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Cerca del mediodía, como cada Sábado,  partí rumbo a la inexistente Terapia a la que no concurría semanalmente en la Capital desde ya hacía tiempo. Simplemente me dejaba llevar y en el lugar indicado, tomaba el desvío hacia el Mar, que me llevaría una vez más, obsesivamente, hacia aquella cabaña en la costa que seguía arrendando nada más que para esa visita sabatina.

El invierno me había regalado un fulgurante día de sol, huérfano de nubes en el azul-celeste del cielo, límpido como la fría brisa marina proveniente del sur. La espléndida luminosidad destacaba el blanco de la espuma de las olas, que le recibían al coronar aquél cerro que era la última barrera, antes de deslizarse en el suave tobogán de la ruta que me dejaba frente al breve camino de grava que, por fin, me depositaba a las puertas de la cabaña. Desde allí podía observar la rompiente en las rocas y el majestuoso vuelo de las gaviotas pescadoras.

Todo aquello parecía para mí, parte del decorado de una película que pasaba ante mis ojos, ensimismado en los recurrentes pensamientos que la imagen conocida de la Dacha, nuestra Dacha, despertaba en mí.

Desde aquella noche, había vuelto semana a semana a encontrarme en esa suerte de presente congelado en el que vivía, carente de pasado pero también de futuro. Simplemente los tiempos habían dejado de tener significación alguna.  Tan sólo existía ese momento en el que detenía el coche frente a la entrada, bajaba lentamente, daba una mirada al mar e introducía la llave celosamente guardada en la cerradura.

Como cada sábado, abría la puerta que daba al estar, gobernado por aquella gran chimenea muda y ciega de fuego. Era esa puerta, era ese camino que habían pisado esos pies sostenidos en finos tacos. Nada más abrir la puerta, el saturado olor del encierro, me traía una oleada de sensaciones ya conocidas, esperadas, que provocaban un violento viaje sin escalas a ese impreciso momento en el que ubicaba esa noche, nuestra noche.

Como cada vez, recorría los muebles, inspeccionaba la mesa, los sillones, me dirigía al dormitorio, abría la ventana hacia el mar, revolvía cajones, buscaba. Qué? No lo sabía. No lo sé aún.  Creía ver en cada cosa depositada en esas habitaciones vacías de vida, los olores y sabores de una noche recordada que, dudaba ya, hubiera existido nunca.

Las flores, aquel enorme ramo de rosas amarillas que adornaban la mesa no estaban. No estaban las copas en las que habíamos bebido ese champán cuyo aroma, junto al del mágico perfume de la piel amada, seguía impregnando mis sentidos. Los restos del fuego apagado en la chimenea podían ser de esa u otra noche cualquiera. No habían en ese salón de mullidas alfombras ningún rastro palpable de ella. Tampoco los encontraba en aquel dormitorio, donde descansaba el lecho, allí donde el recuerdo calaba como una puñalada artera. Sólo el desorden propio del abandono. Lo mismo para el baño, nada en ese lugar delataba otra presencia que la propia.

Iba allí en la búsqueda del recuerdo vivido, pero cada vez se encontraba con ese sueño recurrente que una vez más se le tornaba etéreo, inapresable, sólo rescatado por la memoria que insistía en hacer del recuerdo la experiencia vivida.

Realmente había existido esa noche? Aquellos pies habían caminado encima de la alfombra?

Me sentaba frente a la estática chimenea, para ver si de ella tenía alguna respuesta.  Una vez más iba al dormitorio, para coger de la mesita de noche, aquel sobre ya cubierto de polvo que contenía las cartas. Como cada semana, acercaba el sobre a mi nariz, cerraba los ojos y creía tener impregnado mi olfato con ese irrepetible perfume que pegado al vestido negro, me había penetrado el alma.

Sin otra cosa alrededor que la rompiente del mar en mis oídos ajenos, volvía a tomar mi carta donde relataba, aún con las heridas frescas de esa noche, mi encuentro con la mujer amada. Leía una vez más cada párrafo de esa carta, cada frase, cada palabra, sabiendo como sabía ya, qué era lo que decía desde el principio al final. Una vez más la magia de ese recuerdo se me instalaba con una presencia corpórea que me invadía, inundando todo mi ser. Cogía entonces tu preciosa respuesta, en ese papel amarillento tan suave al tacto, y repasaba ese terso mensaje dirigido a mis recuerdos.  Me relataba allí, paso a paso, aquello que mi recuerdo había dejado fuera, quizá porque en el momento no me había animado a seguir aquel relato que me dolía como una herida a cielo abierto. Esa respuesta de mi amada en mis manos, contenía recuerdos que eran también los míos, pero que mi memoria no podía reconocer como propios.

Me perseguía implacablemente la necesidad de terminar con aquella duda que me carcomía y desasosegaba cuerpo y espíritu, que no me dejaba pensar ni dormir.  Las cartas estaban allí, la copia de la mía enviada a ella y la de ella recibida por mí. Cuándo? Ahora ya no lo sabía. Ahora no podía precisar cuándo había sucedido aquél encuentro. Tampoco si había sido. Sólo las cartas y un recuerdo intenso, pero impreciso, de un encuentro que lo sentía aún vivo pero que era imposible de rescatar para la certeza de lo vivido.

Una vez más, me levanté de ese sillón mudo testigo, para ir a la cocina. Cogí una botella de aquel Cava Brut rosado que había dejado, como cada sábado para el siguiente enfriando en el refrigerador. Volví a tomar dos copas, iguales a las que usamos, ó creo haber utilizado, esa noche y me dirigí hacia el sillón. Me senté y serví ambas copas, fantaseando iba a poder brindar, porque en cualquier momento podría entrar esa presencia amada, a sentarse junto a mi. Nuevamente la copa mía quedó vacía, mientras la otra dejaba que el vino durmiera un largo sueño de ausencia. Volví a tomar las cartas en mis manos, las apreté contra mi pecho partido y  me recosté arrollado en ese mullido sillón, como desamparado niño en busca del vientre materno. Ese fue el momento en que el sueño vino a prestarme auxilio y caí en un profundo sopor. Soñé otra vez con los detalles de la noche pegados a mi pecho. Soñé?  Soñé que había soñado?. Cada vez más el límite entre sueños y realidad conseguía difuminarse al punto tal de no reconocerle.

Me desperté con la tarde en retirada y como cada semana, fui hasta el dormitorio para depositar en la mesilla las cartas. Cerré la ventana. Clausuré el dormitorio y volví al salón. Dí un último y confundido vistazo al misterioso vientre de la Dacha, pidiéndole la gracia de saber de ella, esperanzado y una vez más, sin respuesta.

Dí vuelta la llave, enfrenté mi rostro de acuosos ojos bañados de nostalgia, a la perpetua brisa fría, caminé hasta el coche y le arranqué, desandando lentamente el camino de grava, sin volverme a mirar aquél paisaje que me conocía de memoria, diciéndome otra vez que no habría de volver a la inútil búsqueda, pero sabiendo ya, que el sábado siguiente frente a la entrada habría de retornar. Parecía ser mi sino. La de la búsqueda de un sueño que siento vivido, y sin embargo, no puedo hacer otra cosa, sigue siendo un impreciso sueño de una fugaz noche de amor al abrigo del fuego en la Dacha, nuestra Dacha.

 

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