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El combate debió ser rápido y dramático. El encuentro sorpresivo entre ambos pelotones de reconocimiento, dio por resultado lo que podría llamarse una masacre sin sentido; tal como suele suceder cuando se encuentran dos bandos rivales en cualquier guerra. Mucho más, cuando esa guerra es entre hermanos. Los cuerpos inermes de franquistas y republicanos han quedado esparcidos sobre los campos cercanos a la ciudad de Madrid, emparentados por la irracionalidad de un mismo nacionalismo.

Después del feroz enfrentamiento, Juan Vera quedó tendido entre sus camaradas. Su vida se apaga de a poco, sostenido solo por la esperanza de que alguien atine a pasar por el lugar, y reconocer que su vida aún pende del débil hilo que en breve cortará la Parca. Los dolores que las balas han dejado en su cuerpo, no pueden terminar del todo con su vida. La esperanza de ser rescatado le insufla el aire débil que lo mantiene expectante. Es el poder que tenemos los humanos para sobrevivir en casos extremos. Juan Vera resiste junto al calor de los cuerpos de amigos y enemigos que se están enfriando poco a poco.

 

Un nuevo pelotón de novicios se acerca. El miedo de la juventud no puede aplacar el ánimo de la aventura y la heroicidad que los convierte en inmortales. Son jóvenes aún. Inexpertos muchachos que empuñan un fusil como el último recurso de los intereses políticos, ambiciones ajenas que casi no se comprenden. Jacinto Solar avanza con ellos, son sus compañeros de brigada. Se siente seguro de que no va a morir, tan solo, porque a esa edad la muerte está lejos. La muerte es para los otros, los veteranos de esta guerra civil. Aún así, él no ha matado aún y ni siquiera sabe qué sentirá cuando lo haga. No se anima a matar. Se imagina ver caer el cuerpo de un hermano al otro extremo de su proyectil y eso lo abruma. No obstante, es consciente de que debe aniquilar al enemigo. Fue adoctrinado para eso, pero aún no ha tenido oportunidad de saborear la muerte, de cargar con el remordimiento cuando vea caer a otro cuerpo humano al que él mismo le quitó la vida. Sus experiencias homicidas nunca pasaron de una partida de caza y del festín con la presa capturada. Esto es diferente: está en medio de una guerra civil.

“El otro o yo” es la consigna. Cuando vea al enemigo apuntarle, él tendrá que ser más rápido y certero. Mientras tanto, avanza junto a sus compañeros de brigada. El paso es sigiloso, la visión escasa. El sol también se muere en el horizonte y tendrá que regresar al campamento para enfrentar el mañana, que será tan incierto como el hoy. No sabe qué sentirá cuando jale del gatillo de su fusil, y después del estruendo de la bala, se defina quién deberá caer.

 

Juan Vera permanece a la espera de una mano salvadora que lo rescate de la dura lucha que mantiene con la muerte. Agoniza junto a otros cadáveres y pronto los acompañará si no lo rescatan. La tenue luz que se filtra a través de sus párpados, bajarán la cortina negra de la noche y será él quien ya no tenga un mañana. Soporta el dolor con la ignorancia de quien enfrenta lo desconocido. Solo lo mantiene la prístina esperanza.

 

El pelotón de novatos está cerca, apenas a unos pasos detrás de la lomada de ralos arbustos. Jacinto Solar avanza sigiloso y sorpresivamente se topa con las siluetas oscuras de los cuerpos sin vida. Es la oportunidad de probar su coraje. Se conmueve al descubrir la matanza. Son bultos silenciosos, inofensivas figuras espeluznantes esparcidas sobre el campo. Se pregunta qué podrá sentir él, cuando su bala perfore la carne humana. Por instinto apunta al bulto de cadáveres porque no quiere matar a nadie y dispara sobre uno cualquiera para ensayar. El cuerpo de Juan Vera se sacude con el impacto de la bala penetrándole la carne, exhala un último suspiro silencioso. Juan Vera ha muerto.

 

Su joven enemigo se irá pensando que jamás matará a nadie. La impresión que le produjo apuntar a un cuerpo humano, dejó una fea sensación en su alma.

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