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Diafano

 

DIÁFANO

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Ya no hay sueños que le den calor a mis incertidumbres; ya no hay odios que desangrar en los relojes; ya no me preocupo por las huellas en la historia ni por los recuerdos en la memoria de los demás; ya no hay desilusiones que traducir en la poesía, ya no hay poesía, ni amores bonitos ni esperas de que llegará; ya no hay sonrisas por envidiar en las fotos, ya no hay angustias por lo inmediatamente urgente, nunca tuve nada que ofrecer. Sólo hay el calor del mediodía, el azul de mi rectángulo de cielo, la brisa que me vuelve joven, el ruido en la calle del resto del mundo, la soledad que siempre me acompañó. Tras mi amargura, el universo siguió floreciendo: la nada que soy; el pasto siguió creciendo bajo la furia del Sol, mientras me iba perdonando por lo que nunca fui. Entonces me perdono y perdono a la humanidad siempre libre de mí, porque mis vacíos en realidad fueron muchos viajes al otro lado de mí mismo, en un abrazo muy refrescante de la inutilidad de mi existencia.

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