Sabía todo lo referente a los vampiros humanos: su miedo a la luz del sol, su inmortalidad que solo podía romperse con una estaca en el corazón o una bala de plata bendecida, su necesidad de sangre humana, su aversión a los ajos y algo que le parecía muy curioso; que no se reflejaban en los espejos y que los mordidos por un ser de estos se convertía también en vampiro.
Una noche soñó que un vampiro había penetrado por la ventana y le había succionado sangre del cuello. Despertó antes del amanecer con un dolor agudo en el cuello, se tocó la parte adolorida y detectó dos pequeños orificios sobre la yugular, sintió un enorme deseo de sangre y se paró al baño para mirarse al espejo, ¡Dios mío, pensó, el espejo no me refleja!
Edgar Tarazona Angel