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Ir a: Al fin frente a la muerte ("Seguiré viviendo" 64a. entrega)

José siempre quiso dedicar algún texto a sus mujeres, pero algo en su interior lo contenía. Era su superego que temía desnudar tantas verdades a los ojos de Eleonora Era un temor recóndito de no ser comprendido, un sufrimiento postrero de ser rebajado en el altar en que su hija lo tenía. Pero tampoco quería alterar la verdad, ni negar que se afirmaba en el rumbo que había dado a su vida. Así ocurrió cuando vaciló entre destruir o dejar como legado «la caja gris» con sus romances.

Sabía que al hospitalizarse perdería para siempre su dominio, pero en actitud decidida anudó su lazo y la dejó a la vista entregándola a la posteridad. Del mismo modo, en medio de las vacilaciones llegó el momento en que los primeros párrafos de lo que tanto titubeaba en escribir estuvieron terminados. En ellos estaban reunidas por fin Pilar, Carolina, Andrea, Fanny, Alicia, Piedad y Claudia. Sus amores platónicos y sus amores mundanos. Los leyó con ojos de lector desprevenido:

«Tal vez deba decir que Claudia es el más perseverante de todos mis amores. Llegó con sutileza y se apoderó imperceptiblemente de mi corazón. Sin pedir nada, me ponía siempre al tanto de sus necesidades, y como resonaba en mi conciencia su voz pidiendo auxilio, yo siempre intenté satisfacerlas. Creí en su amor, pero fueron sus necesidades económicas el principal motivo de su entrega. Con todo, nunca su simulación ensombreció el éxtasis que me brindaba. Amaba tan bien que hasta fingiendo convencía. Y fue esa maravillosa representación de la amante perfecta la que acalló mi disgusto, la que me hizo ocultarle que conocía sus intenciones, la que nos hizo volver tras el final que convinimos. Ella se acostumbró a mi tanto como yo me encariñé con ella. El conocimiento de su relación interesada me dio licencia para intentar otras conquistas, pero siempre fue Claudia el puerto en el que anclé cuando llegaba al final cada aventura. Después de tantos años, creo que son reales más que fingidas sus caricias, pues ya no tiene mi ayuda ni la necesita. La veo sufrir con mi dolencia, tal vez me ama, de pronto el hábito se volvió querencia, pero no tengo intención de averiguarlo. Carolina era distinta, independiente y liberada; la mujer que sólo se entrega por amor o por deseo. Fue mi obsesión. Quise ir con paso firme hacia una entrega total y sin errores. Quería a pesar de lo que pienso, su amor exclusivo y absoluto. Me dio por ser honesto y le di una cátedra sobre el amor, explicándole que el desamor y el enamoramiento nacen y se extinguen sin nuestro asentimiento; que nadie saca sentimientos de donde no le nacen, ni deja de sentir lo que una fuerza superior lo obliga, motivo por el que los compromisos de los enamorados no tienen garantías y su incumplimiento no puede interpretarse como falta. Exalté la amistad como algo perdurable por ser un afecto reposado y sin pasiones, y finalmente le dije lo que todo hombre siente pero jamás pronuncia al oído de la amada: que no tenía intención de serle infiel, que tenía el propósito de amarla eternamente, pero que el futuro sólo estaba en manos del destino. Agradeció mi trasparencia, alabó mi honradez, la ensalzó como modelo de conducta entre los hombres, dijo que ningún otro sería capaz de confesarlo. Pero discretamente se alejó. Se terminó marchando con un mercader de sueños imposibles. Su independencia y sus proclamas rodaron por el suelo ante el llamado del amor. Desencantada del comportamiento de los hombres volvió a mí traicionada, apenas como amiga. Fanny fue otro ser asfixiado por las necesidades. Debilidad que hace pensar al hombre en la conquista fácil. Lo fue, y no voy a negarlo. Yo lo anhelaba y ella lo quería. Los motivos baladíes por los que entraba a mi oficina descubrían que eran apenas pretextos para verme, tanto como los míos cuando la llamaba a resolver algún asunto. El idilio se hubiera perpetuado de no haber soñado Fanny con ataduras que no me convenían. A buena hora su hogar se recompuso. Un día su antiguo compañero llegó cargado de promesas y se la llevó. Ni ella ni yo opusimos resistencia. Fijarme en Andrea fue un verdadero desatino. ¿Pero que hombre se resiste a una mujer que anda por las pasarelas provocando con su piel semidesnuda? ¿Tentando con la formas exquisitas de su carne fresca? ¿Y enardeciendo el apetito varonil con la ropa insinuante que modela? Sin embargo no la estaría contando en mis conquistas si no hubiera sido porque ella propició el encuentro. Hasta conocerla tuve claro que con alguien así no me emparejaría, pues de ese tipo de manjares uno siempre teme que muchos se provoquen. Pero caí rendido, y no puedo negar que la dicha fue grandiosa. “Mi Golosina” la llamaba, porque era primordialmente un estímulo para saciar el gusto. Pero su vida, toda una fantasía, estaba acostumbrada a la fastuosidad. Y no la pude secundar por mucho tiempo. Se impuso la razón, nos distanciamos, pero nos abrimos con la separación hondas heridas.    Piedad como Alicia, pasó de amor imposible a confidente inestimable. Fue cómplice de la relación con mi primera amante, instigadora de mi separación, testigo de los sucesos grandes de mi vida. Organizada en un segundo hogar y perdida en las rutinas de la casa se me fue perdiendo. Mi enfermedad la ha hecho aparecer de nuevo.

Alicia no tuvo tras su separación pareja estable. Golpeada por la soledad, encontró en la amistad la forma de enfrentarla. Ha sido confidente y consejera, la cómplice de mis recónditos secretos. El amor platónico que un día sentí por ella es un recuerdo clausurado, lo más justo es afirmar que sólo ha existido amistad entre nosotros. Cuando jóvenes no éramos tan asiduos como ahora. Podían pasar los meses sin saber uno del otro, pero el sabor de ausencia nos obligaba de un momento a otro a vernos con manía. De pronto y sin motivo volvíamos a alejarnos, pero siempre estábamos a disposición uno del otro; en las ocasiones más felices y en los momentos críticos. En eso nos diferenciábamos de los amigos que sólo aparecen para pedir favores. Veníamos compartiendo nuestros gozos cuando esta enfermedad nos puso a compartir tristezas. Ella sufre tanto como Eleonora mi padecimiento. Sé que la aflige inmensamente mi final inexorable. Intenta trasmitirme un optimismo inútil. Surgido de la tristeza y la desesperanza no suena convincente. Es una auténtica desgracia, culpable me siento sin quererlo, porque el luto que se avecina va a ser por quien siempre la ayudaba a resolver sus duelos».

Continuará…

Ir a:  La hipocresía y las prostitutas ("Seguiré viviendo" 66a. entrega)

Luis María Murillo Sarmiento

Seguiré viviendo“Seguiré viviendo”, es una novela de trescientas cuartillas sobre la muerte. Un moribundo  enfrenta su final con ánimo hedonista. El protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a todo lo visto y lo vivido.

Por su extensión se ha venido publicando por entregas. 

http://luismmurillo.blogspot.com/ (Página de críticas y comentarios)
http://luismariamurillosarmiento.blogspot.com/ (Página literaria)

 

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