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La corbata, pssss... la corbata puede pasar, es de un gris tan oscuro, que casi parece negro, hay las manchas no se ven. Ha conseguido hacer creer a los de la oficina que es que le guste tanto el conjunto que lleva, que tiene 5 iguales, uno para cada día, ¡burros!

Los zapatos negros, lustrosas que dan gusto. Tiene el Kanfort en el estante junto a un peine casi nuevo y de un vaso del Burguer King, que es donde deja el cepillo de los dientes. No tiene dentífrico, se las lava con el jabón que utiliza para todo. Es una pastillota grande y maloliente que compró en Els Encants un domingo. Será de la marca Lagarto, una que su madre nombraba mucho y que decía era mano de santo para todas las manchas.

Se rasca la cabeza, y... mierda, ya toca volver a "ducharse". No lo tiene fácil. Sólo hay un grifo en todo el cuarto a unos 40 cm. del suelo. Se lava estirado y echando agua como un loco por todo el cuarto, además está fría como el hielo, pero que le vamos a hacer...no puede permitirse el lujo de oler a sudor.

De la repisa baja una caja de cartón, de ella saca una toalla blanca, suave y esponjosa se la pasa por la cara y la deja aparte, saca una cajita de colonia, la abre, saca el frasco y huele con fruición. Saca también una toalla de playa raída, vieja y muy desgastada, con una cara enorme del Pato Donald. Era de su hijo mayor, Gabriel. Guarda con cuidado la primera toalla que ha sacado, como si fuera un tesoro. No la puede utilizar, si se le llegase a manchar no sabe cómo haría para lavarla.

Quiere dejar las cosas prepades para "ducharse" por la mañana y el Pato Donald ya lo ha dejado fuera para tenerlo más a mano.

Tiene hambre, del bolsillo de la americana saca una bolsita pequeña de plástico. Su cena, un sandwich de atún con vegetales que a la "secre" no le ha gustado y ha tirado entero a la papelera y que él ha cogido en cuanto ha podido, vigilando atentamente para que nadie lo viera. Se sienta en el taburete con patas de colores, no se quita ni el traje ni la bufanda, hace un frío que hasta las ratas están en su madriguera. Pero hoy tiene una cena suculenta, que engulle con hambre de todo un día.

Luego, de otra caja mayor saca una... una... no sabe muy bien qué es. Es grande, eso sí, tapa y abriga, pero que tanto puede ser una alfombra, como una cortina antigua, o cualquier otra cosa de esas que a los ricos les sobra (sonrisa), también obsequio de un miércoles, la encontró tirada en la escalera. También guarda en ella y  lo deja encima de la colchoneta, algo que en su  día pudo haber sido un chándal, y ahora son unos trozos de ropa muy arrugados y descoloridos.

Con mucho cuidado, empieza a desnudarse: primero los pantalones. Repasa la raya con las uñas pernera por pernera colgándolos con sumo cuidado en la percha. Luego repasa la camisa ya seca y sin manchitas dejándola muy bien colocada. Coge los calzoncillos ya secos, para poder colgar la americana y la bufanda. Dobla los calzoncillos limpios, y se pone el... ¿pijama? Los calzoncillos que había utilizado durante el día, los coloca en el suelo, debajo del grifo y empieza a enjabonarlos como si le fuera la vida en ello.

Los escure con fuerza y confía en que por la mañana ya estén secos, de lo contrario le tocará padecer la incomodidad de sentir el culo frío durante la mayor parte de la jornada y permanecer de pie. No fuera el caso de que se sentara y se levantara con las posaderas húmedas.

Echa un vistazo alrededor a ver si ya está todo en orden y… ¡joder! se ha dejado la llave en la puerta pero sin cerrarla, y no es un lugar en el que uno pueda dormir tranquilo con la puerta abierta.

Antes de tumbarse del todo, busca debajo de la colchoneta un despertador pequeño,  lo compró en la tienda de los chinos de la esquina por 4 euros. El más barato que encontró. Lo adelanta hasta las 5. Mañana le toca ir andando al trabajo, este mes ha hecho un viaje extra de ida y vuelta para acercarse a ver como jugaban sus hijos en el parque,  al otro lado de la ciudad, cerca del lugar donde viven y donde él también vivía.

Desenrosca la bombilla, no hay interruptor, y, sólo con la claridad que entra por el ventanuco, se estira, se tapa, y enseguida se duerme.

No ha pasado ni media hora que se despierta empapado en sudor, temblando y  muy asustado.  De golpe lo ha recordado todo nítidamente. No es capaz de entender como ha podido cagarla tanto y tan bien. Todo por hacerle caso a aquel gilipolllas  que le taladró el cerebro con monsergas tipo: chico se te pasa el arroz, a los 40 ya se sabe, ahora o nunca, debes buscar tu equilibrio interior, permitirte ser tú mismo, darte un capricho, vamos vivir a tu aire y disfrutar. Empezó a actuar en consecuencia y se sumergió en su interior. Buscándose, y se encontró. Se encontró conque gracias a las tonterías que hacía, decía y el comportamiento que tenía en casa y con su mujer e hijos, Nuria, su esposa, pidió el divorcio, y, ya de paso, ganando la sentencia. En la misma se incluía una orden de alejamiento, ya que según argumentó el abogado de su mujer, alguien que se manejaba tan torpemente en la vida podía ser peligroso para el buen desenvolvimiento y crecimiento de sus hijos.

Y bien mirado no es que estuviera de acuerdo, pero casi era de moral obligatoria darle la razón. ¡Coño! sí es que lo tenía todo, una casa preciosa, una mujer estupenda, guapa y además cariñosa, unos hijos encantadores un trabajo que le gustaba y muy bien pagado y que, aunque no sabía muy bien como, aún conservaba. De una patada se quedó sin nada por imbécil, por hacer caso a las burradas que le dijeron los “bien intencionados amigos separados”. Ahora debía pasar una pensión de mantenimiento de la casa, de Nuria, de sus hijos, de los colegios, de las clases extraescolares, en fin en números redondos, 3.000 euros fijos cada mes, teniendo que ahorrar para los extras, semana blanca, ropa, etc. y demás cosillas que pudieran surgir, como ortodoncias y que conociendo a su mujer de 1.000 euros más al mes no bajaba. Agotado, deprimido, hecho cisco, intentó volver a dormirse, pero no podía dejar de pensar en una frase que su abuela decía constantemente: “Tal harás... tal hallarás”. Su último ruego, antes de dormirse por fin era más bien una súplica: ¡Por favor!, ¡por favor! que NADIE, pero que  NADIE, de todos los que conozco escuchen y hagan caso al primer energúmeno que les quiera vender la moto de la “búsqueda interior”. Todos somos como somos y por más que busquemos nunca seremos lo que los demás quieren hacernos creer que sería cojonudo fuéramos.

Daría.
Juncosa, 15 abril 2011

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