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Esto tiene algo de autobiografía. Como es bastante extenso,
con pretensiones de futura novela, voy a publicarlo en etapas.
Si esta primera parte no agrada...
Me reservo lo que pienso hacer con las otras 200 hojas.

Primera Entrega

Cuando mi padre bajaba al pueblo a visitarnos tenía la costumbre de llevarme a las tiendas donde se reunía a beber con sus amigotes, yo era su orgullo por el motivo de ser su primogénito, y conversaba delante de mí de todos los temas que ocupan a los varones en este tipo de actividades: deportes, negocios, conflictos de diferente índole y, sobre todo, de mujeres.

Allí me enteré de muchas conquistas de mi padre, sus amigos poco salían del pueblo y este era muy pequeño para permitir  aventuras extramatrimoniales y las pocas mujeres que prestaban su cuerpo ya se sabía a quienes pertenecían, claro que estas conclusiones vine a sacarlas muchos años después; en ese entonces yo me enorgullecía de mi padre porque sus amigos se asombraban de sus proezas varoniles y después de mucho tiempo comprobé que eran ciertas; allí empecé a tomar, sobre las rodillas de mi papá o jugando en una mesa vecina que estuviera desocupada, en la que iban acomodando las botellas vacías o a medio vaciar, cuando no me miraban tomaba sorbitos que me hacían sentir extraño pero para nada mal. Sólo un día sentí unos malestares horrendos y fue cuando mi padre, viéndome tomar con agrado de su cerveza, me dio media copa de aguardiente y vomité hasta las tripas, mi abuela, que era la madre de él, lo maldijo y lo trató muy mal cuando me vio y se dio cuenta de la causa de mis males. Durante una larga temporada mi padre dejó de llevarme a sus tomatas y si mal no recuerdo ni me hicieron falta pero, cuando salía con mi abuelita por la calle (nunca me dejaban salir solo), y pasábamos por el frente de los establecimientos donde vendían licores, la cerveza me volvía agua la boca y el trago me rebotaba el estómago. Mi infancia fue una cosa rara porque me crié con mi abuela, una tía abuela y la muchacha del servicio y eso, hasta donde recuerdo, me convirtió en un solitario.

A los seis o siete años y sin saber el motivo resulté de acólito en la iglesia del pueblo, un edificio enorme para un pueblo tan pequeño pero como la fe de sus habitantes era más grande que sus necesidades reales y como no existían miserables absolutos la iglesia se construyó con la contribución de todos y hasta el reloj lo donó un familiar lejano de mi madre, tal vez como expiación de sus pecados porque, según ella, era un fornicador empedernido que nunca tuvo hijos con su esposa legítima y si con varias mujeres del campo con la cuales engendró mujeres que su mujer crió con una paciencia de santa. En la penumbra de la sacristía me reencontré con el que habría de ser mi más fiel y asiduo amigo, de toda mi existencia, metido entre las botellas: el delicioso y nunca bien ponderado vino de consagrar que me convirtió en católico fervoroso pues me hizo pensar que si esa era la sangre de Cristo ese señor tuvo que ser una persona excelente.

Como tres años me duró la dicha, y la fe, porque todos los días el curita celebraba la misa y era parco en el beber, de manera que en las vinajeras quedaba casi completa la sangre de Jesús que “salvaste al mundo” y yo no podía dejar que se perdiera este líquido sagrado, de manera que lo libaba con una fe extraordinaria. Además, me ayudaba el buen ejemplo del sacristán, un viejito que tenía una gran estimación por la sangre de Nuestro Señor y acumulaba botellas detrás del altar mayor. Parece que con un cambio de sacerdote descubrieron que el pobre sacristán estaba embriagado con mucha frecuencia por la dicha de tener al Señor en su interior y lo echaron. Para mi se acabaron las motivaciones de acólito; el cura que llegó era prácticamente abstemio en todo sentido y todo lo tenía medido y guardado; años después lo recordé en las líneas del maestro Quevedo y su obra El buscón. En algún momento, para ocultar mi estado, comencé a inventar mareos y dolores de cabeza que mi madre no creyó por pura intuición materna pero como mi palabra era ley para mi abuela, sí señor, adiós a los hábitos religiosos. De todas maneras no quedé tan alejado de la religión porque estudiaba en el colegio parroquial regentado por el párroco y nos llevaban a misa todos los domingos y fiestas de guarda.

