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El sonido de la alarma era melodía ante el estrepitoso ruido de fondo. «No era necesario que sonaras», pensó Mauricio. Demasiadas preocupaciones, un examen en pocas horas, el sonido del aire acondicionado descompuesto y el calor que evidenciaba el mal estado de éste, no proporcionaban las mejores condiciones para dormir. «La pieza cuesta más de lo que pagué por él», reflexionó en voz alta al apagar el aparato.

Cuando desayunaba, por esas cosas extrañas del pensamiento, se acordó de la señora del abasto de la esquina, que siempre estaba sacando las cuentas del precio del día de los productos adquiridos una semana atrás a través de las cada día más innovadoras vías del mercado negro. El día anterior, la señora se había quejado del nuevo precio del kilo de harina y le había dicho que la culpa de todo era de los Santos malos invocados en un principio por los Camaradas de la Patria Bonita  y que ahora nos perseguirían hasta el fin de los tiempos: «Yo soy muy creyente de la Chinita, pero este cruce no lo revierte ni todos los Santos buenos. El padre el domingo dijo que no debemos creer en esas cosas, joven. Pero, de que vuelan, vuelan. Respeto, a los santeros hay que tenerles respeto», recordó Mauricio, mientras evocaba la imagen de la mujer en bata, persignándose ante las palabras que había pronunciado.

-          «Hoy se me terminó la medicina para el corazón que me envió tu hermano. ¿Me la podéis comprar allá, mijo?

-          Si, mamá. Trataré de ir mañana. Aunque, no sé cómo amanezca la ciudad.

-          La ciudad no, el país. Las cosas no están pa’ estudio, mijo. No vaya a salir de la residencia hoy. En la radio escuché que las Guarimbas estarán fuertes. »

Con esa advertencia se despidió la madre de Mauricio por teléfono.  Él suspiró: Era una pérdida de tiempo buscar la medicina en las farmacias de la ciudad, tendría que  ir al mercado de  Las pulgas y pagar un precio cincuenta veces mayor al establecido. Se le iría todo el sueldo del mes en eso, no tendría ni para el cartón de huevos del mes. « La salud de mi mamá es lo primordial », se dijo mientras buscaba las llaves de la residencia.

No había visitado a su familia en la Villa del Rosario desde hacía ya siete meses, pues las clases, aunque no seguían con normalidad, continuaban para algunos profesores indiferentes ante el caos. Entonces, se sintió impotente al recordar los meses de lucha contra la Patria Bonita; lucha encabezada por la Generación Libertad, quienes alzaban sus voces y sus escudos de cartón pidiendo democracia, reclamando libertad, dándole la cara a la incertidumbre. Eran ellos los que habían aprendido desde temprano que de utopías no se vive, se padece. «Y yo aquí, sin decidirme a luchar», se reprochó el joven al cerrar el portón de la residencia, dando cara a un sol saliente, desde ya inclemente, que hacia brillar los vidrios dispersos por la carretera entre las ramas y escombros del día anterior.

Se sostenía con todas sus fuerzas de la puerta del bus, por momentos parecía que rosaría el pavimento con los zapatos desgastados. Había esperado alrededor de una hora hasta que un bus de Ruta 6, totalmente lleno, le dejó ir de banderita por el triple del pasaje establecido. «Presiento que me tocará caminar », pensó mientras escuchaba al colector diciéndole al chofer que ya estaban cerrando en la avenida Delicias. «Si tan sólo terminara de despertar… Cuánto más tiene que pasar para que yo salga de esta pendeja tranquilidad. ¡Nos están matando, carajo!»

«Ahora si no llego… Si llegó temprano, me fregué… ¿Él tiene carro?... Bendito profesor, le dije que iba a ser jodido llegar. Pero él y su: «bachilleres, ustedes serán científicos no políticos.» Tremendo maratón me está haciendo caminar… ¡Dios lo bendiga!» La cabeza le iba a explotar mientras caminaba cinco cuadras bajo el sol de la Tierra del Sol Amado. Cuando ya le faltaban dos cuadras para llegar a LUZ, sintió vibrar el teléfono en el bolsillo del pantalón, era su amigo Jesús. Al tratar de responder, la tecla del celular se tranco: « ¡Bendito pote!», dijo entre dientes. Al final, la llamada se perdió, así que tuvo que llamar él. La noticia era corta: « El profesor suspendió el examen. No pudo salir de su casa.»

Parado en la acera, a pocos metros de un tronco atravesado, el chico se disponía a regresar a la residencia caminando. Llegaría dentro de 5 horas, pero no le quedaba de otra. Dio unos cuantos pasos cuando escuchó casi en el oído: « Chamo, dame el teléfono y la cartera. ¿Vos sabéis cómo son las cosas? Rapidito que no tengo todo el día.» Mauricio bajó la mirada hacia su lado izquierdo, una navaja perfilaba en la mano del chico que se encontraba detrás de él, ésta le rosaba la franela, un movimiento y su piel sentiría el rose o la puñalada (si no acataba la orden).

Más adelante, Mauricio se encontró con los jóvenes manifestantes que habían trancado con cauchos y escombros toda la calle Cecilio Acosta, estos gritaban consignas mientras agitaban banderas y pancartas con mensajes que inmortalizarían los días de esta generación. Cada vez llegaban más personas de diferentes edades a unirse o a ofrecerles agua a los protestantes. Él estaba en una esquina, observando, comenzando a olvidar su segundo robo del año entre las frases llenas de verdad que lo inundaban; sentía suyo todo lo que esos ciudadanos pedían: alimentos, medicamentos, servicios públicos de calidad, seguridad, justicia por aquellos manifestantes que habían sido asesinados por los militares y oficiales de la Patria Bonita o caídos presos, torturados, acusados de Terrorismo (delitoque el pueblo llama cansancio).

Mauricio recordó a su madre haciendo colas inmensas para un kilo de arroz o esperando una caja de alimentospara dos semanas que venía cada cinco meses y que en vez de alimentos daba miseria; a su padre ahora más delgado ante la preocupación de cómo llevar dinero a la casa, a su hermano despidiéndose para irse al país vecino en  busca de cualquier oportunidad, a la familia vecina que dormía todo lo que podían para que no les atacara el hambre porque no tenían más que para una comida al día.

El pecho le quería estallar, la garganta le ardía al gritar las consignas. Un señor le prestó una bandera, la cual Mauricio alzaba mirando fijamente las tanquetas de los militares de la Patria Bonita que se acercaban, esos que en cualquier momento comenzaban a repartir gas de Amor y plomo de Paz.  Luego, mientras las partículas toxicas del Amor le llegaban hasta el alma, el joven sólo tenía una imagen en su cabeza: los Camaradas de la Patria Bonita comiendo huevas de pez esturión y brindando con la bebida espumosa de los Dioses por la Patria de Todos, el entierro de la nación.

Fecha de escrito: Maracaibo, 02 de julio 2017.

Mensaje después de dos años (2019): los que quedamos seguimos enterrados, sobreviviendo a oscuras. 

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