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Cuenta el acervo cultural de nuestra comunidad, que hace muchos años llegó desde su lejana tierra natal, el Dr. Adalberto Schuster. Lo acompañaba su señora esposa, y una hija adoptiva. Amable, cordial y servicial a toda costa. Muy humilde de condición, ofreciendo un corazón abierto al más necesitado.

Por colaboración popular le obsequian una vivienda, que la mantuvo junto a su esposa e hija, hasta el día de su muerte. Su característico sobretodo negro, lo acompañaba a todas las visitas de sus pacientes. En sus bolsillos nunca faltaba un caramelo para los niños, que iba entregando de sus propias manos, a los pícaros pequeños que conocían tal condición.

En una de las habituales  consultas domiciliarias, llega hasta la vivienda de una familia de varios hijos pequeños. Desde la puerta hasta llegar al cuarto de la enferma, fue entregando caramelos. Arrodillado junto a la cama de la paciente, nota que lo estaban tironeando de su sobretodo. Sin girar su cabeza, retira un caramelo de su bolsillo e intenta entregarlo. Sorpresa para el médico benefactor, cuando a su lado estaba un simpático perrito. Una sonrisa afloró en sus labios, entregando el caramelo a la enferma.

 

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