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En una fría y lluviosa mañana de sábado se rompieron las barreras inquebrantables.

No imaginó nadie que aquello podría suceder, obviamente. Desde el principio de sus vidas aquellas barreras habían existido y se habían convertido en parte del paisaje. ignorándolas.

El frío venía de hacía dias, el cambio de clima. El otoño murió de pronto y el invierno se hizo presente de un golpe seco y frío. Y ahora lluvioso.

Visitante artero y furtivo, el invierno trajo el frio nocturno y desde distintos puntos  en el cielo movió nubes y las arremolinó sobre el pueblo. Comenzó a llover a las 3 de la mañana, a la hora del diablo.

Lluvia que se hizo granizo, granizo pequeño, que hablaba entre dientes, como susurrando. Granizo que acunó el sueño de la gente, adormilándola aun mas, abotargando sus sueños, acurrucando el calor entre las cobijas. 

Cayó retumbando en los techos de metal, pero solo unos minutos, mientras pasaba.

Se fue para donde las barreras marcaban el límite, detenidas por un vaho caliente que llegaba del suelo. Las barreras detenían las constantes mazamorras que surgían de forma natural de aquellos lugares donde las aguas termales socavaban el suelo.

Bendición y maldición, el calor interno derretía la tierra y atacaba el lugar. Pero brindaba el calor que hacía de todo un mejor sitio para vivir. Aunque ya nadie recordaba la última vez que el lodo había invadido el pueblo. Ya no sucedía y era imposible que suceda, las barreras estaban ahí.

El granizo caía entre las rendijas de las barreras abiertas por el tiempo, imperceptibles, invisbles, pero existentes. Cayó el granizo primero como agua al derretirse, pero poco a poco y hora tras hora el frio agarrotó un lado de las barreras, aquel que daba al pueblo. La estructura se congeló y el granizo no cesaba.

Se fue acumulando a un lado. Haciéndose hielo.

Al amanecer el pueblo tardó en reaccionar al sueño, a la modorra del dia frio y lluvioso, a ese cántico encantador con que la lluvia los había encandilado.

Mientras tanto la estructura se rompía, quebrada por dentro, socabada por el frío, por el agua que se filtró en las grietas del tiempo. En aquello que al construirse se dejó olvidado, sin tomarse en cuenta.

El frío también socavó el suelo, el calor encontró el camino roto y el lodo comenzó a rodar hacia el pueblo.

El sol nació oculto entre las nubes, el granizo dio paso a la luvia. El estruendo terminó de despertar a todos.

Una sobre otra cada una de las resquebrajadas barreras caían al paso del caliente lodo que bajaba de la montaña. Arrastrando consigo todo lo que se ponía delante.

Las barreras habían desaparecido, el calor y el lodo inundaba el pueblo.

La gente comenzó a gritar, a pedir auxilio, a alertar a los demás.

Todos veían lo impensable, el lodo caliente destrozaba las calles, sabían que nada volvería a ser igual.

Lucharon días, meses, pero el lodo era rio de lava. Caliente e invasivo, tóxico y mortal. Pero entre su infierno, regalaba aromas que tentaban y no fueron pocos los que acercándose cayeron presos de la locura y el fuego.

Poco a poco la gente fue abandonando el pueblo.

El lodo ganó y hoy solo quedan rastros de casas entre los bordes cada vez mas grandes del rio de lodo caliente.

Aun hoy hay gente temeraria que se acerca al lodo y por observarlo caen en el hechizo y se acercan demasiado para terminar muertos por el aroma y el fuego.

Aunque nunca se logró oir ni un solo lamento de los moribundos. Cuando el fuego los toca, el aroma ya los a hechizado y mueren dentro del paroxismo del dolor ignorado.

 

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Edgar Tarazona Angel Muy buen trabajo. Lo felicito
Walter Oswaldo Quintela Huiza Muchas gracias Edgar Un abrazo

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