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         –Quiero…–. Continúo hablando algo indeciso. –Quiero… vivir. O eso creo. Realmente dudo que tenga voluntad para decidir si quiero o no vivir. No se siquiera si las palabras que estoy pronunciando ahora son producto de mi libre albedrío, o por el contrario, como sospecho, son producto de tu imaginación. Tengo la sensación de no ser más que una marioneta al que ya se le ha decidido cada movimiento y gesto que va a realizar. Y tú eres ese dios cruel e insensible que ha grabado cada uno de mis pasos en esa losa que llaman Destino.

         Realmente hablaba como un perturbado, pero había algo en lo que decía aquel extraño ser que tenía sentido. Debía saber el final que le deparaba. Lo cierto es que ya le había dado varias vueltas sobre el final de esta historia. Aquel desgraciado se volaba la cabeza con un revolver, tras todas las perrerías que le había hecho pasar. ¿Pero era posible que aquel desdichado, pese a todas las atrocidades inventadas por mí, quisiera seguir viviendo? Aquella conclusión me conmovía. Pero no podía cambiar sin más su triste final. La idea de la muerte me seducía terriblemente. Para ser sincero la muerte había vagado por mi mente desde hacía ya algún tiempo. Y no sólo para matar a aquella persona creada con palabras impresas en una hoja de papel (o escritas con una letra “Times New Roman” 12 en un documento Word, como era este caso); sino para acabar con mi propia vida. Pero era demasiado cobarde para llevarlo a cabo. Por eso inventé a aquel personaje, un triste reflejo de mi triste vida. Por ello debía acabar con su vida, ya que no podía acabar con la mía.         –Entonces estas aquí para obligarme a cambiar el final de mi novela. De lo contrario me matarás ¿no es así? –. Dije con tono desafiante. –¿Y si yo deseara mi propia muerte?

         –No has entendido nada–. Me reprochó. –Si te matara yo también moriría. Lo que quiero, o al menos lo que creo que quiero, es seguir viviendo. Y para ello debes continuar escribiendo.

         –Pero si continúo escribiendo también morirás.

         Al oír mi afirmación una sonrisa cruzó furtiva por sus labios. –Todavía no lo entiendes–. Dijo, mirándome con la odiosa expresión con la que miramos a un niño pequeño cuando intentamos explicarle algo que su lógica infantil no le permite comprender. –Yo no he venido a impedir que escribas tu libro, sino al contrario. Si terminas de escribir mi historia nunca moriré. O mejor dicho reviviré cada vez que alguien me lea.

        –Entonces, ¿por qué apareces apuntándome con un arma?–. Le dije entendiendo cada vez menos sus palabras. Quizás si estuviera en un sueño, después de todo.

        –Ya te lo dije antes, tú puedes contestar mejor que yo a esa pregunta. Estoy aquí con un arma para acabar con tu vida, pero no por que yo quiera, ni para coaccionarte en caso de que quieras matarme. Sino sólo por que tú lo has ideado. Estoy delante de ti con esta arma por que tú no tienes valor para hacerlo por ti mismo. Por eso has recurrido a mí, un ser sin voluntad. No tengo voluntad, tú te la inventas y la haces real al escribirla. Yo no soy más que un producto de tu ideación.

         ¿Era cierto eso que decía aquella fantasía? ¿Tenía algún sentido? Era descabellado. Yo había creado a aquel hombre para acabar con mi vida, ya que yo no era capaz. Bueno aunque era difícil de creer, para mí si tenía sentido. De repente recordé sus palabras: “No tengo voluntad, tú te la inventas y la haces real al escribirla”. ¿Había escrito yo todo aquello? Miré hacía la pantalla de mi ordenador, pero ya no era la pantalla en blanco que tanta desazón me produjo hacía acaso una hora. Una línea tras otra de palabras apareció ante mí. Lo había entendido, sólo tenía que escribir que aquella patética criatura disparaba el arma y todo habría acabado. Antes de leer una sola palabra noté la presencia del arma hacia mi dirección. Cuando levanté la cabeza me encontré con el cañón del revolver a escasos centímetros de mi cara. Miré nuevamente hacia abajo. Mis manos estaban escribiendo. Cuan fácil me resultaría quitarme la vida de aquella manera. Durante hacía ya muchos años la literatura era mi única razón de vivir. Y ahora acabaría conmigo.

        Una lágrima fluyó por la mejilla del que debía acabar con mi vida. Sabía que ya lo había entendido todo y que por lo tanto nos quedaba poca vida a ambos.

        –¿Lloras? –. Le pregunté con amabilidad. –Pensaba que carecías de voluntad. En cambio lloras por tu vida, o acaso por la mía como si no quisieras hacerlo. ¿Es posible que puedas querer o desear cosas aunque no puedas hacer mas que lo que esta escrito?

        –¿Acaso importa? Sólo tienes que escribir unas pocas palabras para acabar con todo–. Dijo con voz serena, aunque de sus ojos seguían cayendo lágrimas. –Pero está bien, te responderé. Pienso que mi libertad de querer o pensar no es mas que una ilusión. No es más que el reflejo de tus dudas, miedos y deseos. Ahora pienso que eres una criatura patética que merece morir, aunque por ello cueste mi propia vida. Al igual que antes quería vivir, cuando tú dudabas si acabar con tu propia vida. Cuanto mas aumentaban tus dudas sobre la muerte, mas seguro estaba yo de querer vivir. No soy más que un reflejo de tu voluntad. En cambio tú acabas voluntariamente con tu libertad, ¿no es absurdo?

        Una lagrima se escapo por mis ojos. Mis manos continuaban escribiendo como servidoras de una voluntad ajena a la mía. –¿Quién dice que yo tenga voluntad para elegir? ¿Cómo sabes que yo, al igual que tu no soy el producto de otra mente igual de enferma que la mía y que, cuanto hago, pienso y deseo se está escribiendo en este momento o quizás ya esté escrito? ¿Cómo estar seguro de que mi libertad es verdadera y no una ilusión como la tuya? Acaso, no exactamente por eso; por ser una ilusión, no podemos distinguir, ni reconocer tan siquiera cuanto de lo que hacemos ya esta decidido de antemano. Quizás todo esté escrito.

        –Escribe pues–. Dijo llevando el dedo al gatillo.

        Los dos permanecimos unos segundos compadeciéndonos el uno del otro. Sólo tenía que escribir unas palabras y todo terminaría. Mis manos continuaron escribiendo. Y él, disparó.

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