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Para Andrés y Salvatore porque después de vivir mucho tiempo en Marsella aún no son adictos, y para Tatis por ser un adicto desde que lo conozco y enorgullecerse de ello.

 

Marsella, viernes 10 de agosto del 2001.

Y yo que creía que en Nuevo Laredo su uso era abusivo.  No había visto nada aún.  Como me dijo un día mi abuela, entre más vive uno, más ve.  En todo Europa especialmente en Francia, creo yo, el más que uso, abuso de los celulares es excesivo.

 

Lo llevan lo mismo ejecutivos de alto nivel que marginales, lo mismo sacerdotes católicos que rabies judíos, lo mismo industriales que africanos vendedores de chácharas, lo mismo médicos que vagos, lo mismo profesores universitarios que niños que no han terminado la primaria, lo mismo ancianos que estudiantes, lo mismo señoras bien que moros.  Ahora sí que es como una adicción que no distingue edad, raza, religión ni posición social.

Me pregunto si el Papa tendrá el suyo.  Seguramente Jaques Chirac tiene varios, uno de ellos de color rojo por aquello de las llamadas para ponerlo al tanto del escándalo de los dineros de su partida secreta.

 

Recuerdo que en Nuevo Laredo me reía de quienes recibían llamadas en cualquier lugar y muy quitados de la pena contestaban bueno ¡qué onda!.  Pensaba que las llamadas eran para avisarles que la bolsa de Hong Kong había caído o bien, que sus acciones en la bolsa de Sydney iban a la alza o que seguramente era un asunto importantísimo el que estarían tratando, un asunto de vida o muerte que no podía esperar a llegar a casa o a la oficina.  En Francia están peor.

 

Indistintamente lo utilizan mientras conducen, mientras viajan en el autobús o tren, mientras caminan, mientras patinan, mientras comen, en plena función de cine, cosa que me megadaña, me enferma, me cabrea.  Seguramente también lo utilizan en los sepelios mientras dan las condolencias a los deudos y en misa en plena elevación del Santísimo Sacramento.  Me pregunto si tal vez lo utilizan también mientras se bañan una vez a la semana o bien, mientras duermen.  Los franceses pueden hacer más de dos cosas al mismo tiempo siempre y cuando hablen por teléfono.  Son multitasking.

 

Igualmente lo mismo hablan desde la calle, desde la parada de autobús, desde el museo, desde los elevadores, desde los pasillos de la  universidad, desde los centros comerciales, desde la playa mientras toman el sol, desde las colas y también desde lo alto de la Torre Eiffel.  Me pregunto qué cosas tan importantes tratarán por el celular que no pueden esperar a llegar a casa.  Seguramente son personas de lo más importantes aunque no tengan tipo de gente bien, o aunque por su actitud siendo gente bien parezcan gente mal.

 

Después de casi ocho meses de vivir entre franceses ya lo veo un poco normal y a éstas alturas cuando conozco a alguien que no tiene uno miles de preguntas me invaden del por qué no es un feliz poseedor de uno .  ¿Será un anticuado y negado al progreso de la tecnología?  ¿Tendrá miedo a lo que se dice que su uso causa cáncer?  ¿Será un tacaño?  ¿Le gustará llevar la contraria?  ¿No tendrá amante?  ¿Deberá tanto que teme que sus acreedores lo localicen más fácilmente?  ¿Será melón?  ¿Será sandía?

 

Lo que he notado es que lo utilizan especialmente cuando se encuentran solos, o bien, mientras están esperando, lo mismo en el banco que en la parada de autobús, o bien, mientras viajan o conducen solos.  Me da la impresión que el hablar por teléfono les brinda la compañía que les hace falta para no enfrentar a sus fantasmas, o bien, para no aburrirse.  Les brinda una virtual sensación de sentirse acompañados.

 

Conocí los celulares allá por 1990 cuando el poseer uno era todo un status.  Entonces lo más común era llevarlo en los carros y su propósito era hacer la vida más sencilla.  La empresa para la que trabajaba tenía uno en cada carro.  No cualquiera tenía el privilegio de poseer uno y quien o poseía se medía mucho en su uso por lo caro del servicio.  Ahora el servicio es muy accesible y el sistema de tarjetas recargables existe en casi todo el mundo, lo que da pie a que muchos se gorreen el servicio, que nunca recarguen su tarjeta y lo utilicen únicamente para recibir sus llamadas importantes, porque aquí como allá, el que llama paga.

 

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