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Mujer, sexo y ternura (“Seguiré viviendo” 38a. entrega)

Cuando dolor y el agotamiento progresivos hicieron sentir a José enfermo de verdad, todas sus actividades decayeron, y muchas desaparecieron para siempre. Su fortaleza física, conservada por el esfuerzo admirable de su voluntad, se derrumbó. Consciente de su debilidad optó por no salir del edificio. Y para compensar su encierro, puso al frente del ventanal de su alcoba una mullida mecedora, en la que se le iban las horas, hamaqueado entre su siesta y sus lecturas; entre la abstracción en sus escritos y la dispersión que le provocaba el mundo agitado de la calle.

Ese cosmos del otro lado del cristal de la ventana era su contacto más importante con la realidad; todos los demás eran virtuales. En sus excursiones por la biblioteca, que era un cuarto grande, adaptado para tal destino con siete pisos de estantería que forraba de libros las paredes, José se aprovisionaba de obras y documentos que le hacían más llevaderas las horas del encierro. Solía revisar alguna de las carpetas con borradores de sus publicaciones. Siempre le deparaban alguna novedad, a pesar de ser él, el autor de los escritos. Leyéndolos podía ufanarse de que el prodigio hubiera salido de su pluma, o ruborizarse de haberlos publicado. En ocasiones los juzgaba tímidos, en otras le sorprendía su arrojo. Mezclados con ellos, propio de su desorden, había párrafos sueltos que esperaban un lugar en un libro que ya no llegaría. Hojas dispersas que tal vez serían las primeras en llegar a la basura cuando se aseara la biblioteca tras su muerte. De pronto a su hija le diera por leerlas y terminara publicando algún ensayo. Había mucho sobre la muerte, las relaciones de pareja, el comportamiento sexual, la infidelidad, la libertad, el avasallamiento del hombre, la injusticia, el bien y el pecado, temas que habían sido en sus obras recurrentes. Pero ordenar sus notas y llenar de coherencia las ideas dispersas, no era tarea fácil. No lo era para él, menos para un extraño. Entre suspiros pensaba que terminarían en el fondo de la caneca, pues muchas notas estaban escritas  en recibos ajados, en servilletas dobladas, al respaldo de tarjetas de presentación o en fragmentos de papel rasgado de la esquina de un periódico. Todo con tal de no dejar escapar una idea en el esplendoroso instante de su nacimiento. Así había sido siempre. Algún día el escrito pasaba del sitio improvisado al procesador de texto de su computador, y comenzaba la fase de crear, de dar forma a su obra con la paciencia de un sastre, hilvanando párrafos y remendando ideas. Así habían nacido muchas de sus publicaciones. Ahora, por desgracia, abundaban los pensamientos y escaseaba el tiempo.

Aquella tarde tomó una carpeta atestada de documentos, que lo obligó a pasarse de la mecedora al escritorio para poder manipularla. Ojeó uno tras otro los textos, hasta fijar en uno su mirada: «El instinto atrae a la mujer y al hombre. El retrato de un instante de pasión hace presumir que en la naturaleza más perfección no existe, pero tras de esa efímera armonía se esconden descomunales desacuerdos. […] El hombre y la mujer hablan del amor y el sexo en lenguas diferentes. El deseo y el amor que los atraen, es la causa a la vez que los repele. […] Puede que la mujer experimente el sexo con agrado, pero nunca con el entusiasmo enloquecedor con que lo busca el hombre. El macho humano es un animal carnívoro y su presa todas las mujeres. Son las leyes de la naturaleza, que persistirán a pesar del disgusto femenino empeñado en transformar el comportamiento de los hombres.  […] Puede amar con exclusividad el hombre, pero sacia en muchos cuerpos su deseo: la eterna paradoja de amar a una y desear a cientos. Y no es maldad, porque el objetivo de la infidelidad no contempla que sufra la pareja. Son las hormonas, son los genes. Igual de libidinosa se torna la mujer con los andrógenos. Y el macho fue inundado por el Creador con las hormonas del deseo».

