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La noche ofrecía diáfana un punteado de estrellas cuando Tino salió de su carromato para dirigirse a la gigantesca carpa. Era fin de temporada y pronto el efímero paso del Circo, dejaría solo huellas  de su estancia en el terreno.


Mientras caminaba hacia la entrada de artistas, podía escuchar las rachas de risas y aplausos que provenían del numeroso público que había concurrido a la ultima función.


Está actuando Carnotta, el nuevo payaso pensó, mientras ingresaba a los entoldados camarines.


Carnotta era el reemplazante de Viruta, un payaso amigo de Tino recientemente fallecido, que actuaba siempre con la  cabeza calva y abundantes rulos en las sienes que volaban al correr.

Se habían hecho amigos cuando recién comenzaba en el circo y fue él quien lo inició en la profesión; Viruta había sido trapecista y cuando  vió por primera vez a Tino le dijo que tenía cuerpo de volador, lo trataba como a un hijo y estaba feliz por eso. El cómico siempre decía que Tino y su hijo guardaban un gran parecido; su hijo se había enamorado de una señorita que no aceptaba la vida trashumante y lo condicionó a dejar el circo para continuar la relación.  A pesar de haberle   enseñado todo sobre la profesión, el hijo dejó los lazos del circo para seguir atado a su amor.


En una ocasión, Viruta salvó quizá la vida de Tino, cuando ensayaban el primer salto doble en las alturas del trapecio.  Su amigo hacía de recibidor, Tino soltó antes de tiempo su barra por lo cual, sus manos no llegarían a ser tomadas por las del cómico que venia colgando desde el otro trapecio. La caída era inminente, pero Viruta  había tomado precauciones, atando una de sus piernas por sus tobillos con una cuerda, que en su otro extremo estaba sujeta a la barra de su trapecio,  ésto le daba la posibilidad de proyectarse casi un metro más y así pudo rescatar a Tino de la caída. Esta era una estrategia que él había diseñado para uno de sus números graciosos, con ella impresionaba al público haciéndoles creer que caía peligrosamente del aparato. El caso es que Tino pudo ser sostenido por su leal amigo, quien a su vez quedó colgando de una pierna sujetada a la cuerda salvadora. Sin embargo, el pié del payaso no estaba preparado para sostener dos cuerpos y se desgarró;  esta lesión lo tuvo inactivo por dos meses, pero contento de evitar el accidente.


Tino se había dado cuenta del error luego de dar el segundo giro y en fracciones de segundos vino a su mente el recuerdo de otro accidente sufrido por  el trapecista Cayetano, que había quedado lisiado luego de una caída, pensó también en Dios  a quien rogó  en el aire con su rostro modificado por el miedo. Cuando las manos de Viruta lo tomaron no lo podía creer, ya no pensó en la imagen que proyectaba a la vista, sino que con sus dos manos se agarró de solo una de las del amigo, quien instantáneamente juntó la otra a las suyas como tenazas para salvarlo.


Luego Viruta lo reprendió, no tanto por el error de cálculo, sino porque luego del segundo giro,  le dijo,  debió estirar todo su cuerpo extendiendo sus brazos en el aire, debería dar la imagen de un ser volador, de un águila y no de un ovillo informe. El espectáculo, le aconsejaba Viruta, no debe sorprender al público por el riesgo únicamente, sino también por la gracia y solvencia de la ejecución, que no solo era un gimnasta, también era un artista. El consejo se transformaba luego en encendida arenga, un artista, repetía, un rey cuyos dominios estaban a diez metros de altura, dominando las leyes de la física, potencia e inercia a voluntad con todo su cuerpo. y estoy seguro que puedes  hacerlo, finalizaba.


Jamás le reprochó por las lesiones en su pierna, Tino no olvidaría nunca esta lección.




Esa noche venían a su  memoria las imágenes de su amigo fallecido. Había progresado mucho y hoy daría su primer salto triple, Viruta no podría ver su actuación.


 Todo estaba listo, ya era su turno. Entro al círculo central acompañado por sones de trompetas de la banda y el aplauso del publico respondió a su saludo. Tomó la cuerda con manos firmes y comenzó a subir ágil y solvente. Se paró en la alta plataformilla, saludó girando su cuerpo con el brazo diestro en alto, luego asió un delgado orinque y trajo el trapecio hacia sí;  cuando se tomó de la barra, un redoble de tambores anunciaba la inminencia de la prueba y aumentaba la expectativa de los numerosos asistentes. No había red protectora .


Su compañero comenzó a balancearse en el otro trapecio que lo recibiría, colgado de sus piernas cabeza abajo y con un seco golpe de palmas le avisó que estaba listo.


Se detuvieron los tambores, el silencio lo abarcaba todo y  el suspenso llegó al límite.


Tino saltó con sus piernas hacia delante, estéticamente, buscando velocidad. La energía potencial es ahora cinética, estiró sus piernas pendulando en el eje de su cintura para dar mayor belleza a la acción. El compañero desde el otro trapecio dió dos palmadas cortas, era la señal.


Tino soltó su barra y comenzó a girar en el aire, la masa del publico, los músicos, los tramoyistas, todos, concentraron sus miradas en él y comenzaron a contar absortos,!una!, ¡dos!, ¡tres!.  El silencio era tan profundo que se podía escuchar el chirrido de los goznes de las hamacas.


Tino estiró esbeltamente su cuerpo, los platillos de la banda de música debieron sonar en ese instante pero  sospechosamente no lo hicieron, Tino con sus brazos y piernas estiradas pareció volar como un águila.


¡Estaba volando!, abrió sus manos como alas adelantadas y el público seguía su vuelo.


Sin embargo, tal como aquella vez, había calculado mal, lo supo antes de estirar su cuerpo pero igual lo hizo, si debía caer lo haría como un águila, esbeltamente, sin temor; no como un ovillo informe y se dispuso a todo, su rostro miraba a su compañero que llegaría tarde para recibirlo.


El público comenzó a percibir el error y vio venir el horror desde lo alto. Desde el espacio enmarcado de cordajes, columnas y un cielo entoldado caía Tino. Todo fué en instantes, los rostros antes expectantes, ahora se llenaban de espanto, comenzaron gritos de gargantas que se ahogaban, manos cubriendo muchos ojos que buscaron la red inexistente. El suspenso del espectáculo se trocó en pánico. Tino se encomendó a Dios.


De pronto, como apareciendo entre nubes, vio el rostro de su compañero que se acercaba a recibirlo, colgado del otro trapecio, estaba pintarrajeado con enormes círculos alrededor de sus ojos, su boca enormizada hasta el absurdo por el maquillaje, la cabeza calva con sus sienes cargadas de abundantes rulos volando al viento. Sí, el rostro de un payaso, que soltaba sus piernas del trapecio, una de ellas asida a una cuerda sujetada a la barra, que se acercaba más y más para alcanzarlo con sus manos.

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