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Decidió su locura,
amansó su fortuna,
anidó en el reino del terror,
el pánico la crucificó.
El duende se enamoró
de su cabeza maltrecha,
acrecentó la duda,
fue besada por la luna.
El viento la estremeció,
en su ruina se atrincheró,
durmió con el duende
de los sueños fúnebres.
Se reflejó en el agua,
le habló a su alma,
creyeron que era inteligente,
la auparon sobre la muerte.
La coronaron de estrella
en su más allegada filosofía,
lloró de felicidad
porque nadie la entendía.
Nació la locura
y se le antojó divina,
escapó de la monotonía,
se cansó de la vida.
Se columpió en la existencia
de la mendicidad de los enamorados,
se inclinó la balanza
de su derrotada melancolía.
No supieron ver en ella,
más allá de lo que poseía,
murió su locura,
se le consumió su alegría.
Se despertó en el alba
de la gente sana,
caminó erguida,
regresó de la utopía.
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