Entonces llegó el recuerdo de Eleonora, porque justo esos párrafos se le revelaron accidentalmente en su tierna adolescencia. Eleonora se había criado a la sombra de los libros. Cuando pequeña se entretenía sacándolos de los estantes y apilándolos de diferente forma hasta construir estructuras que algún significado tenían en su mente fantasiosa. Pocas veces examinaba su interior, pues a diferencia de los suyos, llenos de color e ilustraciones, los de José estaban atiborrados de ininteligibles y aburridos caracteres; pero el inusual cuidado con que los trataba se había ganado la confianza de su padre, quien se los dejaba tocar sin el menor reclamo. Pasado su interés en ellos, la pequeña Eleonora terminó por olvidarlos. Se le volvieron un objeto monótono de la decoración. Tal vez por eso, José se olvidó de que su hija se pudiera concentrar en su lectura. Pero Eleonora creció y se convirtió en una adolescente interesada en el mentado ingenio literario su padre.

Una mañana aprovechando que la habían dejado sola, se dedicó a buscar en la inmensa biblioteca las obras de José: «Inflamado por a libertad», «¿Por qué no funcionan las parejas?»,. «El manual de los amantes», «Contradicciones religiosas», «Del intelecto a los sentidos», «Moral e instinto», y muchas otras. Al azar se quedó con el segundo título, y comenzó a ojear hasta que el sugestivo encabezamiento de un capítulo, «Así somos los hombres, no lo que esperan las mujeres», la hizo a leer entusiasmada: «A la infidelidad y a la promiscuidad somos proclives. [...] Que todos somos iguales afirman las mujeres. ¡Y lo somos! Nuestras pasiones son las mismas. Víctimas de la norma o la etiqueta las ocultamos, pero no renunciamos al deseo: el cuerpo de la mujer es el mejor platillo. En la imaginación lo hacemos nuestro, desarropamos sus formas, fantaseamos con su intimidad y dejamos en libertad nuestros sentidos. Encubrimos nuestra lujuria para tejer la red que las atrapa. Con detalles tiernos y frases delicadas alcanzamos con docilidad lo que nos negarían si conocieran las verdaderas intenciones. ¡No es maldad, es el instinto! Si el enamoramiento se presenta, bloquea nuestra atención a otras embriagadoras tentaciones, pero apenas de forma pasajera. Los hombres, seductores pertinaces, pronto volvemos a soñar con la próxima conquista, real o imaginada, furtiva o manifiesta».

Eleonora devoraba con afán las líneas. Cada párrafo era una revelación desconcertante, un cúmulo de datos para digerir, una realidad cruda, inesperada. Y ante todo una verdad rubricada por la firma de su padre. «No oculto nuestro carácter, si imperfecto, corresponde a nuestra naturaleza y no al dominio arbitrario de nuestra voluntad. [...] A cualquier edad la carne joven nos incita; la conquistamos en los años mozos, ya viejos, si es del caso, la compramos. ¡Qué indolencia! Pero el cuerpo ajado de la mujer no nos atrae. Sin embargo, al olvidar la fascinación de lo carnal, nos queda de la mujer la imagen de la madre y de la abuela... llenas de virtudes». Los ojos de Eleonora saltaban de párrafo en párrafo. Pasaba las hojas de prisa buscando frenéticamente otro encabezamiento. Un nuevo título: «La infidelidad», y un nuevo texto: «Si somos sin motivo propensos a la infidelidad, ¿cuán no seremos cuando la mujer nos somete a sus torturas? Sus agravios, sus celos, sus cantaletas, desbordan la tolerancia de todo hombre y lo lanzan indefectiblemente a los brazos de una amante». Y otro capítulo: «Las edades de la mujer según el hombre». «Desde la niña hasta la anciana pasan las mujeres por el mundo afectivo de los hombres suscitando infinidad de sensaciones. Desencadena la niña la protección y la ternura, enciende la mujer joven la pasión, inspira la anciana el respeto y la piedad. [...] Hay en las edades de la mujer, una en que vale sólo por su cuerpo, aquélla en que es la entretención suprema para el hombre. ¡Poco dura!. Y otra madura y menos breve, en que la seducción por su cuerpo poco importa. [...] La mujer tiene los años de su lozanía. Cuando es joven y atractiva nos domina».

