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   Una semana después. Nuevamente llegamos con ilusión a visitarla como lo hacíamos siempre a la abuela viejita, que Gracias a Dios ya la teníamos entre nosotros. “Estamos esperando abuela, que nos sigas contando.” – “En fin, creo que les conté cuando se cayó del caballo, y se quebró una pierna-“Nosotros  habíamos percatado que  había pasajes de la vida de su abuelo Pedro, que no quería contar. -“No abuela nos comentaste que era enamoradizo, y ahí quedamos-“

    “Ah, es verdad. Había conseguido trabajo en una herrería para ayudar a herrar caballos, pero el patrón era muy gruñón y a los pocos días decidió renunciar”. “Les cuento que una bonita y simpática rubia, – Así me las describía mi padre -, se enamoró de él, pidiéndole matrimonio”. “Soy muy joven, decía mi abuelo, tengo que conseguir un buen trabajo, y de esa forma ofrecerte una vida llena amor y de sueños”.

   Nuevamente la charla se detuvo, llegaba de visita su hermano mayor Luciano. Según parece hacía varios meses que no se veían. El respeto a nuestros mayores nos hizo alejar de la habitación, y nos fuimos a jugar al patio. Antes de retirarnos saludamos como correspondía a Don Luciano, y comprometimos a la abuela continuar al día siguiente, nuestra plática familiar.

   La abuela Petrona charla con su hermano Luciano recordando viejos tiempos. Nostalgias de años vividos y muy queridos para ellos, juntos a sus padres en el establecimiento rural a poca distancia del pueblo. Tomaron el té con torta casera, sellando el compromiso de encontrarse nuevamente muy pronto. Temprano como todas las noches llega a su cuarto. Su cómoda  cama de sábanas blancas almidonadas la espera, dando comienzo el rezo del santo rosario. Las nueve campanadas del viejo reloj, anuncian que no puede seguir encendida la luz principal, solamente el velador que la acompañará hasta el otro día.

    Era día domingo. Era costumbre de la abuela recibir en la mañana al cura párroco Don Teodoro, que le trae la comunión, con su acostumbrada charla previa, invocando la palabra de la Biblia, y la ya conocida despedida: “Que Dios la bendiga”.

   No teníamos dudas con mis primos que la charla sería en horas de la tarde. Luego de una corta siesta, la encontramos sentada muy entretenida mirando unas estampitas que le había regalado el Padre Teodoro. “Chicos”, dijo la abuela, “hoy es domingo, por lo tanto les doy permiso para que pasen a la sala y miren el sable”. Como perro con dos colas salimos sin chistar a observar detenidamente el enigmático sable, que tanto nos preocupaba. Ahí estaba inerte en la pared, como esperando el momento para que alguien lo bajara, lo acariciara, le hiciéramos preguntas que seguramente el nunca nos podría contestar. Pero nerviosa la abuela nos dice: “Bueno chicos, vuelvan que les seguiré contando”.

    Su canosa cabellera, nos hacía recordar a un hermoso capullo de algodón. Su mirada ya no tenía el mismo brillo de su juventud, pero reflejaba la ternura y la sabiduría que le dieron los años. Todo ternura, todo bondad, atrapaba junto a ella al mas descreído. Nos sentamos como todos los días a esperar la continuación, de aquella aventura heroica que nos imaginábamos había participado su abuelo.

   “Bien, ¡les conté que había una hermosa rubia enamorada del abuelo, no! “. “Su padre era un reconocido militar retirado, que celosamente cuidaba que nadie se acercara a su hija sin hablar antes con él.” “Según parece al abuelo le gustaba la rubia, pero eso sí,  que no le hablaran de casamiento” “Muy pronto comenzaron una relación amorosa. Se encontraban en lugares distantes, lejos del pueblo, y en horas que el padre de la joven estaba ocupado.”

    Nosotros estábamos nerviosos porque nunca llegaba la parte que nos interesaba, y le preguntamos: ¿Pero abuela, queremos saber cuando su abuelo, usa el sable?. La abuela con voz pausada, pero llena de intrigas nos dice: “Chicos, ¿ustedes quieren conocer la verdadera historia no?” “Bueno, tienen que tener paciencia ya vamos a llegar al dichoso sable”. “Bueno, hoy ha sido un día bastante agitado  para mis años, así que mañana continuaremos”

   Que desilusión dijimos todos, pensábamos que hoy sabríamos el final. Salimos con la cabeza baja, pero esperanzados que muy pronto el misterio sería revelado. No teníamos ánimo de jugar a la pelota, y cada uno regresó a su casa.

   ¡Como lograr que la abuela calmara nuestra curiosidad, y nos contara en un solo día la historia completa! Al otro día decidimos comprar un paquete de caramelos, de su gusto preferido. Por la tarde un poco más temprano que de costumbre llegamos a su casa. –“Mire abuela”, le dijimos, “le trajimos caramelos para que no se le seque la garganta, y tengamos una charla mas larga” – “Muchas gracias chicos, pero hoy ando un poco indispuesta para grandes charlas, se las voy a ser cortita”. Que desilusión nuevamente, cuando nos habíamos preparado con tanto entusiasmo.

  -“El abuelo Pedro no quería compromiso con la bella joven, y decidió marcharse a otro pequeño poblado a dos horas de camino.”

   “Toda una desilusión sintió la bonita muchacha, que todos los días esperaba su retorno”. “Su padre le había prometido un bonito regalo si contraía matrimonio”. Se hizo un breve silencio, aceptó un caramelo, saboreándolo lentamente, agradeciendo un vaso con agua ante la atenta mirada de nosotros, que esperábamos más información.

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