Matsualí
“La que ve lo que aún no ocurre”
Capítulo 4 : La noche del Djinn
Algunos destinos no pueden cambiarse y las decisiones propias son parte del mismo.
Días después de la tormenta, el grupo se encontró con una caravana de nómadas del desierto. Matsualí y los hombres del grupo se acercaron a ellos cautelosamente, pero el jefe del grupo era un hombre racional y tranzaron algunas vituallas para el grupo (especialmente ropas) por un bien que Matsualí atesoraba “información”. La niña se ofreció a dibujarle un mapa de todo el territorio por el que habían caminado, facilitando el tránsito de la caravana que tenía pensado atravesarlo.
El jefe miró a la niña sorprendido, esa era una información invaluable, le ahorraría días de exploración y muchos recursos propios. Aceptó el trueque y le dió al grupo las ropas que le pidieron. Inteligente pero astuto, el hombre les dió ropas viejas pero en buenas condiciones. Matsualí las aceptó sin dudar.
De regreso al asentamiento donde esperaban los demás, los hombres contaron la experiencia de la reunión y todos se alegraron al recibir las nuevas ropas. Matsualí compartió con ellos el festejo. Una mujer que había adoptado a uno de los más pequeños del grupo, se acercó a Matsualí y le pidió que la dejara irse con la caravana de nómadas. Ella le explicó que si se unía a ese grupo la tomarían como esclava. Era su ley si encontraban gente en su camino. La mujer le dijo que prefería eso a seguir vagando sin rumbo. Matsualí sintió un pinchazo de dolor interno ante la sinceridad de la mujer. Le dijo que tuviera paciencia, que habían sufrido mucho en esa larga caminata pero que pronto acabaría.
– Llevo días añorando dejar este camino - Le dijo la mujer - no se donde quieres ir niña, pero yo quiero la seguridad para mi y para este niño que ahora considero como mi propio hijo. Y aunque sea como esclava, ese por lo menos será un futuro. -
Matsualí la miró con tristeza, quería convencerla de tener paciencia, que ahora todos eran una familia y que la libertad tiene sacrificios pero mejores recompensas.
– ¿Estás segura Ayarea? - Le dijo Matsualí -
– Completamente - Respondió la mujer sin vacilar.
– No puedo hacer nada contra eso, es tu decisión. Toma una de las ropas y ve tras ellos. Espero que la seguridad que buscas también te de felicidad -
– Espero lo mismo para todos ustedes, Aunque hubiera querido que alguien más vaya conmigo, pero los tienes hechizados niña, nadie piensa separarse de ti -
Ayarea se levantó y se fue a donde los demás, cogió una nueva túnica para ella y para el niño y luego la vieron partir al encuentro de la caravana.
Luego de cambiarse todos con las nuevas túnicas, Matsualí les dijo que guardasen la antigua y raída con ellos, podía servirles luego.
El grupo retomó la marcha y caminaron otro medio dia para llegar a un nuevo mar de dunas.
Todos miraron a Matsualí preguntando qué harían ahora.
Matsualí les dijo que seguirán de frente, que este era el último sacrificio, que una vez más confiaran en ella.
El viaje sobre la ardiente arena les tomó un día y medio, pero al cruzar las últimas dunas vieron en el horizonte un valle verde y los reflejos de un río. Bandadas de aves surcaban el cielo allá a lo lejos y la vegetación ofrecía mil posibilidades a sus cansados ojos.
Caminan esperanzados todo el resto del día hasta llegar a las orillas del ancho río. Bañándose en él y jugando felices en el agua. Matsualí es una niña más junto a los otros niños.
Las mujeres recogen las viejas túnicas de todos y las lavan a un costado del río.
Después de un breve descanso recorren las orillas vírgenes y encuentran árboles frutales. Recogen todo lo que pueden y sentados todos en ronda disfrutan de una buena comida por fin y un descanso más que merecido.
Reanudan la marcha al día siguiente. Matsualí estudia el aire y la vegetación y sabe que el peligro está cerca a cada segundo, necesitan un refugio y después de avituallarse la siguen hacia la cadena de montañas que se divisan entre los árboles.
La cueva estaba en la zona más profunda del valle, donde parecía que ningún ser humano había mostrado signos de presencia. Matsualí la había elegido como refugio temporal, pero algo en el aire le decía que aquel lugar no estaba vacío.
La noche se volvió de un azul cobalto eléctrico. Esa noche, mientras los demás dormían, ella salió a observar las estrellas. La luna era apenas un hilo, y la oscuridad absoluta se pegaba a la piel como una tela fría. De repente, el aire cambió. No era viento, era una presencia: un peso invisible que hacía crujir la arena bajo pies inexistentes.
De una duna inmóvil surgió el Djinn, una entidad de constelaciones y humo negro.
En el mundo primitivo del que era dueño lo conocían como "Aquel que Deshace lo Hecho", el Djinn personificaba la entropía.
