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Nuestra despedida fue corta, solo una mirada, un abrazo sutil, un beso en la mejilla y un adios.

Mi corazón temblaba emocionado y dolido. Me retorcía el estómago de verte partir, mi garganta estaba seca y no me sentía capaz de emitir ni un solo sonido. ¿Debía rogarte que te quedes?, ¿debía buscar otra salida que no sea la ruptura?, ¿que no sea el olvido?, ¿que no sea la resignación?, ¿que no sea el hechar a la basura nuestra vida?, ¿debia acaso ser una vez mas valiente?, ¿humilde?, ¿desinteresado?, ¿demostrarte una vez mas que te amo?

Te miré caminar por el pasillo rumbo a la sala de espera de tu vuelo. Mostraste tu pase a bordo y al girar para entrar a la sala levantaste la mirada y se cruzaron nuestras miradas por última vez.

Me quedé quieto, petrificado, sin saber procesar la situación, apenas levante los dedos despidiéndome, no te diste cuenta, ya te habias ido.

Cuanto tiempo me quedé allí parado mirando la puerta, a las personas que entraban, a las azafatas que verificaban pases abordo, a viajantes que pasaban por mi lado, no sé exctamente cuanto tiempo estuve allí.

Me fuí cuando terminé de repasar todos nuestros días, desde la primera cita, hasta la carta donde te aceptaban la beca de estudio y trabajo en Moscú.

Ni tu ni yo estamos hechos para el amor de lejos y 5 años son mucho tiempo, a pesar de la tecnología.

Hay amores que se cimentan en determinado sentido, el olfato para los que les atrae el aroma del otro.
nuestro sentido era el tacto.

 

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