Cambió de párrafo: «Indignadas protestan las mujeres por el trato denigrante que las hace un objeto sexual de los varones, no obstante sufren cuando los años desvanecen los atributos por la que son objeto. En lo más recóndito de su ser todo ser humano quiere ser apetecible. [...] Cuando esos años  pasan, sin la sombra de lo lúbrico, puede verlas el hombre en la plenitud de sus virtudes». Más adelante el libro intentaba aproximarse a lo moral. «Las relaciones de familia imponen en cualquier hombre decente barreras a lo erótico. La idea del incesto congela sus instintos. [...] Los juicios que los géneros formulan de su contraparte son sesgados. Juzgan bajo la perspectiva de su propio sexo, ignorando la naturaleza del contrario; así pierden la posibilidad de comprenderlo. La mujer, por ejemplo, que casi siempre liga amor y deseo en un mismo sentimiento, no alcanza a comprender que su compañero la ame, cuando acaba de compartir el lecho con una mujer desconocida».

Por un instante Eleonora cerró el libro, y se topó con la foto del autor en la cubierta. La pareció otro, diferente al hombre que la consentía. Cruel o pesimista, visionario de desastres, profeta de un mundo dominado por el desencanto. Pensó en él como un anunciador apocalíptico que revelaba que el verdadero amor no existe, y lo imaginó notificando  con descaro que la mujer debía ser un juguete eternamente traicionado. No sabía si sentirse alertada o agraviada. En su ensimismamiento no escuchó los goznes oxidados de la puerta que anunciaban la llegada de su padre. Demasiado tarde se apresuró a dejar la obra en el estante.

 –¿Te convertiste en otro más de mis lectores? –le preguntó José con la certeza de que el que ponía en su sitio era uno de sus libros.

–Me pescaste papá.

Y sacando el libro de la biblioteca lo puso con sus dos manos frente a los ojos de su padre. 

–Esa no es literatura para niños.

–Pues ya no soy tan niña. Y seré yo quien haga las preguntas. ¡Papá, tu libro es repugnante! ¡Nada hay en él del ser me consiente!

 –Hija ese era el libro menos indicado para comenzar a entender mi pensamiento. Claro que soy el hombre hogareño y afectuoso que siempre has observado, pero también soy el crítico implacable que en las noches se encierra en el estudio a develar sobre el papel el universo que se esconde bajo el superficial que conocemos. El mundo que estás por descubrir será diferente al que has soñado. «La búsqueda de la felicidad, testimonio de quien la ha encontrado», hubiera sido para una adolescente la primera aproximación a mis escritos; con «Critica a la vida» hubieras dado el primer paso a los textos que encienden el debate. En tono paternal fue desvaneciendo José, con amor y con razones, la fuerte impresión que había dejado en Eleonora la lectura.

–Pero papá, siento que te expresas de las mujeres con desprecio. ¿Desde  cuando somos objeto para divertir al hombre? Llegué a imaginar, mientras leía, una risa mordaz inundando mi salón de clases, haciendo trizas el mundo que me habían mostrado.

–Comenzaré por explicarte que los hombres somos soñadores, y por soñar la realidad nos decepciona. Somos críticos, y por críticos vemos la vida y las personas de distinta forma. Lo mismo a la vista de tantos resulta diferente. Lo que te enseñan tal vez sea distinto a lo que yo te cuento, y diferente a lo que descubras por tus propios medios. Puntos de vista que no cambian la esencia de las cosas. No es más grande la mujer por más que se la ensalce, ni más odioso el hombre por más que se le recrimine. La realidad, como la verdad, es sólo una, pero cada cual la interpreta a su manera. Me gusta escribir sobre el lado conflictivo de las cosas, por lo que no resulta amable todo lo que digo. Es otra cara de la realidad que no niega cuanto de bueno hay en el mundo. Creo en la igualdad entre los sexos y proclamo los mismos derechos para ambos, pero toco las diferencias, la forma en que cada uno ve las cosas, la manera de sentir y de expresarse. Describo en detalle la personalidad de la mujer y el hombre, busco explicación a su conducta, hurgo en la filosofía y la ciencia, y encuentro que mucho hay de instintivo y natural, y no tanto de voluntario y reprobable. Llamo la atención sobre la realidad de las cosas, porque a veces la sociedad, con una venda encima, se opone a lo evidente. Mi libro te cuenta como son los muchachos que comienzan a gustarte. Debes saber que los hombres somos sensuales en extremo. Que vamos tras del placer, tras de los gozos que deparan los sentidos. ¿Y sabes cuál es la sensación más formidable?

