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Claro que se lo regalé y me sentí tan bien de haberlo hecho, segura de que todo quedaba en las mejores manos.

En septiembre, cuando se celebran las fiestas para honrar a la virgen del templo de nuestro barrio, Doña Enriqueta hacía sendas comidas preparadas con el producto de su cosecha al 100%, abría las puertas de su huerta para todo aquel que quisiera llegar y comer con ella y su familia. Ahí conocí a sus hijos, a sus nueras, a sus nietos...lo curioso, era que el único hijo que logró concebir había muerto. Los que estaban ahí con ella eran aquellos que había procurado con amor y ternura al ver que no tenían a nadie y que ahora que eran adultos le regresaban tanto amor recibido adorándola más de lo que se quiere a la madre propia.

Hace tres días camino a casa la vi parada en una de las calles del centro, recargada en un portón, miré su rostro limpio, los surcos que las huellas del tiempo habían marcado en él, su cabello largo trenzado cuidadosamente entre listones de colores, su delantal, la falda amplia, las sandalias de cuero, los ojos bondadosos y cristalinos, su piel tostada por el sol, partida por la tierra que con tanta paciencia cuidaba, se veía pensativa. Me llevé su imagen conmigo el resto del camino. Pensé que si yo fuera pintora le haría un retrato y quedaría hermoso con esos colores brillantes y el rostro netamente mexicano, las manos justas y buenas, la mirada llena de paz.

Hoy, me desperté con la noticia de que se había ido a ese cielo del que tanto nos habló a todos los que le dedicábamos un tiempo para escucharla y seguramente está al lado de Dios porque no puede ser de otra manera. Me duele la forma en que murió: atropellada, y me lastima porque uno piensa que la gente buena debe morir rodeada de sus hijos y en paz, pero no soy yo la que determina eso ni la que debe juzgar nada, a mi solo me queda rezar por ella con el mismo amor y con la misma devoción con la que ella rezó por mi hermano muerto un día, recordar sus enseñanzas siempre y hacer que su memoria permanezca. Por eso escribí esta historia, porque merece perdurar.

Me preocupan los niños del rancho que se quedarán esperando por ella, los hijos amados que no parió pero que tanto amó, la pequeña a su cargo un año menor que mi hija y ese huerto que alcanzo a ver desde mi ventana y que ahora permanece en silencio, triste, llorando su orfandad. Porque como ella misma declaraba con aquella sabiduría nata: “Podrá uno escapar del trueno, pero nunca de la muerte”.

Descanse en paz mi querida y admirada Doña Enriqueta.

Elena Ortiz Muñiz

 

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