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Es asombroso a lo que nos ha ido llevando poquito a poco y sin que nos demos cuenta, la cruenta guerra informativa por medio de la cual quedó abolido el respeto por la verdad para legalizar el rumor malintencionado como arma letal para demeritar al opositor; a falta absoluta de argumentos y soluciones, cada lado acude a pisotear la dignidad del otro con lo cual han conseguido, además de aplausos de sus seguidores, la desconfianza de los otros, y en este pervertido juego terminamos todos sometidos a un régimen de terror y horror que nos autorizó a escoger qué creer; para desgracia de la humanidad, creemos siempre la versión más proterva.

La información es ahora el instrumento más versátil para fomentar la ignorancia mediante la desinformación; es tan enorme el volumen y el nivel de conocimiento que nos permite aceptar y reconocer cuanto demonio crea la mente humana.  Entre más funesto, deshonesto y letal sea el análisis muchos más “cerebros” asimilan la idea. Sin embargo, escarbando en la desconfianza me encuentro con algo que me brinda mucha confianza…  sí, y es que ante tanto argumento de ambos lados, no puedo creer en ninguno.

Ante semejante alarma mundial, que tiene acorralada a la estructura en toda parte, es demoledor y hasta desilusionador que quienes ostentan el honroso talento para generar opinión se detengan en la difusión del análisis de teorías conspiratorias que son fruto de la imaginación sin mayor fundamento en la razón y que pasaron de ser un arma para debilitar la economía China por su incontenible auge a concluir que fue un invento chino para controlar el exceso de la población mundial.  Ante la imposibilidad de que ambas teorías sean ciertas, entonces simplemente se aniquilan entre sí porque no hay pruebas ni de lo uno ni de lo otro; se desmienten la una a la otra no sin antes haber generado pánico, zozobra y desconfianza en una población incapaz de descifrar que la realidad le está gritando la VERDAD.

Y es que buscar culpables en una coyuntura tan apretada si resulta muy poco noble para saciar la sed de fe y esperanza que tiene la humanidad de volver a creer en la Humanidad; endosar culpas los unos a los otros y viceversa es contraproducente con la necesidad del ser humano de recuperar la confianza en el Ser Humano.

Hoy como siempre la Humanidad requiere de nuestra humanidad… ahora más que nunca el Ser Humano depende del ser humano.

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