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No podrás ocultar entre tu sonrisa maquiavélica las profundas intenciones de tu quehacer torpe y cotidiano. Te meces sobre tu mismo cuerpo, una y mil veces, siempre haces lo mismo todas noches. Piensas que no me doy cuenta que utilizas tus miradas y esas infames artimañas para lograr la atención de aquella mi mujer.

La puerta esta abierta esta noche, mi demencia también. Hoy no me arrebatarás nuevamente su amor, no caerá entre tu pecado profano. Hoy silenciaré toda esa forma secreta de tus balbuceos, aunque la mujer que duerme a mi lado, suela llamarte: “bebé”.

 

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