—Has invadido mi valle, niña, este territorio es mio. -
La voz no llegó por los oídos. Llegó directamente al centro de su mente, como una brasa encendida. Alzó la vista y lo vio: un Djinn de las arenas rojas, con forma de hombre alto pero cuyos ojos eran dos brasas verticales, y cuyo cuerpo parecía tejido de arena y fuego. Matsualí no tembló, trató de comprender esa naturaleza etérea, su mente racional rechazaba su presencia, pero su realidad estaba envuelta en misterios que la naturaleza se empeñaba en esconder.
—Tu territorio —repitió ella, sin inmutarse—. Hace tres lunas que cruzamos tus límites y no hiciste nada. Esperaste hasta ahora. ¿Por qué?
El Djin sonrió, y en su sonrisa hubo un destello de respeto.
—Porque quería ver si eras digna de mi tiempo. Ahora lo sé. Pequeña mortal de mente geométrica, es hora de tu desafío - bramó el genio.
Matsualí aceptó sin vacilar. Lo miró intrigada. Su mente estudiaba cada aspecto del ser que tenía delante. Y se rindió a la evidencia de que no entendía esa naturaleza extraña, ese ser tan lejos de cálculos y figuras. Un misterio más que se agregaba a la colección de cosas que todavía no podía explicar.
El duelo no fue físico; la propuesta fue simple: tres acertijos. Si ella perdía cualquiera de ellos, su mente quedaría atrapada en el desierto para siempre. Si ganaba, él le concedería un don.
El Djinn lanzó los dos primeros acertijos, fueron antiguos, nacidos de la memoria del viento y la sed, paradojas sobre el vacío y el destino.
Matsualí diseccionó cada enigma con una velocidad aterradora, los resolvió con la misma facilidad con que respiraba, porque en su mente los conceptos se plegaban y desplegaban como telas, encontrando ángulos que la lógica común no veía. Su prodigiosa mente no se perdía en objeciones, era directa, sin desviarse en ningún momento del objetivo.
El Djinn se quedó sorprendido de la velocidad con que la niña había respondido y en él nació un odio profundo ante la mortal que parecía humillarlo.
El tercer acertijo fue más oscuro. El Djin le mostró una imagen de sí misma, sola, envejeciendo, gobernando un pueblo que la veneraba pero que nunca podría alcanzarla. Le preguntó: “¿Cuál es el peso de un alma que no tiene igual?”
Matsualí absorbió esa imagen reconociéndose a ella misma. Vio su propia vida desplegada como un mapa, y en lugar de huir del dolor que esa soledad le causaría, lo abrazó. Cerró los ojos, no de miedo ni desconcierto, sino de aceptación. La respuesta se formó en su mente mientras pensaba en la imagen y la gente que dormía en la cueva ignorante de la prueba por la que la niña pasaba ahora.
El Djinn sonrió satisfecho ante la visión de la niña con los ojos cerrados. Por fin había ganado y esa mente prodigiosa sería su nuevo tesoro.
– Responde ahora niña o se parte del valle. ¿Cuál es el peso de un alma que no tiene igual? – repitió la pregunta levantando una mano, dispuesto a tomar la inteligencia de la niña y hacerla parte del viento.
Matsualí abrió los ojos y lo miró segura y sin miedo —El mismo peso que la arena que sostiene una pirámide —respondió—. Toda la fuerza está en la base, aunque nadie vea la cúspide.
El Djin enmudeció. Por primera vez en milenios, un humano lo había vencido no con astucia, sino con una verdad que él mismo había olvidado.
– Impresionante. - Dijo con un dejo de sarcasmo y frustración - eres la primera que logra pasar los acertijos. No tengo más remedio que cumplir mi palabra. Un designio que odio de mi raza. Pero los dioses así me hicieron. - Extendió la mano y tocó la frente de Matsualí
– Ten mi regalo. Tuya será la fuerza y determinación de las montañas. En ti, la fuerza será una guía - y el Djinn le otorgó la fortaleza física de las montañas y la determinación del tiempo.
La miró con desdén después de tocarla y la frustración de haber sido vencido por un mortal anidó negra en su pecho, la envidia natural de su raza emergió de su interior y sonriendo lanzó a la niña augurio final.
– Serás tan grande que nadie podrá alcanzarte. Y esa grandeza te condenará a la soledad. Ese es mi augurio para ti, solo un ser más poderoso que yo podrá romper esta cadena. Y te aseguro niña que en el valle no hay nadie mas poderoso que yo–
Matsualí sintió cómo la fuerza física y espiritual brotaba en sus huesos como un metal fundido, templado. En su mente su raciocinio flaqueaba. Ella era lo que en siglos venideros llamarían científica, pero que ahora era solo curiosidad. Aquella demostración de un universo paralelo la intrigaba, porque no sabía darle una explicación. Aquello era magia. Y para ella era una afrenta al orden natural de las cosas. Pero lo aceptaba, como un rival, algo que terminaría por explicar.
—Tienes mi don —dijo el Djinn, mientras sus ojos ardían con odio y envidia—. Y también mi augurio: caminarás sola, porque nadie estará a tu altura. Espero que sepas manejarlo - Le dijo con una sonrisa torva y maliciosa.
