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Hoy desperté en el zócalo. Abrí los ojos, vidriosos y nadando en telarañas de lágrimas resecas; estaba en el zócalo. No sé por donde comenzar, supongo que en el momento en que me di cuenta de que había recién amanecido en el zócalo y las moscas  reciclaban sus ires y venires alrededor de mí o de algo y tal vez iban a un lado y al otro como queriendo decir que en su momento debido irían todas al mismo lugar, que compartirían un mismo, un único horizonte del cual yo no se nada, al menos no en este momento, no cuando me doy cuenta de haber amanecido entre moscas palpitantes y un zócalo aun no rayado por el día.

Quizás sabiendo que estaba en el zócalo, hube mas tarde de deducir que en él había pasado la noche y que por el acto de despertar, mis sentidos convergieron en la presencia de aquellas moscas. Todo aquí es tan mosca, tan zócalo, tan nada mas que esas cosas y este es tanto mi lecho de muerte. Hoy desperté en el zócalo con un balazo en la cabeza, en medio de los ojos. A la izquierda del muñón donde estaba mi dedo meñique hay algo moviéndose y no es mi dedo anular. Cuando digo algo me refiero a las larvas, las de aquellas moscas, serpenteando dentro de mi carne, retozando húmedas, adentradas como venas invertidas, creciendo temblorosas y agitadas, acogidas por el insignificante caudal de mi sangre. Unas quedan hechas un enredo, parte de ellas son larvas, parte de ellas son costra, sangre reseca, emesis, la síntesis de un llano teñido de rojos y marrones, y todo esto sucediendo en el mismo acto, en la misma mano, la mía. 

 Desperté sabiendo que estaba por ocurrir un gran error: despertar. El ensayo general y más idiotizante, repasada cada posibilidad, cada bifurcación en el desarrollo de esta trama, todo un torbellino de preocupaciones taladrando mi cerebro para nada. Una vez escuché que los muertos no tienen ya nada de que preocuparse, pues yo soy un tortuoso degollado. ¿Quién me había dejado en este lugar? ¿Quién había arrebatado a mi cuerpo su humanidad? ¿Que soy sino una masa grotesca, caricatura entre sombras, carne destejida? Y esos, ¿son acaso mis huesos? Mis huesos cerámica mancillada, mis huesos pieza de museo agusanado, mis huesos centrifugados y ocultos en la cueva caótica de mi torso. El más emocionante espectáculo  se produce en mi hermoso torso, de proporciones asimétricas y variables según las sombras que se perfilan desinformadas sobre la tiesa piel. Piel bordada con poros de ámbar y barro pardo. Descuidadas,  las sombras se encadenan unas sobre otras, a veces con tanta nimiedad, que sumándolas sufren de licantropía por las salpicaduras repentinas de la luz estelar que las contrarresta. Aúllan los gritos mudos del enamorado rechazado y más cosa bellas, palabras que el tiempo a mi alrededor dispersan, distancian, humilladas entre tanto olvido, las reemplazo a todas con rosas, de modo a deshacerme de palabras, para venir hablando arreglos florales.

No es que estando muerto, uno adquiera por derecho una visión universal sobre todo asunto, no podría estar hablando de este escenario indecoroso con los ojos volteados al pavimento, seguido por orden de aparición, de dos fosas nasales, una boca desapercibible y una lengua asomándose impúdica, enmarcada por telarañas de saliva. Todo me es visible por una sola razón, un tanto incómoda, pero muy reveladora, mi cabeza está suspendida, entre las fibras de un arbusto, corrompido por el enanismo de su corteza, insostenible por el principio más destructivo: El fin, la extinción, la muerte. Desde mi austero trono observo la fauna fecunda de mi cuerpo, cuerpo del cual mi cabeza fue exiliada. De los jirones de piel que dibujan a mi cuello, caen arrastradas en el aire huérfanas gotas de sangre. Se desposan nervaduras de hojas con sangre y se forma con la lentitud de la minucia una silenciosa juerga caleidoscópica sobre el pavimento. 

Ahora, más que nunca creo en la inquietud de la Vida, las batallas libradas para existir, para querer ser, para poder preguntar el porque de toda la vida y desentenderse finalmente no animal pero humana y estúpidamente de razones existenciales. Conservo suficiente materia en la podredumbre de mi cadáver para crear más vida de la que jamás respiré si por mi fuera, moriría tres días a la semana, haciendo de la muerte mi más grande potencial. ¿Qué porque no mas seguido? Morirse es fatigante. 

He fallecido y sin embargo sigo hablando, sacando conclusiones, moviendo los labios en una película muda, esperando que alguien sepa de mis palabras de ultratumba sin evidenciar la impotencia de mi situación. Bajo un sereno cielo ceñido de piedras heladas, de un azul pálido, elijo abandonarme a la tarea de creer en el eterno silencio, juego a imaginar que bajo mi se concentra una incalculable vacuidad espacial tragándoselo todo, a todo menos a mi, embobado por la tremenda fuerza que me hace seguir, tal un tubérculo incrustado en el suelo del zócalo.

Y después de todo esto ¿Qué será de mi?  Recomenzar desde cero. Hoy desperté en el zócalo o quizás fue ayer, entonces antier un cornudo cegado de ira gritaba a su mujer que se deshiciera del cadáver, ignorando la mujer que la próxima víctima sería ella misma.

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