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Luna llena, maravilla que sólo disfrutamos cada veintiocho días. Sólo cada veintiocho días nos es dado, para que día a día seamos testigos impacientes de su lento crecer y finalmente podamos apreciarla en todo su esplendor, embrujo que no cesa cada vez, porque nunca puede ser igual una a otra.

Hoy ha sido uno de esos días, una mañana radiante, donde la naturaleza parece estar de festejo, los pájaros revoloteando entre las ramas de los húmedos pinos, la pletórica playa bañada de sol acariciada por el verde esmeralda del mar. Esos días en que el tiempo para prolongarse en cada flor, cada planta, cada sonido de una función montada para nuestro deleite como atentos, fascinados espectadores. El tibio sol invernal, nos invita a pasear junto a la playa bañada de espuma, mientras la fría brisa nos trae el intenso aroma del salitre.

Y, a la tarde, el espectáculo renovado cada día del sol despidiendo su presencia, yendo a recostarse en el horizonte quieto del mar que parece recibirle en un abrazo de viejos amantes. Toda la furia del mar trocada en paciente quietud preparando ese instante de magia en que nuestros ojos parecen irse con la luz marchita.

Mientras se produce la morosa marcha del sol hacia un nuevo despertar, el cielo juega su fantástico juego de máscaras, transmutando los azules celestes a los anaranjados, rojos y rosados, haciendo de las nubes pieza de su fantástica paleta. Como fondo las olas ponen su nota de música golpeando las coloradas rocas con inmutable paciencia.

Al mismo momento y por el lado opuesto, como si hubiere estado esperando su ausencia para irrumpir en escena, se pinta en el horizonte sobre el mismo mar teñido de azul misterio, una luna roja redonda que explota en un rápido ascenso,  mientras las tímidas estrellas le acompañan  en su elegante cambio de ropaje hasta tornarse en la luminosa esfera, que vuelve al mar en el plateado espejo que sólo ella puede lograr.

Es ese fugaz  momento,  mágico e intenso, único y repetido, que nos asombra cada vez, que nos hace desear vivir, aunque sólo fuere para verle una vez más. 

Sólo entonces reparamos que esa hora de nuestras vidas, con la suave caricia del cabello amado en nuestro hombro, sintiendo a Norah desgranar una susurrante melodía en nuestros oídos, ha sido una porción de eso que llamamos felicidad. 

Ya podemos iniciar nuestro camino a la diaria cita con nuestras cómplices las letras hasta que el sueño haga su perentorio llamado, al que nos dejaremos abrazar con la tibieza del regazo materno que en un rincón de nuestra alma aún seguimos añorando.

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