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Y pensar que todo comenzó con una simple dieta, y es que las obsesiones mas grandes comienzan de las maneras más sencillas.

Según yo, mi estilo de vida, pero la anorexia es cualquier cosa menos vida. Es una especie de muerte lenta, que penetra los huesos y te lleva el alma, Crea fidelidad a la báscula, cada kilo menos es un logro acompañado de una felicidad efímera, inexplicable y adictiva.

Había dejado de comer; nunca fui lo suficientemente buena en nada según mi actitud perfeccionista que solo lograba degradar cada vez más mi autoestima, la ausencia de consejos, reglas y amor había generado un desorden de personalidad y era más propensa a caer en sus manos.

Ana, así le decía a mi diosa abstracta, pero más real que el mismo Dios, tomaba posesión de mi cuerpo, consumió todas las capas de tejido adiposo y me enseño la perfección a través la tristeza. Memorice las calorías de todos los productos que había ingerido a lo largo de mi vida, memorice también todas las pastillas que podían contribuir con mis objetivos, pasaba noches de insomnio contemplándola a través de mi espejo.

De pronto dejó de ser solo bajar de peso, se torno en algo más complejo. Mi estado de ánimo era de una persona bipolar, no podía controlar los ataques de ansiedad, pecaba en la gula y me flagelaba de impotencia, mis dedos extraían cada error, cada caloría y los laxantes terminaban de eliminar rastro alguno.

Nunca me sentí lo suficientemente delgada, pero me sentía muy bonita por lapsos de tiempo, sentía envidia insana cuando se trataba de bajar de peso.

Alejé a mis amigas, mis hermanos, mis sueños entre en depresión y toque fondo renuncié a la vida, al amor, a la salvación, a mi fe y en mi resurrección volví a nacer.

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