Todo iba bien hasta la hora de la elevación y transformación del vino en la sangre de Cristo porque, en ese preciso momento me atropellaban los recuerdos y en varias ocasiones me puse a llorar; estas lágrimas elevaron mis silencios, ante los ojos de todo el mundo, a una altura beatífica muy cercana a la santidad. Nadie supo nunca que no lloraba por la pasión y muerte de Jesucristo, que era lo que ellos pensaban, sino por el vino que sobraba y se iba impunemente para la sacristía donde nadie lo aprovechaba porque el cura lo retornaba a la botella después de la misa y lo guardaba bajo llave.  Por esos días llegó al pueblo un médico de unos treinta y pico de años que resultó de la familia, era primo hermano de mi madre y estudió medicina por darle gusto a su señor padre porque su verdadera vocación era el sacerdocio; para compensar su desdicha se refugió en las botellas y dedicaba la mayor parte de su vida a beber aguardiente.

Casi desde el principio nos acercamos porque teníamos la misma vocación de solitarios irredimibles y las mismas aficiones, además de la bebida: la lectura y la música clásica; la tía abuela que me acostumbró a la hermosa música también lo había criado a él. Cuando se instaló en el consultorio que habría de ocupar hasta el final de su vida, comentó en familia; una de las pocas veces que habló y compartió con ellos; que necesitaba un muchacho para los mandados, el aseo del local y otros menesteres y, como no, ahí estaba el ex acólito, tan parecido a él en los gustos y aficiones, sin contar la afición a beber que no me habían descubierto y a él tampoco.

Al comienzo, y como estaba en periodo de vacaciones, la pasaba mucho tiempo en el consultorio entre frascos, instrumentos quirúrgicos y otras cosas de la profesión pero, lo que era más importante para mí, la variedad de libros que leía el hombre, muchos no me interesaban porque se referían a enfermedades y otras porquerías relacionadas con su profesión pero sí los de literatura y poesía. Un día me encontró ojeando un libro y se asombró de que a mi edad leyera los clásicos rusos, sus preferidos; ahí empezó una amistad que duró tres años, antes de que me pusieran interno en una lejana, retirada y fría ciudad a estudiar la secundaria y formarme como educador y formador de juventudes. Con cierta frecuencia me enviaba a  la tienda por lo que sabemos y el tendero me llenaba la botellita oscura y sin etiqueta (una bebida de malta sin alcohol que los borrachitos utilizaban para lo que estoy contando) de aguardiente, el médico espaciaba los tragos mientras leía y me mandaba por otra y otra  y así varias veces hasta la cinco de la tarde, hora en que cerraba las puertas y se ponía a leer; en realidad lo únicos días con trabajo, lo que se llama trabajo solo eran dos : Los miércoles y los domingos porque los campesinos llegaban de todos los rincones del municipio a mercar, vender sus productos, asistir a la santa misa y meterse una borrachera de miedo; algunos armaban peleas y llegaban rotos de un botellazo, cuchillo o machete y me tocaba ayudar.

La segunda vez vomité y, en adelante, estos dos días de la semana iba una muchacha con estómago a prueba de lo que fuera porque no se inmutaba con la sangre, pus, costras o las propias entrañas del herido; mi primo, como andaba anestesiado por el traguito  no le importaba nada, cortaba, cosía, desinfectaba, no en ese orden, se lavaba las manos y mientras la enfermera terminaba de organizar  al paciente se involucraba entre pecho y espalda, así decía, dos o tres tragos largos bien medidos. Con él nunca me faltaron el dinero ni la cerveza, como no le gustaba fiar siempre me daba en efectivo para pagar la llenada de la botellita y jamás, que yo recuerde, me pedía lo que sobraba y que yo invertía en cerveza; solo que la compraba en otra tienda y decía que era para el doctor, de manera que uno de los tenderos estaba convencido de la afición de mi primo por el trago y el otro por la cerveza, a la ocho de la noche salía del consultorio haciendo eses, cuando podía salir, porque si la borrachera era fenomenal se dormía en la camilla de los enfermos pero antes me pedía que le hiciera llenar la botellita, por si se ofrecía durante la noche, al otro día, sin falta, la encontraba desocupada. 

Dicen que cuando el demonio se empeña en perder a alguien se las ingenia para lograr sus propósitos y  conmigo lo logró en la forma menos pensada. Al terminar el año, cuando llegan las festividades religiosas y alegres apareció en el pueblo una familia nueva que ocupó la casa del gerente regional de la cerveza,  construcción en la cual se almacenaban cajas y cajas de botellas para surtir la población y otros municipios vecinos. 

