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Ir a: El Muerto (Parte 1)

Caminé durante mucho tiempo al que ya perdí la cuenta. Atravesé ríos, cascadas, acantilados sin dejar de pensar en la maldita puerta. ¿Cómo se supone que uno entra a un sitio cerrado por todo lado, por doquiera?

- ¡Ha de haber una llave secreta! - Grito para animarme y no seguir más con la reyerta. Mas mi mente inquieta solo en parte se tranquiliza, con seguridad saldrá con un problema distinto cuando yo llegue al final del camino por el que la Luna me lleva.

El bosque que me rodea, se convierte en un ser vivo. Poco a poco, con cada paso, aparecen más ruidos y ojos que me vigilan.

- Han de ser aquellos seres de los que El me ha hablado. - Digo para tranquilizarme, porque por Dios que estoy asustado. - No he de temerles a unos fantasmas. No creo en ellos, son sólo recuerdos fatuos.

Y dicha esa frase, fue como si los ojos me entendieran, comenzaron a despedir un fulgor rojo, tratando de infundirme miedo. Más yo me concentro en la Luna, mi guía en este viaje misterioso. Mi fiel compañera por ahora, mientras esté sólo y abandonado.

Segundos después de este acto realizado, escucho un aullido y los ojos se han retirado.

- Bueno, un obstáculo he vencido. - Digo con orgullo, pero, cuán equivocado estaba.

No alcancé a terminar aquella frase, cuando de repente, apareció al frente un ser desproporcionado. Su altura las nubes rozaba y su cuerpo, por un pelaje extraño cubierto, ante la luz de la luna, lúgubremente un misterioso vapor exhalaba.

- ¡Por Dios! Vete al infierno que es tu destino. - Asustado le grito. Más él tan sólo se para al frente mío sin permitirme dar un paso.

- ¿Qué quieres? - Le conmino sacando mi espada, fiel compañera de toda la vida.

- Tu alma, - me responde y todo mi ser se pone en vilo.

- ¡Jamás! - Con coraje le respondo, más él tan solo se ríe de mi enojo.

- Dame lo que es por derecho mío.

- Tendrás que ganarlo a pulso.

- Dámelo por las buenas.

- Nunca.

- Qué así sea. - Dice el ser tenebroso y levanta su grandioso puño. Veo sus intenciones y me arrojo a un lado presuroso. ¡Ha fallado! Ahora es mi turno, y pincho su mano más por reflejo que por deseo alguno. De su boca sale un grito odioso:

- ¡Me la pagarás, maldito mocoso!

Y dichas estas palabras, en niebla su cuerpo se transforma, y veo el lugar en el que la espada he clavado: es el hueco de un árbol y entonces en verdad me enojo.

- Es un juego de la mente aquello que me ha pasado. - Exclamo entre juramentos, más no hay que hacer, sigo pesaroso.

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