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A enfrentar la muerte y a disfrutar la vida ("Seguiré viviendo" 1a. entrega)

Antonio esperaba con paciencia el ascensor que lo debía llevar al piso en que José estaba hospitalizado. Miraba su reloj, exploraba el espacio circundante, pasaba su vista sobre los avisos de bronce aplicados al mármol de los muros y sonreía a las personas que al igual que él aguardaban el elevador. Y repetía ese ciclo indefinidamente en vista de la lenta aproximación del aparato. El ascensor llegó por fin, y con la misma pesadez se llevó los pasajeros. En el octavo piso Antonio descendió, y cual si conociera el sitio, se dirigió con precisión al cuarto del amigo. Un abrazo efusivo, de dos años de ausencia, los puso en sintonía. José le contó pormenores de su padecimiento y le hizo un recuento de trances de amigos moribundos.

–Entre la serenidad y el pánico, entre la extravagancia y la naturalidad, querido Antonio, fluctúa la respuesta humana ante la muerte.

Le contó que Enrique, casi un hereje, fue convertido por la muerte en místico. Primero en espera de la gracia que le devolviera la existencia, luego, en pos de una agonía tranquila, finalmente tras del perdón que lo salvara del infierno. Daniel, quien nunca aceptó que se lo llevaría la muerte, recorrió hospitales, visitó templos, probó nuevos credos, acudió a pitonisas, pagó a hierbateros y se refugió en la magia, en una espiral descendente de lástima y sobrecogimiento. 

–De pronto –dijo José con sorna– siga en el otro mundo suplicando por su vida

Recordó a Gabriel, de quien pocos supieron que se suicidó para ganarle al cáncer la partida. Quiso morir antes de que la enfermedad corroyera sus entrañas. Y le contó que Ricardo tomó con tanta naturalidad la muerte que ni una aguja permitió que entrara por sus venas.

–El único médico que se acercó a su lecho fue el que firmó el certificado con que lo inhumaron. Preparó de tal manera a su familia, que la sonrisa serena que en el funeral advertimos en sus deudos era de gratitud con la vida y de reconciliación con el destino. Así me gustaría que fuera el momento crucial de mi partida. 

José esperaba una agonía así de plácida, pero resultó demasiado intervenida por haberse entregado a los cuidados médicos. Pero más que pensar en el instante de la separación del mundo, se preocupó del tiempo precedente.

–Quise ser feliz y prodigarle al cuerpo el placer que le faltaba. 

Y Antonio escuchó fascinado el comportamiento hedonista de un hombre atrapado por la muerte. Oyó confesiones de su peregrinaje en busca del placer, aunque parcas en los detalles licenciosos. Qué le iba a contar que sin tiempo para vivir romances se había rendido a los ofrecimientos lúbricos. Qué le iba a revelar relaciones lujuriosas que de pronto tacharía de poco edificantes. Pero no iba a enamorar a una mujer para dejarla viuda. Por eso le pareció correcto. Casarse con Pilar no había pasado de ser un impulsivo pensamiento.

–Hay que gastar la vida –le expuso a Antonio–. Se esfuma por más que la cuidemos. Protegerla es un esfuerzo improductivo que deja el mal sabor de no haberla aprovechado. 

Con todo, el cuidado de la vida era para José contradictorio. Su pregonada desidia era válida apenas para su propia humanidad, pues había que ver el celo con que protegía la vida de su hija. Pero se empecinaba en resaltar que había un momento en que las restricciones ya no tenían sentido, ni el desenfreno consecuencias.

–La calidad de vida, me dijeron, está en todas las actividades del cuidado paliativo. Pero ese era un programa muy prematuro para un muerto que se sentía con vida. Por eso me incliné primero por los hoteles y los restaurantes. Me ayudaron, claro está, los medicamentos que atenuaron las molestias gástricas. Disfruté por semanas manjares antes declinados y mandé al diablo, por absurdas, todas las recomendaciones del cardiólogo. Supo mi paladar, sin inhibiciones, lo que era el hedonismo. Pero llegó pronto el tiempo de la bocanada, del dolor y la náusea; de la dificultad para tragar, que convirtió en aversión lo que antes era el placer por la comida. Lo poco que hoy me alimenta, pasa Antonio, por esta miserable sonda. 

El visitante miró conmovido el tubo que el enfermo señalaba, y sin palabras, agradeció que José no le diera tiempo para hacer un comentario. Inalterable, José prosiguió con el periplo de sus viajes: su travesía en crucero, sus trayectos por tierra y sus viajes en avión en pos de lugares que creyó que no conocería. Turismo intensivo que se llevó más de la mitad de sus ahorro.

–Al comienzo viajaba solo, luego mi hija procuraba acompañarme, y cuando no podía me buscaba una asistente. 

Y por primera vez le confió a alguien, como epílogo de sus andanzas, la pesadilla que venció con su peregrinaje. Le reveló un sueño reiterado que lo llevaba a una ciudad maravillosa bañada por un mar de aguas multicolores.

–Sabía que su arquitectura preservaba una historia milenaria. Pero en mi sueño pasaba los días encerrado en el auditorio de un hotel, añorando el mundo que al otro lado del ventanal me reclamaba. Cuando por fin podía librarme de las obligaciones para disfrutar los atractivos de ese lugar de ensueño, el viaje terminaba. Cuando supe que iba a morir, como un reflejo, vino a mi mente el sueño torturante, y me propuse evitar que de la misma forma el final de mis días se malograra. Me propuse disfrutar con intensidad y lo logré. No asisto con frustración a mi agonía, sino colmado de recuerdos gratos. 

–Viviste tus restos para el placer –por fin pudo decir Antonio–. Es eso lo que cuenta

–De lo que quedó por hacer poca es la deuda. Como algún día lo planteé, sólo me arrepentiré de cuanto hice. 

Pero tampoco se arrepintió de cuanto hizo porque siempre le sobraron argumentos para defender sus actos. El mismo lo decía: «La conciencia se aplaca con razones».

 

Continuará…

El moribundo piensa en conciliarse ("Seguiré viviendo" 3a. entrega)

LUIS MARÍA MURILLO SARMIENTO

 

Nota: “Seguiré viviendo”, con trazas de ensayo, es una novela de trescientas cuartillas sobre un moribundo que enfrenta su final con ánimo hedonista. El protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a todo lo visto y lo vivido.

 
Por su extensión será publicada por entregas con una periodicidad semanal.

 

 

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