Dio la casualidad que el niño era hijo único y salía a la calle con su abuelita; igual que yo, y en un pueblo tan pequeño era inevitable que las dos señoras se encontraran y charlaran; el demonio hizo que las benditas viejas fueran de la misma región del país y pues si señor que convertirse en las mejores amigas fue cuestión de poco tiempo; más nos demoramos en hacernos amigos con el niño que tenía el nombre del dios griego del vino, Dionisio (les juro que este era su verdadero nombre) y en invitarnos mutuamente a las respectivas casas. En realidad la mía era común y corriente y lo único raro que tenia para mostrarle era la hermosa biblioteca que no le llamó la atención; él era un niño de padre pudiente porque en esa época manejar un depósito de cerveza dejaba bastante dinero y, claro, el niño tenía cualquier cantidad de juguetes, patines, bicicleta y otros artefactos desconocidos en el pueblo pero, para mí, lo más importante estaba bajo nuestros pies, en un sótano falso: el depósito mejor surtido de la comarca y sus alrededores con mas de tres mil cajas de cerveza, cada una de treinta unidades, con la mayoría de las botellas llenas  que, cada semana, volvían a llenar los camiones que bajaban de la capital.

Yo rehusaba todos los juegos que él proponía y siempre jugábamos a las escondidas, mi favorito porque me escondía en la bodega y les daba frecuentes besos a las botellas, besos con lengua y todo porque cargaba entre el bolsillo un destapador; si me tocaba buscar, igual, aunque supiera donde estaba oculto pasaba de largo y haciéndome el tonto me iba para el sótano donde mis consentidas y, desde esa temprana edad, adquirí una resistencia increíble para soportar  el alcohol; a veces le llevaba la idea y jugábamos con sus hermosos juguetes; el que más me gustaba era un mecano con el cual armábamos máquinas fantásticas, edificios, puentes y cuanta cosa se mete en la cabeza de dos niños de nueve o diez años, no estoy seguro. Nunca le pregunté por la mamá y más tarde vine a saber que era huérfano por causa de un accidente que no podía contarme porque él tampoco sabía con certeza que había pasado y los adultos evadían el tema cuando preguntaba.

Con el tiempo me descubrió bebiendo pero no me dijo nada.  Se sentó junto a mí, en el físico suelo, y me preguntó a que sabía, yo le alcancé la botella, sin explicaciones, probó y no le gustó, entonces tuve que explicarle que al principio sabe mal pero después uno le va cogiendo el gusto y lo hace sentir lo máximo; me resultó buen alumno y cuando le cogió el agrado ya no quiso saber más de juegos de niños, directamente bajábamos al depósito a jugar a los señores y hablábamos de negocios, de deportes y de mujeres.  Por razón de su trabajo el papá del “dios del vino” viajaba todos los días, menos el domingo, por los diferentes municipios de la región y tomaba con los clientes. Por lo general llegaba a las nueve o diez de la noche más o menos borracho, lo llamaba, si no estaba muy tarde, le daba un beso, preguntaba bobadas, le echaba la bendición y se dormía, eso me lo contaba él porque a mí me acostaban a las seis de la tarde para que no me hiciera daño el anochecer, comía muy poco y dormía como los benditos hasta el otro día, por lo general me despertaba una pesadilla recurrente con un río, mar, laguna o cualquier sitio relacionado con agua y despertaba en un mar de orines que ocasionaba las burlas de mis hermanos menores y la ira de mi madre pero mi abuela se levantaba como un muro furibundo contra el cual se estrellaban todos los proyectiles verbales. Nunca supieron la verdadera causa de mis malestares infantiles y el hábito de orinarme en la cama: me acostaba borracho y con la vejiga llena y ahí tienen la orinada y los malestares consuetudinarios eran ni más ni menos que las resacas del vicio.

Una de las tías de mi madre, o sea, una de mis tías abuelas tenía una tienda en uno de los costados de la plaza mayor, que es un decir porque el pueblo era bien miserable y con una única placita en el centro, donde estaba la iglesia y el ampulosamente llamado palacio municipal; al costado de este estaba el establecimiento de mi tía donde vendía de todo, y todo es todo: Víveres, abarrotes, baratijas, cacharros, lencería, lociones ordinarias y licores; los miércoles y domingos los campesinos aprovechaban esos días de mercado para comprar los víveres y abarrotes de la semana y meter entre pecho y espalda el elixir que les alegraba el espíritu.

