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Cierta noche un lector del Este de Praga sueña un individuo fabulando final para su vida. Ve el río y una casa sobre la avenida del Puente Carlos. Al despertar va en busca del fabulador. Recorre las calles con agonía de luna triste. De la otra margen el individuo Kafka urde la farsa en que Georg Bendemann discute con el padre los términos de su lucha, destino que no le pertenece. Franz ignora el desenlace. Un rayo suspende el tiempo. Siempre sucede: el final llega sin aviso, como abrazo de la muerte.

Amanece el sol sobre Praga como yema de huevo en calle polvorienta. El soñador, agónico, atisba la casa. Piensa en la pesadilla de los días: la amante frívola, un padre maquinando miserias con la vida. Cruza el horizonte del puente. Mientras trepa como artista de malabar el soñador resbala. Su cuerpo huye en el cauce del río. Desde la ventana Kafka observa. Ríe. Se inclina sobre el papel. El cuento ya tiene final.

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