Matsualí lo miró desde su pequeña altura inmutable y serena. Algo que al Djinn le incomodaba profundamente.
– Supongo que no será la última vez que te vea -
– Espero que sí - dijo el Djinn - no me gustan los mortales. Son demasiado frágiles y sus pequeños deseos solo me perturban. Así que no esperes encontrarme de nuevo, a no ser que hagas algo con mi valle que amerite tu castigo. -
– Este valle es hermoso, no tengo porqué cambiar eso. Entonces seguro que no volveremos a vernos -
– Aún eres muy joven, niña mortal. No asegures un futuro que no conoces. Es mi último consejo y te lo ofrezco gratis -
El Djinn se disolvió, con un susurro de arena caliente, mientras la miraba directamente a los ojos y sonreía maliciosamente.
Matsualí quedó de pie en la noche, sola bajo las estrellas, sintió su nueva fuerza, el nuevo poder en su sangre, pero también el peso de las palabras, el peso de un destino divino. No lloró. Nunca lloraba.
Sintió un grave rugido tras suyo. Una leona herida se acercaba a ella amenazante, la sangre brotaba de un costado a borbotones. Su fiero rostro estaba contraído de furia y dolor. Se lanzó sobre ella sacando las garras para cazarla.
– Seguro el último regalo de ese ser - pensó la lógica mente de la niña - es una prueba, y también necesito saber el resultado - se dijo saltando a su vez al encuentro de la bestia.
Sus pequeños brazos se aferraron al cuello de la bestia que sorprendida en su salto y torpe por la herida no pudo interceptarla.
Matsualí apretó con fuerza el enorme cuello de la leona, mientras la bestia se revolcaba en el suelo con la niña prendida fuertemente a ella.
Apenas unos segundos después la bestia se quedaba quieta, inconsciente, vencida.
Matsualí vió la herida y supo que era mortal. El Djinn había exagerado en el corte, seguro que solo quería herirla para aumentar su ferocidad. Ahora la leona moría sin remedio y Matsualí conoció por fin el desprecio y la furia. Un desprecio más profundo del que había sentido por sus captores cuando la vendieron al esclavista.
Entre la maleza escuchó otros gruñidos pero más suaves, se acercó cautelosa y vió a dos cachorros que salieron corriendo al encuentro de la leona.
La leona había quedado por fin inerte. Producto del corte y de la lucha final.
Matsualí lloró ante el cuerpo de la leona. Ella que nunca lloraba, se vió rendida ante la tristeza y la inutilidad de aquel acto.
– Esto no debió pasar - se dijo mirando sus manos y su cuerpo intacto. Y sus pensamientos se enturbiaron por la culpa que sentía.
Al final, su mente práctica tomó el control. Agarró a los dos cachorros y los acunó en sus brazos.
– Ahora son parte mía. - les dijo - Serán los guardianes de la tribu - Pronunció aquella palabra por primera vez. Todos los que dormían en la cueva eran su tribu. Su comienzo.
Mientras sus ojos caían cansados, los cachorros se acurrucaron a ella calentándola con sus cuerpos.
En la brisa que revoloteaba la arena que cubría el cuerpo de la leona muerta parecieron dibujarse dos ojos verticales y una mueca furiosa.
A la mañana siguiente, entró a la cueva y les dijo a los suyos que podían quedarse. Aquel valle, aquel lugar donde había vencido a un genio, sería su hogar.
Salieron todos poco a poco de la cueva y gritaron aterrados ante el cuerpo inerte y gigante de la leona muerta.
Matsualí no les dió explicaciones. Solo miró a los hombres y les hizo una seña.
– Hagan lo que tengan que hacer, pero en un lugar que nadie pueda verlos.-
Los hombres asintieron y entre todos ellos empezaron a mover el cuerpo de la leona hacia los matorrales.
Aún quedó tiempo para un susto más cuando los dos pequeños cachorros de león aparecieron por detrás de la cueva y se pararon a los pies de Matsualí.
– No teman - Les dijo la niña alzando una mano - solo son dos pequeñas víctimas como nosotros. Ellos crecerán y serán los guardianes nuestros. Lo prometo -
Todos miraron a los cachorros y a Matsualí y aceptaron a los nuevos integrantes no sin antes estremecerse ante la perspectiva de vivir con dos leones merodeando cerca.
– Este valle es nuestro hogar ahora. Es tiempo de hacer planes -
Matsualí miró el horizonte de pradera verde y vegetación exuberante. Los demás la imitaron mirando al valle.
– Fuiste cruel, genio, demasiado cruel - Pensó Matsualí recordando la figura del Djinn y sus ojos extraños - Una vida es una vida -
– La tomaste tú - resonó la voz del Djinn en su mente seguida de una risa caótica que se fue diluyendo con el viento.
– Pero te vencí - Dijo en voz alta, sonriendo al final.
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------
(Fin del Capítulo IV)
Banda sonora La noche del Djinn
Siguiente capítulo:
Capítulo V : El sueño de las pirámides
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------





