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Luego de diez años de ausencia, regreso al que fue mi hogar paterno. Paso frente a él y sigo de largo, debiendo volver sobre mis pasos y buscar en la chapa esmaltada, que aún está en la pared del frente, el número que distingo por la terminación, porque el tres que iba delante está cascado y en su lugar sólo queda una mancha negra.

No reconozco esas ruinas que se levantan frente a mí, salvo por el número, me cuesta encontrar detalles que me confirmen que no me equivoqué de lugar.

Cruzo lo que alguna vez fue el jardín, y por un camino que hay al costado de la casa voy hasta el fondo: la impresión es aún mayor. Lo que en otros tiempos llegó a ser la mejor huerta de la cuadra, hoy es sólo un montón de árboles frutales secos, que entre los pastizales, sus raíces forman montículos de tierra que asemejan tumbas en las que yace el pasado.

Mi padre falleció hace más de tres años y la mujer que vivía con él, abandonó la casa sin avisarme; por eso es que he tenido que venir acompañada de mi abogado, un cerrajero y un funcionario del juzgado.

Mientras espero a que el cerrajero trate de abrir la puerta del fondo, me siento en un escalón donde solía hacerlo cuando era niña. De súbito me transporto con todos los sentidos a mi infancia, en la que estoy sentada en ese mismo lugar jugando a las muñecas, mientras mi madre lava la ropa, y mi padre trabaja la tierra. Me encuentro inmersa en el clima de los colores otoñales, cuando el patio se cubría de hojas amarillas y rojizas del sauce llorón y del níspero. El sol daba de lleno al mediodía y entibiaba el aire, obligándome a entornar los ojos para mirar a mi madre que estaba parada frente a mí. Ella tenía la apariencia de esas personas que van por la vida pidiendo permiso, pero su voz tenía una tenacidad que hacía que nunca debiera repetirme una orden.

El abogado viene a avisarme que ya podemos entrar a la casa, lo acompaño, y juntos ingresamos a la cocina. Voy recorriendo las habitaciones, mirando cada rincón, los techos enmohecidos, las paredes descascaradas en las que se pueden adivinar los colores de toda su existencia. ¡Todo me parece tan pequeño! ¿Acaso será porque crecí?

El comedor lleno de basura, el mismo que una vez lució radiante, cuando mis padres celebraron mi cumpleaños de quince. Como personas acostumbradas a la pobreza, no les importó tener que pedir prestado un sofá para sacarme las fotos. Ni que el vestido me lo hubiera hecho mi madre, que para todo se daba maña. Ni haber tenido que ahorrar durante años para pagar la fiesta. Ellos nunca se avergonzaron de ser pobres y supieron transmitirme esa seguridad para salir adelante en la vida.

Terminado el trámite legal, le pido al cerrajero que cierre todo; mientras lo hace, el abogado y el alguacil se van al auto a esperar. Yo me quedo observando el paisaje que se extiende frente a la casa, todos esos campos y viñedos de los que mis ojos conocían cada detalle. Me siento mal, me siento una extraña, mientras un amargo dolor me va invadiendo. Llego al portón de calle y me doy vuelta a mirar, recién entonces, descubro un montículo de tierra con un rosal cubierto de diminutas flores rosadas, el mismo que plantó mi madre hace muchísimos años. Junto a él, crecen unos jacintos que me recuerdan los perfumes de la infancia, y que su aroma tiene el efecto de exorcizar las tristezas anteriores.

Me voy llevándome la imagen del rosal en flor junto con los jacintos que plantó mi madre, mientras me parece escucharla decir: «no llegues tarde m’hija»

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