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Desde que Martín había puesto un pie fuera del colegio, sabía que no tardarían mucho percatarse de su ausencia. Se estaba llevando a cabo en ese mismo momento una izada de bandera que le era indiferente después del primer receso; el momento perfecto para no presentarse a su respectivo grupo y escapar. Era relativamente fácil, pues estaban alejados de la ciudad. El colegio se encontraba en medio de muchos lotes; terrenos baldíos en donde solo las vacas pasaban el día; y había tantas rutas por donde emprender la huida…

Alcanzó a escuchar su nombre que era pronunciado por el micrófono, pero estaba en el otro extremo del predio y ya no había tiempo para dar marcha atrás.

Traspasó la cerca de alambre de púas y el cable que escasas ocasiones mantenía electrificado y comenzó rápidamente su travesía por en medio del ganado y el estiércol que se ocultaba debajo de los altos prados.

Aminoró su marcha al cruzar a la siguiente explanada y, para descansar del intenso calor,  se recostó en un pequeño árbol que le brindaba sombra. En la distancia, dos perros se percataron de la presencia de Martín y se precipitaron emitiendo enfurecidos ladridos. Conciente del peligro, agarró su maletín y emprendió la huida, encontrando en su precipitada carrera una rama para defenderse de los dos animales hasta que logró salir de aquel terreno.

Llevaba ya mucho tiempo caminando y la sed aumentaba. En la ruta hacia la carretera principal, encontró una hermosa y sencilla casa de dos niveles. Alzando la vista, divisó en una de las ventanas superiores a un anciano que, al percatarse de que Martín lo observaba, se ocultó tras las cortinas y desapareció. Había pensado en pedir un poco de agua en esa misma casa pero… ¿y si el anciano le preguntaba que hacía por esos lugares, que le respondería? Bueno, se le ocurriría algo mas tarde.

Cerca de la entrada de la casa vio una vieja camioneta Ford F-100 modelo 1970 negra. Era la primera que veía en toda su vida. Se acercó a la puerta y tocó tres veces. Instantáneamente, como si esperara su llegada, el anciano abrió la puerta:

—¿Si?

—Buenos días. Quisiera saber si me podría regalar un vaso de agua.

—¡Con mucho gusto! —replicó animadamente el anciano y lo hizo pasar.

Era una casa acogedora, observó Martín. Tomó asiento en una silla en el interior de una pequeña sala, dejó su morral recostado en la pared y esperó su cristalina bebida, que se estaba tardando por cierto.

—Aquí tienes —dijo el anciano extendiéndole la mano con el vaso de agua.

Mientras tomaba, Martín notaba como el anciano lo miraba de la cabeza a los pies con una inusitada sonrisa en los labios y una mirada caprichosa. Por un momento sintió un extraño presentimiento; un temor inexplicable¿Que puede pasar?, es solo un anciano.  Nada más. 

Terminó su bebida y sintió como los músculos de su cuerpo se relajaban totalmente. No los podía mover, por más intentos que realizara. De pronto sus parpados se empezaron a cerrar y su vista se nubló por completo.

Lo primero que vio al despertar fue una mesita de noche a su izquierda. Luego se percató que estaba totalmente inmovilizado sobre una cama, atado de sus manos y pies de las barandas metálicas y despojado de sus ropas, totalmente desnudo. La puerta de la habitación se abrió e ingresó el anciano con una pequeña jeringa en su mano. Se acercó a un costado de la cama y acercando sus resecos labios a su oído le susurró suavemente: no te preocupes, no te va a doler. Será como un piquete de abeja. 

***

—¿Nadie sabe nada de Martín? —preguntaba angustiado el rector.

—No, nada -respondió una de las niñas de la clase.

—¡Ah! —exclamó el rector—. ¡Como se le ocurre escaparse estando tan lejos de la ciudad!, esto es muy peligroso, lo pueden robar, lo pueden violar… ¡Hay, Dios quiera que nada malo le haya pasado!

 

 

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