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El inicio de agosto anunció la primera cosecha y arrojó al mundo a Constantino. La tierra repleta del dorado de los trigales presumía su fertilidad por todo lo alto igual que Serapio, quien, orgulloso, salió de la habitación con su primogénito en brazos mostrándole a todos los presentes la delicada belleza de aquel pequeñito de piel rosada y tierna figura que dormía placenteramente después de la batalla librada para lograr nacer.

Como el sol y las primeras siegas invitan al agradecimiento y la celebración y aquel año la naturaleza lo había bendecido con una cosecha abundante, junto con el hijo varón que durante tantos años estuvo deseando, a pesar de las estrecheces y las deudas por pagar, los panes que salían del horno de barro, dorados y calientes, fueron obsequiados  en retribución a Dios por los favores recibidos.

La primera salida de Constantino a la semana de nacido, fue para conocer los trigales. El padre lo paseó entre el cereal maduro para que sintiera la brisa del viento sobre su rostro níveo, percibiera el rubio perfecto de las espigas que  lastimaban la vista con su resplandor, casi tanto como el sol, y se familiarizara con la fuerza de esa tierra generosa. Tenía ya grandes planes para su muchacho, en esos siete días había trazado cada minuto de la existencia de su hijo para labrarle un futuro prometedor y brillante, había que domarlo y trabajarlo como a la tierra misma para hacer de él un hombre de bien, generoso y entero, respetado y orgulloso.

Pero todo comenzó a venirse abajo con el paso de los días, las semanas y los meses. Cuando el niño crecía pero no hablaba, su comportamiento era retraído, anormal, sin respuestas a estímulos ni a sonidos.

Hipoacusia prelocutiva y mudez fue el diagnóstico de los médicos de la capital luego de innumerables exámenes y chequeos. En pocas palabras y para entendernos bien, no escuchaba ni tampoco podía hablar. Serapio se sentía devastado, timado ¿Cómo era posible que le hubieran jugado una mala pasada de ese tamaño? ¡Tantas ilusiones! ¡Cuántos planes que se quedarían en el aire! Y sin embargo, amaba a esa criatura cariñosa y dulce a pesar de sus deficiencias.

Precisamente ese gran cariño fue el que lo convenció de aislarlo en casa, para mantenerlo alejado de la crueldad de los otros niños, de las miradas de lástima de los demás y la compasión de la gente que terminaría por hacerle más daño que bien.

Constantino cumplía año tras año de su vida sin conocer nada que no fueran las paredes que delimitaban su casa y los trigales a través de la ventana. Se desplazaba por las habitaciones como una sombra. Emitía sonidos guturales, aullidos y gemidos cada que deseaba expresar una necesidad. Tenía la compañía de sus padres, pero se sentía solo, inmensamente solo, mentalmente solo, definitivamente…solo.

La tristeza  y la inutilidad le dolían profundamente. Sabía que eso no era la vida, había algo más, algo detrás de esa puerta por la que su padre se marchaba antes de que el sol saliera y por la que entraba cuando la noche había invadido todo con su oscuridad. Del otro lado estaban nuevas cosas, personas distintas, vidas ajenas que sí serían vidas,  paisajes diferentes y otras realidades.

Admiraba a su padre. Adoraba sentir las palmas de esas manos enormes y ásperas de tanto labrar sobre su rostro pálido acariciándolo y diciéndole cuánto lo amaba a través de sus ojos tan nobles como tristes. No sabía por qué razón era diferente a él. En ese mundo silencioso y eterno en el que estaba sumergido vagaba como un fantasma con la diferencia de que sí estaba vivo y le dolía el corazón ¡Dios! ¡Cuánto le dolía!

Porque sabía que representaba un fracaso para su padre. Porque sufría lo indecible cuando era recluido en sus habitaciones a consecuencia de la llegada de  alguna visita ocasional y a través de las cortinas de su habitación miraba con impotencia a los hijos de los visitantes correr libremente por ese campo que tanto amaba su padre y miraba a este último feliz entre ellos, corriendo con ellos, sintiéndose pleno por ellos. ¡Cuán distinto era cuando se trataba de él! Entonces, su expresión era sombría, sus labios dibujaban una mueca inconsciente de pena. Adivinaba que su condición de niño diferente era la causa por la que ese hombre tan grande y brioso llegaba a sentirse débil, vulnerable y definitivamente desierto, con una soledad que a pesar de ser profunda no era ni siquiera comparable a la que sentía Constantino que no poseía el consuelo de un sueño reparador por las noches, incapaz de lograr las ocho horas de descanso recomendadas porque la inactividad a la que estaba sometido durante el día no le procuraba el cansancio necesario para poder dormir.

Se desplazaba hasta la habitación de sus padres para despertar a Micaela, quien pacientemente lo llevaba de regreso a su cuarto y recostándose a su lado le permitía recargar la cabeza en su pecho. Tarareaba una canción de cuna para él y solo entonces  se relajaba y tranquilizaba, porque la vibración de la voz en el pecho de su madre y la sensación de los latidos del corazón que rebotaban en sus sienes le daban esa paz anhelada y lo hacían sentir seguro, querido y sobretodo…vivo.

Cuando por fin se dormía, Micaela acomodaba con sumo cuidado la cabeza de su hijo sobre la almohada para incorporarse con cuidado. Se detenía unos momentos para mirarlo: era tan pequeño, tierno, sufrido, pálido y con tanta necesidad de comprensión, un entendimiento que ella era incapaz de darle porque nada sabía acerca de sordomudos, la situación la rebasaba haciéndola sentir fracasada como madre porque lo amaba con todas sus fuerzas y quería verlo feliz. Sin embargo, Constantino era un niño sumamente desdichado.

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