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Uno de mis vecinos, de esa clase de personas incrédulas y desobedientes, nos dijo a todos los que nos cruzábamos con él en el ascensor o en los pasillos del edificio que esa pendejada del COVID-19 o coronavirus era un invento de los chinos, o de los gringos, para apoderarse del planeta, que obedeciéramos como esclavos con careta y encierro obligatorio, que lo que era él seguiría haciendo lo que le viniera en gana.

En otra parte de la ciudad otro desadaptado, palabras más o menos le dijo a su familia lo mismo, que siguieran presos del gobierno por miedo al virus mientras él seguía su vida normal y sacó la moto para ir a verse con un amigo.

La señora muerte no avisa, llega por sorpresa cuando menos la esperamos y estos dos desobedientes, que nunca se conocieron en vida se encontraron a la misma hora y el mismo lugar donde los tenía citados la huesuda.

Mi vecino se arregló para salir, iba a visitar a su amante y sacó la disculpa de que las noticias sobre el coronavirus eran un engaño para salir impunemente del lado de su esposa. Por pura casualidad el hombre de la moto también tenía cita con la amante y esta lo tenía amenazado que si no la visitaba terminaba su relación.

Uno salió caminando por la mitad de la calle con la seguridad de que no había vehículos de ninguna clase; el otro arrancó a toda velocidad pensando en lo mismo, pero en una esquina se encontraron los dos y sus cuerpos quedaron destrozados, tendidos en el pavimento. Si no fuera por el coronavirus, tal vez seguirían vivos

Edgar Tarazona Angel

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