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Entre la amante y un matrimonio mal llevado (“Seguiré Viviendo” 7ª. entrega)

«¿Qué es el pecado? ¿La rebeldía a la voluntad de Dios, una voluntad que poco conocemos? ¿O una absurda condición heredable como el pecado original, el curioso invento de San Agustín y Tertuliano? ¿Entonces el placer y el sexo, satanizados por la religión?».  En ello pensaba José en el preámbulo del inventario moral de su existencia. Confrontaba su vida con los patrones que le habían proporcionado, y no encontraba un modelo que no contraviniera su razón. Que era tanto como hallar un modelo que no hubiera quebrantado.

Polémica había sido su vida amorosa, por lo que resultaba forzoso recordar a sus amantes. Alguna recóndita culpa debía sentir para que fuera tan reiterativo en su defensa. «¿Pero era censurable?» –se preguntaba–. «Claro que no». Porque no encontraba pecado en los amantes. «¡Ideas fanáticas de puritanos resabiados! Noción del  bien y del mal que no comparto aunque esté a las puertas de la muerte».

Se negaba a transigir mientras pudiera demostrar que su existencia se había enmarcado dentro una moral tallada meticulosamente, muy personal y sólida; racional y práctica. «Los mayores males del hombre no provienen del amor –argumentaba pensando en los amantes–, sino del rencor, la ira, la envidia, la avaricia, el egoísmo y la soberbia. Ruindades que persiguen la desgracia ajena». Y guardaba para su tranquilidad la convicción de haber obrado siempre previniendo el daño de sus semejantes y examinando la bondad de sus acciones. Tenía la certeza de que el infierno nada tenía que ver con los instintos.

«Copular, comer y dormir son actos instintivos, pero fueron elevados a pecado; pecados pretenciosos, de la carne, la gula y la pereza. Ni muriéndome voy a reconocer como falta la fuente de mis dichas. Busquen en el abuso sexual, o en la paternidad irresponsable los verdaderos pecados de las carne. Más que pecados  son verdaderos crímenes».

Su escrupuloso inventario también le exigía cuantificar la falta. «¿Se peca únicamente con la intención perversa, o sólo cuando se logra materializar el daño?». Y deducía que la injuria que no se cristaliza por motivos ajenos a quien la concibe no rebaja la condición pecaminosa; y que en cambio la responsabilidad se eclipsa con la sola renuncia a cometer la falta. «Se registrará en la conciencia como un pensamiento más, inocuo y censurable». Y exponía que la ejecución del acto malévolo es la falta realmente punible. «Para castigar no basta la ideación. A diario todos albergamos oscuros sentimientos. Atajarlos es ya un éxito de la virtud. Es la voluntad, que mueve al individuo a la cristalización del mal que ha imaginado, la que confiere el carácter pecaminoso a los deseos». Así llegaba a la conclusión de que no hay que pagar por los pensamientos reprochables. Y se juzgaba tan profundamente lógico, que no albergaba temor por lo que debiera responder en otra vida.

Cada deducción lo incitaba a un nuevo análisis; y cada análisis a nuevas conjeturas. «¿Y cuánto pesa en la tasación de la falta el sentimiento de quien fue agredido?». Parecía lógico que quien tasara el daño fuera el ofendido. Pero no todo evento percibido por la víctima como perjuicio lo era en realidad. Pensó en Elisa deliberadamente. Le bastó el recuerdo de su esposa para concluir que debía dejar a la conciencia el discernimiento de sus propios yerros. Alguna imparcialidad –se dijo– debía tener su conciencia, cuando era capaz de señalar sus faltas y de celebrar que contuviera sus impulsos ruines. «Es falta indiscutible agredir a quien no nos ha agredido; no tratar de impedir que alguien cauce daño a un tercero es moralmente cuestionable, ¿pero qué falta puede haber en no dar gusto o someterse a alguien?». Cerró ese capítulo y volcó su interés en el daño autoinfligido.

Se dijo que la agresión contra sí mismo no es pecado porque es un daño consentido por la víctima, y que además no había forma de castigar al agresor sin perjudicar al agraviado. Una graciosa encrucijada con la que desechaba de la noción de pecado todo comportamiento en que terceros no fueran afectados. Su argumento lo llevó a simplificar la relación consigo mismo. Reducido a un absurdo el comportamiento contrario a los propios deseos, pregonó el hedonismo: «Hago conmigo cuanto deseo y tolero, si yerro, no son censurables mis equivocaciones porque cuentan con mi consentimiento; a nadie más violentan».

 

Continuará…

Las batallas conyugales (“Seguiré viviendo” 9a. entrega)

Luis María Murillo Sarmiento

 

Seguiré Vivviendo“Seguiré viviendo”, con trazas de ensayo, es una novela de trescientas cuartillas sobre un moribundo que enfrenta su final con ánimo hedonista. El protagonista, que le niega a la muerte su destino trágico, dedica sus postreros días a repasar su vida, a reflexionar sobre el mundo y la existencia, a especular con la muerte, y ante todo, a hacer un juicio a todo lo visto y lo vivido.

Por su extensión será publicada por entregas con una periodicidad semanal.

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