–La mujer, si me atengo a lo leído.

–Exactamente.

–Y es por eso que el hombre la somete.

–Vaya uno a saber cuál es el sexo que somete y cuál el sometido. Yo siento que sólo con seducir, la mujer consigue doblegarnos. Buen tema para tratar en clase. Pero en las aulas falta resolución para mostrar la imperfección humana y para revelar la realidad con su crudeza. A veces se evita chocar con el romanticismo de la vida que se le vende al niño. Se habla de la magnificencia del amor como prolongación de los cuentos de hadas que se aprenden en la infancia. A mí me gusta que a las cosas se las llame por su nombre, que se las tenga por lo que son, sin maquillaje. Por eso sin tapujos me refiero al deleite egoísta que por naturaleza, no por maldad, buscamos en la mujer los hombres. También enaltezco el amor y valoro el ideal que pretende al hombre y la mujer unidos para siempre. Unidos por el conocimiento mutuo y trasparente, más realista y menos soñador, más objetivo y menos propenso al desengaño. La mujer que lea mis libros se podrá enamorar de un hombre real con todos sus defectos, sabrá cómo y por qué actuamos, conocerá nuestra naturaleza, y con ella nuestras debilidades y virtudes. Si acepta la aventura, no se llevará sorpresas. Desmitifico al príncipe azul para que no rompa en lo sucesivo corazones. A una adolescente, debe al menos enseñarle el valor de la prudencia. De pronto le dé elementos que la hagan inmune al desencanto.

Fue entonces cuando Eleonora sorprendió a José con su pregunta.

–¿Tú nunca fuiste feliz con mi mamá? ¿Por eso escribes como escribes?

–Todo no fue tan malo. Nuestra relación comenzó con muchas ilusiones, tantas que nos ocultaron la contravía en que viajaban nuestros intereses.

–¿La has traicionado?

–Me niego a contestarte.

–No es para juzgarte.

–Juzgar es muy difícil. Se peca por exceso o por defecto. No sé si exista maldad en los infieles. A unos los espolea el hastío, a otros el instinto los instiga; algunos buscan las cualidades que en su pareja están ausentes, otros se empeñan en compensar algún maltrato.

–Si me das más argumentos pensaré que tuviste alguna amante.

–Muchas: Es lo que tu madre afirma –y se contuvo.

No era a su hija a la que debía resaltarle los defectos de su esposa. Prefirió volver al libro para poner punto final al tema.

–Hija, si te has llevado una mala imagen de mi obra, es porque tu percepción aún es idealista. El libro no intenta ser moral ni libertino. No hace un juicio a la conducta humana, apenas presenta su comportamiento sin engaños. Al escribirlo, quise mostrar la realidad, como un fotógrafo la capta, sin eufemismos ni retoques. Sólo a mis años dirás si estuve equivocado; porque para criticar la vida hay que vivirla. De pronto es más lo que decimos que lo que padecemos.

Luís María Murillo Sarmiento

¿Terminé amando la vida? (“Seguiré viviendo” 40a. entrega)

Seguiré Viviendo“Seguiré viviendo”, con trazas de ensayo, es una novela de trescientas cuartillas sobre un moribundo que enfrenta su final con ánimo hedonista. El protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a todo lo visto y lo vivido.

Por su extensión será publicada por entregas con una periodicidad semanal.

http://luismmurillo.blogspot.com/ (Página de críticas y comentarios)
http://luismariamurillosarmiento.blogspot.com/ (Página literaria)

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