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Quien, sin que nadie se diera cuenta, salía de la casa de cuando en cuando unos segundos, los suficientes para tomar un puñado de tierra y grabarse su aroma, su estructura, su color. La tierra era su rival porque ella sí tenía el amor de su padre, pero al mismo tiempo era su fuerza, su origen, su centro. No sabía de dónde le surgían estos pensamientos que terminaban siendo certezas. En su mundo de sonidos encapsulados había muchas cosas que no comprendía, pero también otras que le resultaban completamente claras, verídicas y sólidas. Como el hecho de que un poder muy grande le había sido negado. Ese logro que parecía existir en las bocas de los demás pero que en la suya estaba apagado. Una capacidad que ayudaba a la gente a entenderse pero que a él le había dado la espalda. Y tenía que ver aquello con los signos estampados en esos papeles que su padre observaba después de la jornada sentado en el sillón  junto a su gran tarro de café. Signos que por supuesto él no entendía, pero que observaba a solas intentando comprenderlos con todo y su multiplicidad de formas y combinaciones infinitas.

Miraba los periódicos viejos apilados en el cuarto de triques de la casa. Aparentemente eran todos iguales. Hechos con papel, conteniendo colores, dibujos o fotografías y, nuevamente, los caracteres de las letras. Siempre distintos a los anteriores, diferentes, desconocidos para él. Pero que de alguna manera estaba cierto de que se relacionaban con lo que fuera que saliera de la boca de las demás personas y que no salía de la suya, pero que parecía un acto fundamental a realizar pues todo el día y todo el tiempo las personas abrían y cerraban las bocas. Bocas que jamás se dirigían a él, que no estaban dispuestas a revelarle ningún secreto, a esclarecerle ninguna duda.

Algunas veces intentó acercarse a sus padres con el diario en la mano señalándoles cualquier cosa que llamara su atención para que le explicaran con señas, con gestos, como fuera pero que le dijeran algo. No era solo que él no pudiera hablar, sino que tampoco le hablaban. El silencio era compartido por ambas partes. Porque se limitaban a sonreírle y palmearle la cabeza sin pretender siquiera comprender lo que deseaba. Era un ente anónimo. Uno más de los quehaceres diarios y parte de las obligaciones: Darle de comer, vestirlo, palmearle la cabeza, sonreírle fríamente…y tolerarlo. Así se sentía, de esta forma vivía. En mutismo, en medio de un silencio mortal que no era consecuencia de su deficiencia, sino de la incapacidad de quienes le rodeaban.

Las palabras. Se habían convertido en un tormento que lo castigaba y laceraba día y noche. Inaccesibles para él pero cotidianas para el resto. Si tan solo las poseyera, entonces quizá…sería amado por su padre. Qué castigo tan grande ¿por qué? No lo entendía.  En aquella casa todo era una tortura. Además estaba la odiosa rutina que lo masacraba a medida que los minutos avanzaban para completar las horas que formarían un día entero que aparentemente terminaba pero que no tenía fin en realidad porque continuaba cuando comenzaba de nuevo la cuenta, siempre igual, todo igual, cada cosa igual. La eterna rutina.

Despertar le hacía sentir nauseas, tal vez porque eso era lo que menos deseaba: despertar. Abría los ojos y miraba el techo, reconocía las paredes con sus fisuras y el desgaste de la pintura desteñida por el paso del tiempo y le dolía, le lastimaba saberse vivo todavía, en aquella casa, con esas personas indiferentes, entre esas paredes odiadas.

Se acercaba la cosecha con grandes promesas de abundancia, pero mientras más prosperaba el trigal  mayor era el estado de inquietud profunda en que se sumía el pequeño. Vagaba por el pasillo con las manos en la cabeza gimiendo y lamentándose. Ni siquiera encontraba consuelo en su habitación, que siempre había sido segura, que era su refugio, su escapatoria, su cuartel de penas y terminó por meterse debajo de la cama de sus padres con lo que ocasionó una movilización mayor en toda la propiedad.

Constantino despertó a media noche sintiéndose sofocado y fastidiado. Caminó entre las penumbras hasta alcanzar la ventana. El viento mecía las espigas doradas, más doradas aún bajo los rayos del influjo lunar.

Sin pensarlo dos veces salió de la casa a pesar de la hora, descalzo, sin pensar en nada. Con los brazos levantados corrió hasta alcanzar el trigal. Sintió el aire danzando en su rostro, el sereno de la noche reposar en sus mejillas, la tierra bajo sus pies, entre los dedos. Esa adversaria poderosa que al mismo tiempo lo atraía como el influjo de un sortilegio imperial, mágico, espiritual. El viento arreció abofeteándole. Se internó en el trigal para guarecerse de él pero a medida que avanzaba las espigas se apartaban sacudidas por el aire intenso. Llegó al centro, no supo por qué pero se detuvo, miró el cielo negro poblado de estrellas brillantes, la luna redonda como una pelota, iluminada y clara. Entonces sucedió…un cuervo salido de quién sabe donde revoloteó a su alrededor gritando palabras: “Te amo”. “No quiero”. “Bésame”. “Me mataré esta noche”. “Te odio”. “Necesito de ti”.  Pero eso no fue lo extraordinario, el milagro real consistió en que ¡Podía escucharlas! Claramente, fielmente. No percibía el canto del viento, pero sí las palabras, una a una. Comenzó a dar vueltas con los brazos al aire loco de contento, aullando y gritando irrefrenablemente. Serapio lo encontró desmayado al amanecer, en medio del sembradío, ardiendo en fiebre y con el cuerpo helado.

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