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La quiero como a nadie más, mientras veo caer un millón de aguaceros y suspiro por lo que no será, como su voz en mis pensamientos, gritando desde el pasado que así regresará, a mí que soy su puerto. La quiero desde la poesía, que describen la oscuridad de esos ojos que una vez fueron toda mi vida pero hoy ya son la vida de otro; y el mar me juró que ella mía no sería aun entregándole todo. La quiero, porque también es querer las emociones de mis buenos tiempos, como su risa en un viejo atardecer tras escuchar mis lamentos; porque me juró que haría florecer desde mis miedos más profundos. La quiero y sé que quererla es enredarme entre dulces nostalgias aceptando que esto es mi condena: estar inmerso en su mirada, porque la oscuridad nace desde mi puerta hacia dentro sin que la noche caiga.

He buscado razones en el ayer, en las poesías con su nombre, en la radio de hace años sin encender, en la fotografía hacia el horizonte donde ella sonríe, y nada me dice que va a volver, que mi amor es su aire y que aun navego por su piel. Y he buscado en el último color de un atardecer, en la brisa que no sabe dónde su espíritu dejará de correr y nada me da razones de ella, aunque mi amor se regrese a la ilusión y me lleve impregnada en su piel. Pero aun y todo, me miento si no quisiera que su vida entera se me olvidara al momento de escuchar, por casualidad, cualquier canción que esté hecha para el recuerdo.

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