Cuando me renunciaron a la carrera de acólito decidí seguir la de tendero y como era el único fiable de la familia podía entrar impunemente detrás del mostrador a despachar cerveza y trago a los  borrachitos y manejar las monedas y billetes de las cuentas; nadie desconfiaba de este niño cándido e inocente, de manera que podía sisar en las cuentas con absoluta tranquilidad y desocuparme, de vez en cuando, una botellita de cerveza que camuflaba entre el envase que se acumulaba en las cajas. A pesar de mi obstinación con el licor era muy ordenado con las cuentas y al final del día le ayudaba a la viejita a organizar los billetes y las monedas en grupos según la denominación; además, durante la siesta del medio día de mi tía, camuflaba licor en la bodeguita que estaba a la izquierda del local en una pieza donde sólo entrábamos los dos; muchos años pasaron para que ella falleciera y muchísimos más para el deceso de las otras dos tías y nunca se supo de mis hurtos ni de mi sed intolerable que impidió que llegara más lejos de donde llegué.

Mi familia fue de esas en las cuales se cumplió el precepto bíblico de “creced y multiplicaos” y nunca me expliqué por qué a ninguno de mis hermanos o primos les otorgaron tanta confianza y acceso al dinero o los artículos de la tienda ni de las casas. Muchos años después se comentaba de los sucesos de la infancia pero nadie me relacionaba con pérdidas de dinero u objetos. El primo médico de vez en cuando debía realizar autopsias y un día me invitó; vomité hasta el alma y sólo pude tranquilizarme con el trago que me dio para el cuerpo y el espíritu pero, jamás pude olvidar el olor nauseabundo de ese cadáver de tres o cuatro días, la hinchazón total, la expresión de esa cara deforme por el dolor de la agonía, los ojos sin brillo, el color amarillento, los dedos engarrotados, y todo el cuerpo rígido por la agonía de la muerte. Ese fantasma, junto al de la oscuridad y el encierro me persiguieron durante toda la vida. Mis amistades, que no amigos, fueron muy pocas, nadie quiere ser amigo de un niño extraño que se la pasa leyendo y habla de unos personajes que nadie conoce y cuando se le invita a jugar propone juegos como los tres mosqueteros, Sandokan, Tarzan y otros personajes que no conocían en el pueblo y que sólo llegaban en las aventuras de los periódicos dominicales que utilizaban los tenderos para envolver los artículos porque la gente de bien leía las noticias políticas y sobre la guerra de Corea y el pueblo raso en general era analfabeta.

Los niños de mi edad decían que estudiar era para los estúpidos y que por eso mi familia era de las más pobres del salón de clase donde estábamos (esto lo digo yo ahora) porque perdíamos el tiempo con los libros mientras sus padres eran agricultores y ganaderos, actividades que dejaban dinero. Yo esperaba que, de pronto, mi padre llegara con la noticia de que uno de sus grandes negocios le había resultado para humillar a los lenguaraces... y nada. Mi querido, extraño y lejano padre llenó mis oídos infantiles de negocios fantásticos, imperios familiares, riquezas incalculables y fantasías extraordinarias que yo le creí, primero sobre sus piernas cuando muy niño y después sentado cerca de él cuando seguía hablando de mis excelencias de hijo y sus proezas sexuales y mercantiles; años más tarde descubrí que la mayoría de alcohólicos sufren de los mismos delirios de grandeza y construyen, en su imaginación, imperios comerciales, emporios ganaderos y agrícolas y entre ellos se las creen. Por extraño que parezca se hizo gran amigo de mi primo médico; lo único que los unía era la afición a la bebida y ni eso porque mi padre prefería las bebidas fermentadas y el doctor las destiladas; el primo leía y asimilaba mientras mi padre pensaba, como el resto del pueblo, que la lectura era un hábito de bobos y perdedores. Nunca lo vi ganador  y lo amaba y quería que me quisiera; jamás se bajó de su pedestal para acariciar, de veras, a un hijo; pasados muchos  años se volvió tierno con mis hermanos menores y con los nietos... mucho tiempo después, cuando ya para qué.

El final de mi infancia llegó brutalmente con la noticia de que nos cambiábamos del pueblo a una pequeña ciudad de provincia con mayores posibilidades de estudio y de trabajo y para que el papá nos visitara con mayor frecuencia: todos nos llenamos de alegría; enseguida y casi sin respirar me soltaron el rollo, por ser el mayor, y por una disposición de la república, me ganaba una beca para estudiar en calidad de  interno en un colegio oficial lejos del pueblo,  mis padres, mis hermanos y mi hermosa abuela, el único consuelo y puerto de mis congojas; cómo iba a saber que esa ausencia duraría seis largos años y cambiaría todo, lo que se dice todo, de mi vida.

Alcohol (Segunda Entrega)

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