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El doloroso mundo de las calles (“Seguiré viviendo” 35a. entrega)

Mi vista no pudo resistir Venus tan exquisita. Mi mirada se deslizaba turbada desde su talle hasta sus glúteos adorables. Ceñidos por un pantalón blanco que dejaba traslucir la seductora tanga, me habían quitado todo interés en el sermón del párroco. Había comenzado viéndolos de reojo y había terminado mirándolos con descaro. Estaba en éxtasis; en un éxtasis mundano. Gozaba con cuanto me dejaba ver, pero mucho más, con cuanto mi imaginación me prodigaba.

A mi lado los feligreses abstraídos en el rito repararon tarde en mi conducta. Cuando lo hicieron comenzaron a verme con asombro; y llegó el momento en que todos me clavaron su mirada. Había ira y admoniciones fuertes. Yo gritaba: «¡Hipócritas! ¡Allá ustedes y sus posturas moralistas!» «El cuerpo no es para fornicar», me replicaban, apoyándose en palabras de San Pablo. «¡Desafiaría a la ley natural si no me atrajeran esas hermosas nalgas! ¿No ven que es el instinto?». La iglesia se quedó en silencio y mis palabras retumbaron: «¡Pecador sería si intentara poseerlas por la fuerza! ¡Reclámenle al Creador mi instinto! A Él que imprimió en el hombre estos impulsos». Del púlpito bajó el padre con cara descompuesta, caminaba intimidante hacia mí, rodeado por la turba. Me arrollaron física y verbalmente hasta expulsarme. Peca de obra, consideraban unos; de pensamiento, otros. «¡Mis pensamientos son los mismos que pasan por su mente, pero ustedes, farsantes, los encubren!». En la algarabía mi alegato se perdió. Me dispuse a la lapidación: «¡Arrójenme si son tan castos al menos una piedra!». Sin darme cuenta estaba en plena calle, cegado por la claridad del día. Cuando mi vista se acomodó a la luz, abrí los ojos, todo estaba en paz, y la enfermera frente a la ventana abriendo las cortinas. Venía de allí la luz que deslumbraba. No había pecado, ni párroco, ni muchedumbre; una pesadilla apenas que se aprovechaba de mis conflictos inconscientes. Eran mis sueños librando batallas que percibía en la realidad resueltas. De pronto la seguridad que exteriorizaba estaba siendo puesta a prueba en mis sopores. Pensé que el superyó de mis delirios quería erigirse como mi contendiente. En mis visiones oníricas lo fantástico, lo místico o lo lujurioso había estado siempre presente, pero ahora  tenía una connotación filosófica, moral y religiosa que nunca le había dado. Era tal vez la incertidumbre en el momento de la muerte en confrontación con la seguridad de los razonamientos que habían guiado mi vida. Al fin y al cabo de lo absoluto no hay certeza, pero con la cercanía de la muerte estaba irrumpiendo en lo absoluto.

Volví a mi sueño y lo encontré gracioso. El amor, el sexo, la pasión, la reflexión intelectual, el esparcimiento, el culto, todas me resultaban actividades decorosas de un individuo sano. Ninguna era pecado. Imágenes surrealistas incómodas llegaron a mi mente: una Biblia sobre el pubis desnudo de la amante, una broma en un sepelio, una blasfemia infiltrada en un rezo fervoroso, de pronto un sentimiento ardorosamente lúbrico en plena eucaristía, recordándome que todo tiene su lugar y su momento. Todo eso es lícito dependiendo del entorno en donde se realice; censurable si se lleva a cabo cuando y donde no se debe.

Luís María Murillo Sarmiento

El demonio es el hombre (“Seguiré viviendo” 37a. entrega)

Continuará…

Seguiré Viviendo“Seguiré viviendo”, con trazas de ensayo, es una novela de trescientas cuartillas sobre un moribundo que enfrenta su final con ánimo hedonista. El protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a todo lo visto y lo vivido.

Por su extensión será publicada por entregas con una periodicidad semanal.

http://luismmurillo.blogspot.com/ (Página de críticas y comentarios)

http://luismariamurillosarmiento.blogspot.com/ (Página literaria)

 

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