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De pronto, un día como cualquier otro, salió a la luz. Se enfrentó de tajo a los rayos del sol: cegadores,  intensos, pero también  tibios y reconfortantes. Brotó bostezando, con un bostezo largo de aburrimiento, de tedio y de resignación. Tanto estiró sus ramitas que alcanzó a empujar la tierra y logró salir un poco.

Al sentir el aire en la punta de sus hojas se quedó quieto y temeroso. No duró mucho su timidez, pronto se acostumbró a ese nuevo panorama. En cuanto se repuso del golpe cegador del sol, miró con detenimiento ese nuevo mundo. Por vez primera, se fijo en el azul profundo del  cielo y en las nubes acolchonadas que forman figuras al desplazarse con el aire.

Vio muchos seres como él, algunos con flores de colores, otros grandes y robustos, pero todos quietos, en silencio, como si no fueran conscientes de la belleza que les rodeaba.

-Que diferente es aquí arriba- pensó- Bajo la tierra todo es húmedo, gris, apretado y  callado. Con un silencio que lastima.

Se sorprendió cuando un gusano detuvo su andar para observarlo, siguiendo su camino unos segundos después con indiferencia. En seguida, conoció a las mariposas con sus alas maravillosas revoloteando traviesas y curiosas.

Lo que más le impactó hasta quedar sin aliento, fueron los pajarillos. Primero sintió temor de ser aplastado, cuando uno pequeño  llegó brincoteando cerca de él. Más, en cuanto abrió las alas y levantó el vuelo, se tranquilizó. Fue una visión majestuosa y espectacular. Apenas estaba recuperándose de esta impresión,  pensando que  esto era lo mejor y más esplendido que existía en el mundo, cuando el plumífero amigo se posó en lo alto de un árbol y comenzó a cantar…¡Qué espectáculo tan fantástico! Los trinos de la avecilla eran armoniosos y delicados, hermosos. Tanto,  que la pequeña plantita sintió como se estremecía hasta su última raíz, provocando con ello que sus tímidas gotitas de rocío, humedecieran la tierra que lo sostenía.

Contagiada por el derroche de belleza y deseando unirse al concierto, levantó con emoción sus 3 ramitas, haciendo un descomunal esfuerzo para emitir un sonido igual  al de aquella criatura celestial, solo consiguió que con la sacudida una de sus hojitas se desprendiera de él. ¡Era inútil!. No tenía voz.

Fue tanta su tristeza y frustración que a partir de ese momento,  solo sintió melancolía. Comenzó a lamentarse por ese triste destino que lo obligaba a vivir anclado al frío cobijo de la tierra sin tener movimiento, ni voz, ni alas.

Las otras plantas y árboles, al percatarse de lo que le sucedía, se burlaron de manera cruel. Lo llamaron loco e insensato,  le hicieron ver que al pertenecer al reino vegetal, como ellos, lo único que podía esperar de la vida era crecer  en ese metro cuadrado de tierra y permanecer ahí años y años, tal  como correspondía a su calidad  vegetal.

Pero él no podía resignarse a vivir inmóvil  mirando todo cuanto le rodeaba, veía su vida absurda sin sentido ni destino. No entendía por qué Dios lo había hecho parte de su creación siendo solo una insignificante planta.

Encontraba consuelo a su desdicha en los pajarillos que iban y venían,  a los que amaba entrañablemente; cuando oscurecía y la luna salía a iluminar el paraje en esas noches frías; el sentir el viento correr entre sus ramas era todo un placer, se quedaba  arrobado escuchando el soplido silbante como un susurro que lo hechizaba; igual estaba la lluvia, no había ningún evento comparable a aquel en que todo comenzaba con las gotas cayendo pausada y rítmicamente: “plip - plas” con esa cadencia acompasada, uniforme, que iba aumentando de velocidad conforme avanzaba la tormenta, momento en que los truenos se unían avasallantes  con su enérgica voz . Sin faltar en aquella sinfonía el viento con su efímero canto.

Levantaba sus hojas que bailaban contentas en esa danza sin fin. Adoraba esa composición creada por la naturaleza con tal maestría logrando un efecto violento, fuerte, apasionado y ensordecedor, para luego, bajar la intensidad mientras los sonidos de los truenos se iban apagando junto con el viento que empezaba a callar hasta que solo permanecía ese “plip - plas” de las gotas que paulatinamente continuaban con su  “Plip - plas… plip - plas” hasta que todo quedaba en medio de una calma total.

Y así, casi sin darse cuenta creció y creció hasta que llegó a ser un gran árbol frondoso y fuerte.  En su interior, continuaba  suplicando a Dios consuelo, soñando sin esperanzas, sin doblegarse ante las burlas de los otros que seguían mirándolo con lástima.

Una mañana, varios hombres llegaron montados en artefactos ruidosos y feos, que hacían al caminar un sonido plano y recurrente. Todas las aves, levantaron el vuelo presurosas,  llenas de pánico. Bien sabían lo que sucedería después, lo habían vivido tantas veces, en esta ocasión, prefirieron huir, pues amaban  al  árbol noble y hospitalario que siempre estaba dispuesto a darles un refugio cálido entre sus ramas y hojas verdes, ahora presentían ese final tan doloroso.

Los hombres ignorando la angustia de los animales del bosque, luego de examinar cada uno de los árboles que ahí se erigían, sacaron extraños aparatos cuyo ruido era ensordecedor, terrible,  comenzando a talarlo a él, sin que el pobre pudiera hacer nada para evitarlo, y sin entender por qué lo estaban dañando de esa manera, fue sintiendo cómo el metal penetraba en su tronco, causándole un dolor intenso.

Los demás árboles crueles, comenzaron a injuriarlo,  a reírse de él:

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