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Muchas veces hasta el sol de hoy en este ámbito gris mientras el mundo dormía, insomne daba vueltas y vueltas tumbado en la cama, con los brazos bajo la nuca y las rodillas en alto mirando al techo marcado por minúsculas fisuras fantasmales. En ocasiones encendía la televisión (cuando el receptor se encontraba bueno; hace tiempo que por un corto circuito se descompuso) o escuchaba el epítome de canciones populares en “Radio Uno” (Una de mis emisoras favoritas), pero nada, no pasaba nada, seguía ¡despierto!… solo el monótono “tic”, “tac” del reloj despertador marcando al unísono el tiempo, me volvía a la realidad cuando sonaba estrepitosamente. Así fueron muchas las noches de desvelo que pasé taciturno en este lóbrego lugar frio y hediondo a humo de cigarrillo “Pielroja”, buscando volverle a mi cuerpo somnoliento el sueño reparador disuelto por el insomnio.

ahorcado

 

Hoy complete una cuenta más al rosario de noches que llevo sin dormir, no tengo dominio de mis párpados no los puedo cerrar. Siento jadeante mi cerebro de tanto bucear excavando en lo profundo de uno mismo. He tomado cualquier cantidad de somníferos y bebibles naturales para poder dormir, pero no…, no, pasa nada a mi ánimo, sigo a merced de mis alteraciones de pensamiento y al borde de un abismo de melancolía. Toda la maldita podredumbre de variaciones que le pasa a mi perra vida, se los debo a las ideas implícitas de éxito y fracaso, muy arraigas en la mentalidad de una sociedad masificada, capitalista y pujante, a mi carácter, la ansiedad y el stress. Cada noche de inanición un poco antes o un poco después, mis pensamientos difusos rondan mi ego como hologramas multiformes por las cuatro paredes de mi pequeño cuarto (mi aposento que parece un closet). Desde hace tiempo algo en mí no funcionaba bien, tal vez la fuerza, las ganas y el ímpetu se fue afectando poco a poco por la intensidad de mi pasado, la dura infancia y adolescencia que viví de manera alocada y en contra vía a mis principios, han sido la causa de mis actuales situaciones singulares, males subyacentes, trastornos depresivos, afectivos, laborales y económicos que he ido encontrando y tropezando en cada momento de mi vida. Todo sigue igual, está vivo, ya no tiene reversa ni enmienda.

Me atormentaba el amanecer andante de cada día que llegaba sorprendiéndome; a veces agazapado entre las cobijas o junto al ventanal mirando nada “la nada” en el horizonte lejano, o sentado al canto de mi tálamo junto a la mesa de noche como el pensador de Rodin, abstraído, siempre cavilando y cavilando en mis problemas, que siguen igualmente tensos y disfuncionales. Se volvió costumbre parlamentar conmigo mismo en voz baja de mis niveles bajos de serotonina (causa mayor del deprimido), del “El jefe” (ese ser supremo y omnipotente con sentido ético) que está por encima de la razón, del bien y el mal, de quién he estado alejado de su redil cual oveja descarriada y de mis zonas erróneas. Y así hablaba y hablaba de otras cosas como un idiota tratando de poder dormir, y… nada… no pasaba nada; seguía despierto. Nunca me hice a un lado a esta realidad siempre di un paso al frente a querer ser otro en la vida sin remilgos mediante el cambio, pero no fue posible, no alcanzó mi voluntad y el convencimiento firme de superar algún día esta condición psíquica enfermiza que me absorbió. La nube negra que siempre acompañó mi vida, al final ¡eclipso! todas las posibilidades de superar mi crisis. Luego llegó la inevitable tormenta y rendido me dejé envolver en el espiral de la incertidumbre, la impotencia y el dolor; sus garras diabólicas dieron cuenta de mi poca serenidad y paciencia, bloqueando toda esperanza de resurgir y salir avante como el ave Fenix.

Hoy me encuentro frente a mi propio patíbulo. La lía, la silla y el punto de sujeción (uno de los polines metálicos que sobresalen del techo donde permanecía colgado el televisor). Todo el menaje está listo para mi propia ejecución (el ahorcamiento). Hoy no veo la muerte, mi propia muerte como algo dramático sino más bien como una esperanza de ser libre, como el sol cuando amanece, como el ave que escapa de su prisión y puede, al fin, volar. Tengo miedo a lo desconocido, a lo que puede pasar después de mi muerte y eso me hace titubear un poco mi decisión, pero mi inconsciente me dice que no puedo echarme atrás, que no tengo otra salida sino llenarme de valor y proceder. Lo siento por Camilo, Laura y Paula, mis hijos. Ellos no tienen culpa de nada, llegaron a este mundo turbio a sufrir. Ahora están en casa de mi progenitora, viven con ella desde que su madre los abandonó…la muy indigna se fue con otro y se olvidó de todo. Yo sé que ellos sufrirán mi ausencia, pero al fin de cuentas con el tiempo entenderán y se acostumbrarán. Las lágrimas se ensañan en mis ojos cansados. Debo partir y sabré lo que es al fin, la libertad. Después de mi muerte seré tal vez alguien, tal vez nadie, pero espero no ser el que ahora soy.  ¡Dios mío, Dios mío!, ¿Por qué me has abandonado?   

 

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