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Todos los que estábamos en le reunión lo esperábamos. Él, ingresó sin que nadie lo advirtiera.

Pasada ya, las doce de la noche, la dama vestida de blanco dijo: ¡Comencemos la fiesta sin él! Era un despropósito, pues ese El, era precisamente su futuro esposo.

Al cabo de la cuarta copa de champagne y luego de degustar sabrosos bocados del mediterráneo, ya nadie se acordaba del novio.

Las horas pasaban rápidamente, conversando trivialidades y disfrutando la delicada alegría que da la comunión del alcohol y la música.

La novia bailaba con todos, siempre con su impecable sonrisa. Y de las sonrisas de todos se pasó a las carcajadas de fresca diversión.

Yo, de vez en cuando, miraba hacia un rincón del gran salón, donde en un mullido sillón, y debajo de una lámpara de pie, que daba un tenue brillo, se encontraba un joven.

No podía verlo claramente por la escasa luminosidad, pero siempre se encontraba en la misma posición, casi sin moverse, taciturno, dando la impresión que nos observaba y observaba cada detalle de lo que acontecía.

Ya entrada la madrugada llegó el coche que iba a trasladar a los recién casados y dar inicio a su luna de miel.

Ella, la novia, revoleaba a las solteras su liga, y todas se arrojaban al suelo desesperadamente para obtener el preciado tesoro que las rescataría de la soledad.

Los padres de la dama vestida de blanco, le entregaron un bolso, que yo supuse podrían contener prendas delicadas y especiales para ser utilizadas en la tan esperada noche de matrimonio.

Ella, bebiendo él último trago dijo adiós y salió veloz y feliz hacia el automóvil que la esperaba, bajo una lluvia de arroz y buenos augurios.

Subió al coche, saludó con su mano desde la ventanilla y el vehículo partió raudamente.

 

Yo había llegado hasta allí, para acompañar a un amigo que no me había dado detalles de la fiesta, y a pesar de que no conocía ni a los novios ni a la familia, me fue suficiente con saber que había buen vino y buena comida.

Desde ese lugar (ahora se, el de la ignorancia ) todo lo sucedido me había parecido al menos extraño. Pero mas extraño aún fue lo que luego sucedió.

Se sirvió una nueva ronda de champagne, y el encargado del servicio advirtió a todos los comensales que ésa era la última copa de la noche.

De pronto, se levantó de su sillón, ese muchacho que nadie había visto ingresar y que solo yo advertí, y pidió a todos que se colocaran uno detrás de otros, formando una fila.

Yo me quedé sentado en mi silla, mirando con interés y asombro lo que sucedía.

El joven, recorriendo la fila formada, fue entregando un cheque a cada uno, junto con un sentido y sincero agradecimiento.

 

El coche que llevaba a la novia ya había llegado al Instituto de enfermos mentales.

La dama vestida de blanco era recibida por dos enfermeras que la esperaban.

Ella, la novia, desbordaba de felicidad y narraba con alegría lo hermoso que había estado el novio y la maravillosa  fiesta. Al observarla demasiado excitada, una enfermera le entregó dos pastillas que ella tragó sin beber.

Aquí, en la fiesta, todos se iban retirando. El joven, saludando a cada uno en la puerta del salón, les recordaba que los esperaba a todos dentro de 365 días, como lo venía haciendo desde hacía cinco años atrás. El mismo día y a la misma hora, para festejar el casamiento de él, el novio, con el único, el mas grande y el mas hermoso amor de su vida.

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