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Leonardo no sabía si había alguna posibilidad de escapar o al menos de salir con vida de esta situación. Estaba recostado en la larga, oscura pared de ladrillos de una callejuela y tenía todo el cuerpo pegoteado de sudor, molido de cansancio. Los latidos del corazón arremetían en su pecho con furibundos latigazos y los ojos le ardían de tal manera que hasta el choque del más leve aire le producía un dolor como de mil cuchilladas sobre las córneas y chorros de sangre brotando de sus cuerpos y un hilillo de baba que cuelga de aquella boca morena y el niñito perdiéndose entre las sombras y tú qué fue lo que hiciste.

Desde que se apartó del grupo, no había vuelto a ver a nadie. ¿Estarían muertos? ¿Acaso no lo merecían? Pero qué, cuando, en realidad, les habían lavado el cerebro u obligado a cumplir órdenes, como autómatas. La Revolución tiene que triunfar, una cara acaballada accionando los brazos, ¡viva la Lucha Armada, camaradas!, y un coro de voces respondiendo ¡viva! ¿Tuvo sentido todo eso? Dio una mirada en torno y chasqueó la lengua. ¡Bah!, mejor lárgate de una vez.

             -¡Busquen bien, carajo!-dijo, de pronto, una voz imponente.

             Leonardo se puso en cuclillas y, con un miedo creciente, escuchó también el claro sonido de unas botas repiqueteando contra el suelo de tierra. ¿Militares? Los mismos que los habían sorprendido, ¿no? No podías dejarte atrapar. Sí, me había invadido el temor de no volver a ser libre y llevar una vida normal, ahora que ya lo había decidido. La Revolución no es una empresa fácil, la cara acaballada mirando con aprehensión, la monstruosa quijada hacia arriba. Nunca lo será cambiar las estructuras de una sociedad. Y, cuando oyó que las botas se alejaban por otra calle, dio un largo suspiro y una casi tranquilidad lo envolvió. ¿Escaparía por fin?

             La callejuela era un maltrecho recoveco del camino principal de un cerro, a donde había llegado luego de concluida la misión. Los focos de luz, que apenas si proyectaban conos de absurda luminosidad, y la retahíla de viviendas singulares-una mezcla de ladrillos, calaminas y esteras-, creaban una sombra irregular que solapaba sus pasos. Un silencio de muerte dominaba el lugar y no se veían caras curiosas pegadas a las ventanas. Lógico, después de los disparos, quién de los que vivía por allí se asomaría. En tanto, Leonardo sentía cómo su respiración afanosa y el bombeo alocado de su corazón se calmaban poco a poco. Sólo el cansancio y el dolor de mil cuchilladas se resistían a morir, por lo que, para atenuarlos, resolvió quedarse donde estaba y cerrar los ojos.

             Desde el interior de su vivienda, él ve llegar a los encapuchados, con sus fusiles en bandolera, por el camino que zigzaguea en la montaña. Vienen cantando una imperiosa melodía y, con los puños apuntando al cielo, rodean la Plaza Principal ordenadamente. Una docena de ellos se dispersan, luego, por las calles aledañas, mientras los demás quedan sobre sus sitios, estáticos como piedras. Una infinidad de rostros, que adivina temerosos, se distingue en las ventanas de las casitas circundantes. Al cabo, la docena de encapuchados retorna a la plaza, trayendo consigo a unos tipos que caminan sin rechistar, motivados por las armas que penden a la altura de sus cabezas o empujados bruscamente con ellas. Otros encapuchados los obligan a ponerse de rodillas y les vendan los ojos y los tipos se dejan manipular, tembleques, como si no fueran más que simples monigotes. Uno que parece ser el jefe de los encapuchados se adelanta hacia ellos y empieza a hablar en voz alta, pero él sólo recuerda algunas palabras: malas autoridades, perros colaboradores, gobierno imperialista y traidor. Aunque sí oye con claridad el sonido atronador de las balas y observa cómo los tipos se desploman con breves e ilógicos espasmos. Unas manos gruesas se apoyan en sus hombros y descubre que sus papás espetan idénticas miradas de rabia contenida. El jefe inspecciona con un breve paseo los cuerpos caídos y embarrados de sangre, y, a una orden suya, los encapuchados vuelven a regarse por las calles y no se detienen hasta abrir las puertas de las casitas a patadas y llevar afuera a todos los niños que encuentran, en medio de gritos y lloriqueos de padres que miran el asunto resignados, de otros que luchan para impedirlo, y de golpes que los encapuchados les dan con sus armas para hacerlos retroceder. Y él, con la impresión de unos brazos aprisionando su cuello y su cintura, se ve rodeado, de pronto, de caritas imberbes y confusas, agrupadas en el centro de la plaza. El jefe selecciona a los niños más grandes y los encapuchados los conducen aparte. Los demás regresan a sus casas desconcertados y en el tumulto de padres se producen gritos de alegría y dolor. El jefe se cuadra entonces frente a los escogidos y les dice: “Ahora nos siguen tranquilitos y nada les va a pasar, ni a ustedes ni a sus padres”, y, a grandes voces, ordena la retirada. Banderas rojas flamean en los techos, algunos encapuchados escriben frases en las paredes, y él, mirando a su familia por última vez, parada en el umbral de su casita, reprime sus ganas de llorar y, desde la cima de la montaña, la ve ya convertida en un melancólico punto distante.

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