaba a los pasajeros que se abrocharan los cinturones. Ana María no movió un dedo porque ella lo llevaba abrochado desde que subió a la aeronave.

- Esto no me gusta nada. Me da mala espina – dijo con voz entrecortada.

- No se preocupe.

El avión continuaba dando bandazos y cayendo. La muchacha intuyó que la situación se complicaba y que se avecinaba una catástrofe de consecuencias insospechadas. El hombre la miraba y reía. Enseñaba las hileras de dientes blancos, relucientes. Los ojos le centelleaban. El avión se precipitaba al vacío. La voz pedía a los pasajeros que se tranquilizaran y que echaran los cuerpos hacia delante hasta colocar la cabeza entre las piernas. El hombre no paraba de reír. Ana María estaba cada vez más excitada. Tenía un miedo horrible y el corazón encogido, en un puño. Si el aparato se estrellaba, no saldría nadie vivo. Quizá era mejor así. De esa manera él no la encontraría jamás. La muerte le sobrevendría sin que él se la provocara.

El hombre le gritaba frases inconexas al oído y carcajeaba convulsamente. Ella no quería escuchar. El avión entró en un torrente succionador que lo absorbió irremediablemente.

Ana María despertó de súbito, sudorosa. Miró por la ventanilla. El cielo era diáfano y no se vislumbraban nubes en el horizonte. Francisco degustaba un bocadillo a su lado. Respiró hondo.

- He tenido un sueño espantoso.

- No sé qué tienen los aviones, que te acunan y te hacen dormir.

Una explosión soliviantó a los pasajeros. El aparato comenzó a precipitarse. Ana María se aferró con ahínco a los brazos del asiento.

- Estoy soñando. Estoy soñando. Soy propensa a tener sueños catastróficos. No sé por qué. Quizá porque mi vida es demasiado plácida y alguien me envía señales para que reaccione, para avisarme que la vida es como un río con corrientes y remansos de paz. No todo puede ser una balsa de aceite.

- ¿Qué dices, Ana María? – preguntó Francisco, aturdido por las palabras de la muchacha.

- Estoy soñando – reiteró tozudamente.

- El avión se desploma – informó él.

- ¿Qué avión?

- Este.

- Es un sueño. Como tantos otros – repetía sin cesar.

Ana María seguía asida enérgicamente a los brazos del asiento. Inclinó el cuerpo hacia delante sin dejar de repetir:

- Es un sueño.

Antes de que el avión se estrellara violentamente en una altiplanicie, alguien la oyó farfullar:

- Es un sueño.    

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