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Yo mandaba en el burdel y es que todas debían tres, cuatro, diez almuerzos y eran parte del trabajo que me había impuesto mi padre, cobrar. Ya llevaba casi un año en esta función y me conocía casi todos los burdeles del centro, por lo menos algunos de los mejorcitos, los más  finos y elegantes, para qué, esos eran para gente muy rica y los de pobres ni hablar, yo nadaba como pez en el agua entre estos de clase media;  me imagino que las decoraciones  de allí eran iguales a las de mi pueblo, putas incluidas, y yo era una especie de rey en el sector. Cuando el veterano contó su aventura, aumentaron las ventas de mi padre y mis visitas a las putas, fuera de horario, como guía turístico de los amigos pueblerinos de mi papá. Aumentó mi fama de varón, que nunca quise tener, y seguí mi vocación de solitario.

Durante tres largos y hermosos años bebí a costa de las putas; por cuenta y a cuenta de sus deudas de comida con mi padre por  arriba yo me las comía por abajo y bebía lo que le quitaban a sus clientes y es que, en algún momento decidí no viajar por las noches de regreso al pueblo, y mi padre no lo supo, sino quedarme en uno de los burdeles del sector; años después, cuando se descubrió mi vocación alcohólica, se arrepintió de haberlo hecho...ya para que. No me agradaba mucho estar con las putas, más bien me gustaba estar donde ellas, en las horas en las  que no había clientes ruidosos y fastidiosos: todas fueron especiales conmigo y ayudaron en mi crianza; algunas eran viejas para mí, veintitrés o más años y, para pagar los almuerzos y comidas, me daban una niña recién llegada, un “virgo” que estaba vendido a un viejo mañoso, nos encerraban en una pieza y a descontar almuerzos; casi todas eran muy lindas y cercanas a mi edad de dieciséis años; a veces recuerdo sus rasgos, su cabellera, su hermosa sonrisa y la candidez de la entrega, jamás los nombres; y es que, a pesar de que habían estado conmigo las entrenaban para fingir como vírgenes con el idiota de turno.

Las amo en la distancia y las añoro porque siempre estuve con ellas en mayor o menor grado alcohólico, algunas, de veras eran vírgenes y llegaban concientes de su destino, pero la madrina me debía demasiados almuerzos y comidas. A veces yo  les prestaba dinero, y mi viejo, muy buena persona para otras cosas, no era dado a rebajar deudas de comida, entonces, la niña me salía cara pero no tanto como al cliente que compraba el virgo y quedaba con la satisfacción de haber colmado uno de sus sueños eternos, desflorar una doncella, y se iba feliz desconociendo que su sueño lo había disfrutado otro con más ganas y más sapiencia erótica. Tomaba todos los días y nadie se daba cuenta y si alguien se fijó no dijo nada y es parte de mi desgracia.

Hasta este momento suena fácil y agradable pero no es así, mientras uno bebe y conserva la conciencia sufre el rigor de las criticas sociales y la maledicencia de los vecinos, en la familia lo soportan a uno y dejan de invitarlo a las reuniones y agasajos familiares. No necesitaba nada de nadie, el restaurante de mi padre me proveía de dinero y mujeres, ¿para qué más? . Las vacaciones escolares se fueron pero me llevé la experiencia más extraordinaria de la vida; cuando mi padre sacó la cartera para darme dinero me dio pesar pero se lo recibí, yo tenía, por lo menos, veinte veces lo que me daba: muchos días, viendo su derroche, me dije: “Si lo gasta en borrachera y en mujeres, es lícito que le robe”, y lo hice, con una impunidad que no se compadece con los años; entré a quinto grado en la normal de mis sueños y mis desdichas con mucho dinero, más del que se ganaban los profesores, y dispuesto a gastarlo.

Esta etapa fue doblemente cruel, o triple si se quiere; bebía sin consideración, fumaba como un preso y me había acostumbrado a la vida de las mujeres de los burdeles en las tardes y noches de la capital y llegaba para el quinto año en un internado para varones en una ciudad bella pero fría, con mucha historia pero sin posibilidades de aventuras para un joven experimentado  que empezaba a vivir. Durante ese año reforcé los vínculos con los solitarios inteligentes y con el amigo del alma, de la capital, que estudiaba conmigo por obligación y que me abría unos horizontes ilimitados con chicas decentes a las cuales mi timidez mantenía a kilómetros de distancia; una cosa era las putas y otra las jóvenes de familia. En los benditos bailes, no muy frecuentes en esa época, sacaba a bailar y como estaba acostumbrado en los sitios de perdición las apercollaba igual que a las bandidas, por supuesto, esta acción, unida a mi aliento alcohólico y al tufo del cigarrillo me hacían despreciable; me desquitaba de sus desdenes los fines de semana en la capital, tan cortos y poco frecuentes durante las temporadas de estudio.

Me propuse ser de los mejores para no quedarme sancionado los sábados y domingos y poder viajar a disfrutar del trago y las mujeres en las hermosas noches capitalinas, para bailar y beber sin medida, a mi acomodo y con mujeres que no ponían frenos a mis instintos, más bien me incitaban para poder disminuir sus deudas de comida dándome a cambio trago del que robaban a sus clientes y sus cuerpos de los que gustaba cada vez menos; sacaba más placer de la botella que de las mujeres; al fin y al cabo aquella nunca me reprochaba mientras ellas discutían conmigo por las cuentas. Por esa época a mis aficiones agregué el gusto por el juego, pero no el juego inocente de los estudiantes por pasar el tiempo, no, si no había apuestas en dinero o prendas que lo suplieran pues, sencillamente, no jugaba; me sentía maduro entre muchachos de provincia mayores que yo y con una experiencia muy limitada de la vida; pronto aprendí a manejar los vericuetos de los diferentes juegos con naipes como el tute, el tresillo, el fierro, la veintiuna, el toruro, el king y otros, lo mismo que la guayabita y la veintiuna con los dados, amén de otros juegos como el parqués y las damas; el ajedrez nunca me llamó la atención porque era demorado y con pocas posibilidades de apuesta: Fuera del colegio jugaba billar en partidas interminables y tejo porque ambos daban la disculpa perfecta para emborracharse hasta el estado de coma.

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