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Fue Don Gustavo en vida un santo varón, claro que, además de otros parabienes, esto se suele decir de todos los que se mueren, y tampoco es que se merezca el Don, pero estaba muerto. Y ya se sabe que no es lo mismo iniciar este último viaje a destino incierto, que ultimar un primero, o segundo, a cualquier sitio, incluso yendo al mismo Vaticano. Las despedidas no son las mismas, debe ser porque a nadie le gusta ir obligado a ningún lugar y mucho menos, si el final no se conoce. Entre otras cosas más triviales, al que se sube al barco lo visten y lo desvisten mil veces, y en cada muda le hacen un comentario.

            -“Cómo se le ocurrirá ponerse ese blusón, parece un florero mustio”.

            -“¿De dónde habrá sacado los dineros? De algún lado faltará”.

            -“Seguro que pilla alguna fiebre rara”.

            Por el contrario, al que inicia viaje a la que llaman “otra vida”, lo visten de alabanzas, de virtudes y se genera una amnesia colectiva de actos vergonzosos.

              Por la calle sin asfaltar donde vivía Gustavo,  bajaban las mujeres de negro, las lloronas falsas, los hambrientos y un contador de anécdotas que vive en el pueblo y al que nadie conoce, pero que era bien recibido en todos los velatorios porque se las sabía graciosas, y eso, por aquello de gozar con lo prohibido, daba más risa aquí que en el bar u otro sitio de jolgorio. Venían en procesión pagana, ya de atardecida, aún no refrescaba y el mustio calor del día, dejaba húmedos de sudor los ánimos. El polvo no se asentó aún y si medimos el valor en vida por la asistencia en muerte, las perspectivas no podían ser menos halagüeñas, mas siendo Gustavo  nacido, criado y muerto en la misma casa, a buen seguro, el resto del pueblo acudiría. Las que sí estaban allí desde el primer momento, porque vivían con él, eran sus madres. Dos ancianas casi centenarias, una sorda y la otra muda, por eso se llevaban bien, siempre se contestaban a todo que sí, aunque en realidad, la que oía no podía contestar y la sorda no se enteraba de nada. Las dos se quedaban satisfechas porque ambas se creían en posesión de las verdades y las razones. Después, cada una hacía lo que le venía en gana y quedaban tan felices. Ya casi no se acordaban de quién lo parió y quién vino de tata, una porque no lo crió y la otra porque sólo cobró dos veces. Al principio, siendo Gustavo un mocoso llorón y remilgado, las cosas eran de otra forma, los antiguos patrimonios heredados permitieron que viviera una niñez de abundancia, hasta que el padre, vislumbrando la catástrofe, se fue para no volver. No podía ser de otra forma, en esa casa no había oficio ni beneficio. Los lujos y las farándulas mermaban las arcas y el progenitor, aficionado a los beneficios pero irreconciliable con los oficios, decidió irse, les dejó la despensa llena de embutidos y salazones -señal de que no iba a volver- el corral lleno de gallinas, todas ellas vírgenes y temerosas de Dios, una pareja de marranos aun jóvenes para procrear y un hueco muy hondo, según se comenta, en dos camas. Cuando los cerdos ya tuvieron edad y llegaba la época del celo, el corral era un espectáculo, las gallinas se amontonaban a las puertas de la porqueriza y se escandalizaban de lo que el cochino –nunca mejor dicho- le hacía a la pobre hembra, aunque para ser sinceros, cara de disgusto tampoco tenía. En el octavo cumpleaños de Gustavo, alguna vecina espabilada le regaló un gallo. Desde entonces, las piadosas gallinas, dejaron de temer y se dedicaron a tener pollitos, no sin pagar antes las cuentas con el Hacedor, porque la mitad de los pollos se morían antes de las dos semanas. Al cabo del tiempo, ninguna de las dos, ni Gustavo, se acordaban del hombre, así que también le quitaron el apellido, le dejaron la “L”, por si acaso volvía, cosas más raras se han visto.

             No fue una muerte demasiado triste, porque lo triste fue su vida. Según Don Apolonio Balvanera Segura, el “Parihuelas”, veterinario y que hacía las veces de médico, Gustavo murió de provocación, más de una vez le escucharon decir:

            -Esto es una mierda seca, estoy harto de vivir.

            Ya se sabe que no querer vivir no es lo mismo que querer morir, pero la parca no entiende de juegos de palabras y una mañana, lo encontraron quieto y tieso leyendo en el periódico su propia esquela. Ganó mucho crédito el “Parihuelas” porque a todas luces, Gustavo provocó a la muerte. A nadie le importaba que llevara un año meando sangre.

            -Lo que el cuerpo tira es porque le sobra.

            Ese fue el diagnóstico de Don Apolonio y a fe mía que razón no le faltaba, porque además de mear rojo, le dolía, señal de que lo que echaba era malo y por eso hacía daño.

            La casa se fue llenando, la madre sorda estaba sentada en una ruidosa mecedora de bambú y mimbre, no se enteraba de casi nada, pero se la veía achantada y más ojerosa de lo habitual. La otra, a duras penas, porque además de muda, padecía reuma, atendía a las visitas. Aún no se animó nadie a dar cuenta de los platos, variados y suculentos, que había sobre la mesa del salón, parecía que celebraban la boda de Gustavo con la muerte, a decir verdad su noviazgo tuvieron

.            Ildefonso Maurete rompió el hielo, no en vano era el único amigo que tuvo el finado. El tiempo que duró abierta la escuela fueron inseparables, hasta que cerró porque sólo había tres niños y el maestro se fugó a la capital con la mujer del comandante, dijeron las malas lenguas que fue porque este sólo tenía a punto y limpia la pistola de balas. Algo de cierto debía haber, ese día salió a la calle oliendo a ron añejo, y pegando tiros al aire, pero con la otra no demostró nada.

            -Cómo le gustaban estas croquetas -dijo Idelfonso, el “Mauri”, como le decía Gustavo.

 

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