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Nunca, en la existencia de los extraños sentidos, de los corazones compungidos, de los espejos respondones, sentí lo mismo. La primavera se hizo dueña del momento, no sentía el frío, ni el calor, ni la irascible brisa cargada de hojarasca y arenilla fecundadora.

-Y tu ¿a qué te dedicas?-preguntó.

Sopesé contestar con la idiotez que apabulla o con la verdad que humilla. Elegí la humillante. Fingió desinterés con su cuerpo, pero yo, sin ser un especialista en lecturas corporales, percibí como sus ojos la traicionaban y tal y como apareció un buen día en mi vida, se quedó. Impetuosa, exigente y lacrimosa como la sombra de un sauce. Subía los peldaños sin mover las caderas, nada que pudiera provocar el más mínimo síntoma de pasión. Dentro del local seguía sonando la música, allí los ojos no miraban, devoraban, las manos se movían tocando en el aire formas voluptuosas y fantasmagóricas, pero su expresión seguía imperturbable, así que nos sentamos en las sillas de mimbre y bailamos con la mirada y con las sonrisas estúpidas, nada más lejos de nosotros mismos, porque no evocábamos nada, sólo historia, la compartida, la no vivida, la deseada en los más profundos secretos de nuestras almas. Fue en ese momento cuando me dije:

-“O bien alguien le puso demasiados estrógenos a mis musas, o alguien le quitó la testosterona a sus duendes”

Los instrumentos siguieron sonando, me sonrió y se me vino a la cabeza la imagen de la dentadura postiza de Tata Ana, yo era un niño, pero recuerdo que era su bien más preciado. “Picajoso”, el abuelo, se encontró con una segunda luna de miel cuando la vio con dientes. Sólo se la ponía los día de fiesta para ir a misa y cuando el abuelo traía los ánimos alterados. El día que la perdió era gris por el cielo y azul por el mar, y se lanzó a las aguas, le dio un arrebato de ansiedad, decía que veía colores saltarines como ranas venenosas de selvas profundas, según Paulino el practicante, eso le venía del sarampión galopante que sufrió el abuelo siendo mayor, me lo pegó a mí y a la abuela. Me salieron sarpullidos que mi madre odiaba y a los que combatía con jabón de azufre y, si hacía falta, con sal fuman. Todas estas evocaciones no me las traía la cumbia de los tambores sordos y los ritmos acompasados y sensuales, venían de la tarde que se oscureció con las dudas, ni ella ni yo concebíamos demasiadas esperanzas de ponerle luz a la noche, al menos una luz provocada por nosotros mismos. Volvieron a sonar los instrumentos y movió los ojos, supe que estaba bailando, quise acompañarla, pero sólo me salió, tras darle un sorbo al ron, mover la cabeza como un idiota. Ninguno de los dos se desesperó por nuestras dolencias, el calor arañaba la espalda y un mullido susurro adormecía las piernas, sonrió de nuevo y la Tata Ana volvió a mi mente con su sensual y blanca dentadura nueva. Intenté comportarme como lo hubiera hecho “Picajoso” y desde la silla de mimbre, bailando aún con la cabeza, imité la forma fantasmagórica de tocar de los bailones, levanté la mano en un alarde de paso imposible, intenté acariciarle el rostro, pero la sonrisa se evaporó como el vapor de los volcanes indecisos, lenta pero firme, Tata Ana con ella y “Picajoso” con ambas. Recordé sus caderas en las escaleras y se me difuminó la intención. La cumbia estaba acabando y no vi otra oportunidad de acordarme de Tata Ana.

De vuelta a casa subió las escaleras con las caderas aún entablilladas y mi alma, que no yo, decidió quererla, nadie puede hacerme responsable de que nada sucediera después.

Con el tiempo volvimos al lugar, pero nada fue lo mismo, las luces, la noche, el aroma, todo diferente. Nada es tan rompedor como una magia interrumpida, como unas caderas que no se mueven, como una sonrisa que ya no baila, como los ojos que no dicen nada y al final, la cumbia se desaprovechó, sonó constante y confiada durante varias vidas, pero como decía “Picajoso”:

-“La cabra tira siempre al monte”

Y la vida continuó, cuando se desbrozó el páramo, una bofetada de soledad hizo aminorar mi marcha, lenta ya de por sí, a ritmo de cumbia desechada. Al fin, quizá ya tarde, un buen día movió las caderas y un chasquido de silencio hizo temblar el sitio. Tata Ana enseñó otra vez la dentadura y “Picajoso”, como por arte de magia sobrenatural, resurgió de las cavernas del desasosiego y la miró, ella sabía lo que vendría después y mostró sus dientes nuevos en todo su esplendor. Respetuoso, aparté la vista de los sueños y los dirigí de nuevo a sus ojos. Decían cosas que yo imaginaba o imaginaba cosas que yo quería que dijeran, ¡maldita incertidumbre!

Apuñalé mi carencia de sabiduría y en un infantil ojeo, los vi retozar como si aun fueran jóvenes, como si estuvieran vivos y sentí la envidia del que no sabe y no entiende.

“Picajoso” me miró y me hizo un guiño cómplice, lo hubiera escuchado hablar toda la noche, pero la luz deslumbradora de los dientes de Tata lo tenía subyugado.

El páramo, desierto ya, volvió a tocarme con violencia la cara, la cabeza, el alma. El sonido de los tambores tomó una cadencia lenta y pegajosa, las cuerdas se aflojaron tanto que el único recuerdo que tendré de esta cumbia es que se desaprovechó, como los nidos de las golondrinas, como las caderas que no se mueven, como la juventud con sus propios dientes, como mis deseos pensados y ¿quién sabe? Como los suyos no expresados.

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