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Las personas que a menudo, con cierta pizca de orgullo, aparentan ser recias y difíciles de penetrar, son comparables de forma hipotética con un bella y singular tortuga; lo que nos exponen o mejor aun, lo que creemos ver no es otra cosa que el fortísimo caparazón con su innegable  seguridad, que sólo tiene una función especifica: proteger su blando y delicado interior, en este caso su blando y delicado corazón.

Había una vez una tortuguita, mascota de una casa de familia que sólo salía de su caparazoncito cuando su dueña le hablaba o cuando estaba sola, lejos del bullicio humano, por que sabía en su pequeño cerebrito que no estaba expuesta al peligro y sentía a la vez en su pequeño corazón que no le harían daño alguno; pero cuando cualquier extraño intentaba por todos los medios posible conocerla e interactuar con ella sucedía todo lo contrario: se escondía hasta no sentir esa extraña presencia y sólo salía al estar segura de no correr peligro.

Un día, llegó un nuevo visitante y al sentirse atraído por este singular ejemplar de la naturaleza, se acercó a contemplarla, mientras hablaba cosas inentendibles para esta sabia manifestación de Dios, y como era lógico, lo único que consiguió fue palpar ese áspero y bien tallado caparazón, que en su seguro interior resguardaba a aquel nervioso ser. Muchos fueron sus intentos para que esta tortuguita asomara, así fuera un poco, pero sólo obtuvo una repuesta: desconfianza. Pero como gracias a Dios, en algunos de los casos somos más inteligentes que los animales este sabio visitante, la tomó y la dejó en la palma de su mano que a su vez descansaba en una mesa mientras este proseguía con la charla de la visita; después de un ir y venir de palabras, frases y párrafos, para sorpresa de los invitados, el reptil, tímido, desplegó sus extremidades lenta y progresivamente hasta, poco a poco ir mostrando ese arrugado rostro al mundo que creyó cerrado; como ese visitante en ese momento fue sabio no quiso darle a entender al esquivo animal que había ya advertido su presencia, sino que siguió con sus actos de manera normal como si nada hubiera pasado; como esa tortuga en ese momento fue sabia, terminó su exposición de intimas partes hasta hallarse por completo descubierta, por completo desprotegida, sintió que  ya no necesitaba protección alguna. Se sintió libre y como la libertad tiene cierta dosis de necesidad de exploración y aprendizaje, no tubo inconveniente en empezar a conocer el terreno, literalmente palmo a palmo, y así, dio unos temerosos e inseguros pasos en esa extraña y desconocida superficie que no parecía inmutarse por la nueva amiga que cada vez, más confiaba en su firmeza. Después de superar la primera textura por completo, ya se aferraba con sus desgastadas uñitas a ese movedizo terreno que no era otro que la camisa de su nuevo amigo que la sostenía al tensionarse por la contrafuerza de su propio peso. Ya pasadas varias horas de lucha con aquel esquivo pero seguro terreno llegó a la cumbre de la montaña inquieta y palpitante, desde donde divisó un paisaje inmenso que contenía el horizonte, divisó un ser similar a su dueña que atrajo más aun su pequeña atención que el ocaso, tan lejos como alcanzaba su vista, lo observaba  absorta, mientras ese, con un lento y gradual giro, llevo sus rostros a su incrédulo final;  pocos centímetros lo separaban y nuestra pequeña escaladora ya se había olvidado por completo de el miedo que la habitó en la ladera; se miraron… se acercaron… él, dulce, la beso en la boquita.. ella, enamorada y tranquila, lo beso en la bocota… ella, como nunca había sucedido con ser alguno se sintió morir con las corrientes que la traspasaron por todo su cuerpecito, mientras en su rostrico arrugadito se dibujó la primer y mejor sonrisita de su vida.

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