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AMOR EN LA OSCURIDAD

¿Cómo será ella? En sus cartas me ha dicho que es rubia, que sus ojos son marrones y su pelo es lacio, muy largo; ¡lo sé, lo sé!, eso no define lo que una persona es: solo describe su aspecto exterior. Pero da curiosidad. Aunque en verdad, no me importa como sea, porque conozco su corazón. Esas líneas que con tanta pasión ella me escribía y yo leía en mi pequeño apartamento, era el bálsamo que necesitaba mi alma atormentada. ¡Claro que sí! Conozco de primera mano el sufrimiento y la soledad, lo he padecido desde que era un niño.

― ¡Eh, Richard! ¿Jugamos una carrera de relevos?

Esas palabras del brabucón de la clase, me dolían, pero jamás me amedrenté.

― Tú primero.

Por supuesto que siempre me ganaba, mi pierna coja no me permitía correr como los demás niños. Eso no me importaba, me sentía mejor que ellos, porque no debían lidiar con este problema, yo sí. Era más fuerte que esos idiotas. Tal vez, exageré. Tal vez ellos eran mejores que yo, tenían dos piernas fuertes. Claro que eso no importaba, hasta que descubrí que existía un sexo opuesto al mío y además, que era muy atractivo. La adolescencia había llegado a mi vida y con ello, más complicaciones. Mi timidez extrema no me permitía expresar lo que sentía.

Una noche de verano, cuando el sol se apagaba lentamente sobre la playa, y un grupo de amigos estábamos reunidos junto a un fogón improvisado, vi su rostro anaranjado que se reflejaba ante mis ojos y sucumbí al amor. Era la chica más hermosa que había conocido antes de ese momento. Mi corazón se paralizó por unos instantes. Supe, ingenuamente que era el amor de mi vida. La había visto antes, en la clase de la preparatoria, pero ahora era tan hermosa, tal vez la suave brisa del océano transformó esas imágenes que tenía en algo más. No lo sé. Torpemente me acerqué a ella y con palabras que no sé si fueron románticas o apropiadas, pero le confesé lo que sentía. Esto fue lo que recibí:

― Estúpido. ¿No te has visto en un espejo? Déjame en paz.

No la culpo. Ella vio lo que todos veían. Lo que soy: algo que no vale la pena. Mi amargura fue calando en mi alma. Esa escena de rechazo fue repitiéndose a lo largo de los años: el desprecio, el no ser correspondido. ¡Claro que conozco eso! La soledad, es mi fiel compañía, mi amiga de camino, aunque es  tan fría e insensible. No le importa nada, solo ama la ausencia, el vacío: es su naturaleza y la mía.

Tengo treinta años y parece que mi vida ha dado un giro importante. Son los años sesenta y las cosas han cambiado. Acudí a una agencia matrimonial. Tuve suerte, alguien, una mujer, luego de varios meses de escribirnos cartas, ha aceptado conocerme. Jamás me pidió una fotografía. Así de respetuosa es. Me relató que era la hija menor de una familia de presbiterianos. Tuve que ir al diccionario para saber que es una congregación religiosa derivada del calvinismo. Es una chica maravillosa, con sentimientos muy solidarios y humanos. Además, jamás ha tenido un novio a sus veinte años.  

Hoy es el día. En su última carta me dijo que nos veríamos en un Restaurant y me indicó la dirección precisa. Hace media hora que la espero. Mi impaciencia es enorme. Siento exageradamente que estoy enamorado, siento volar en el espacio sideral pero al mismo tiempo temor. Cuando esté aquí y me vea: ¿seguirá interesada? No soy precisamente un galán. ¡Hoy Dios, por qué estoy condenado a la soledad, a la amargura de mi destino! Los minutos son siglos. Observo cada persona que entra en este lugar y mi desilusión aumenta. ¿Se habrá arrepentido? Examino todas las cartas en mi mente y no encuentro explicación. Le abrí mi corazón de par en par. ¿Tal vez dije algo que la incomodó? ¡Cuántas dudas tengo!    

Ella me dijo en su carta que iría con un vestido azul y una pequeña flor en su ojal izquierdo. Es toda la información que recibí. Después de mi tercer café, octavo cigarrillo y de varios rechazos del menú al camarero, levanto la cabeza y veo entrar a un ángel con una melena rubia muy lacia que le caía alrededor de su precioso rostro. Efectivamente, sus ojos son marrones pero no miran hacia ningún lado. “¡Qué soberbia!”, pienso. Observo la flor en su vestido azul, y reconozco que es ella. No hay dudas.

El camarero se le acerca, la toma de la mano, algo extraño para mí, y la conduce hacia donde yo estoy. Erguida delante de mí, dice:

―Tú debes ser Richard.

Mis piernas tiemblan debajo de la mesa, mi corazón se detiene, mi ser se desvanece. “¡Qué bella mujer!” Pienso. Me pongo de pie como un caballero y le digo:  

―Así es, soy Richard Harrison ― intento ofrecerle la silla pero el camarero se adelanta y la acomoda cuidadosamente en ese lugar―. Es un placer conocerla señorita ―expreso ese comentario mientras sigo de pie sin poder reaccionar.    

Al verla sentada yo también tomo asiento. Con gran suavidad y melodiosa voz ella le dice al camarero:

― Un café para mí y luego ordenaremos.

¿Cómo me gusta su determinación? Solo por eso, muero por ella. Luego, con la misma determinación, me dice:

― Me llamo Elizabeth Thompson. Soy invidente. El camarero es mi primo, y me ayudó en esta situación. Eres libre para retirarte y dejarme aquí. No es la primera vez que me rechazan.

Se queda en silencio mirándome con sus ojos marrones apagados y sin embargo llenos de luz, esperando el desprecio, que parece estar acostumbrada a recibir. ¡Cómo despreciarla, si es lo mejor que me ha pasado en la vida! Mis ojos arrasados por las lágrimas que provoca la emoción de verla y la tristeza de su desventura, no me dan tregua. No puedo articular palabras. Ella, otra vez, con gran resolución, dice:

―Yo le dictaba a mi hermana las cartas que le escribía. Todas esas líneas fueron expresadas con mi corazón.  

Instintivamente extiende su mano sobre mi rostro y lo recorre suavemente. Yo no puedo hacer nada. Extrañamente, me agrada.   

―Tienes un rostro bondadoso. Has sufrido mucho, lo sé, pero yo también. ¿Por qué lloras?

― De alegría por conocerte ―respondo irreflexivamente.

Siento que he encontrado el amor. No hay nada en el exterior que defina lo que es el amor. Solo somos una cáscara, lo esencial se encuentra dentro del corazón y, lo juro: ¡qué difícil es encontrarlo! La tomo de la mano y le digo:

―Elizabeth, no me puedes ver pero yo tampoco he podido ver en realidad. He estado en la oscuridad profunda durante años. Años de odio, resentimiento, de sentirme que no valgo nada. Ahora sé que nada importa. Nada. Solo el corazón importa. Tus cartas me lo han demostrado y eso es suficiente. Jamás estaremos separados. Te lo prometo. He encontrado en ti la luz en la oscuridad.

Veo en ella lágrimas en sus brillantes ojos marrones. Sé que ella lo ha entendido. No puedo soltar su mano y creo que jamás podré. El amor en la oscuridad ha nacido. De los escombros  y cenizas de la existencia, del más profundo pozo de la desolación, de la desesperanza, del negro y frio futuro, brotan dos seres que se amaran para siempre, hasta la muerte. Lo juro, será así.

 

 

 

 

 

 

   

 

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