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Treinta y cinco años después no me explico como pude sobrevivir a tanta cantidad de alcohol de alto octanaje como la gasolina de los aviones y cómo no estallé al encender uno de los innumerables cigarrillos que fumaba a escondidas en el colegio y mi compañero inseparable en las noches de perdulario en la gran ciudad. Estoy seguro de que, hasta ese momento, era un bebedor de miedo más no alcohólico, podía ingerir cantidades increíbles de licor sin caerme. Además, las mujeres de la noche me habían enseñado sus fórmulas personales para aguantar y una era asquerosa, me hacía recordar las bacanales del imperio romano: beber hasta casi perder el sentido y, después, ir al inodoro y vomitar para dejar el estómago limpio; luego un par de aspirinas con soda bien fría y listo: Leyendo encontré que el licor lava de sal del cuerpo y de ahí la necesidad apremiante al otro día de comer algo salado; dicho y hecho, cuando debía beber para intoxicarme consumía los alimentos de la noche bien salados para soportar la ingesta alcohólica y,  todavía no habían empezado las lagunas mentales con el terror de lo desconocido en esas resacas de agonía, pensando en los errores que se pudieron cometer el día anterior o la noche o el año o el siglo, en esas horas de miedo interminable cuando a uno le duele hasta la raíz del pelo pero no puede localizar puntos exactos, no sabe que hacer y, a veces, en medio del desespero grandísimo, se sienten deseos de morirse, nadie se compadece de su situación, más bien muchos se alegran porque saben la causa del malestar y con un tonito irónico dicen: “Siga tomando”, mientras se agoniza entre vapores sulfurosos en lo profundo de los infiernos y le mienta la madre al desgraciado que dice lo que dice y le desea las mayores desgracias, sólo de pensamiento, claro está, porque muchas veces es la propia madre de uno la que ironiza y como  va uno a mentarle la progenitora a la mamá propia.

Este maldito malestar y miedo se curan con la quinta o sexta cerveza y, de nuevo se empieza otra borrachera. Bueno, creo que uno es masoquista porque, a sabiendas del dolor que se ocasiona, cada día, para mitigar el dolor, el malestar y los remordimientos, vuelve a destapar la botella en un círculo sin principio ni final. Me acordaba del primo médico;   me contaba acerca  del viejito del arca, que fue el primer patriarca bíblico que se emborrachó con vino. Después se empelotó y se volvió loco de la borrachera tan madre que tenía y maldijo a uno de los hijos que se burló de él, que embarrada, y yo me dije, si mi madre me maldice me jodo... Bueno, pensé, pero el viejito Noé maldijo al muchacho fue  después de severa borrachera y mi mamá no toma, me salvé.  En cualquier momento de un año que no recuerdo me gradué. Así de simple, me gradué y no fui el mejor, a pesar de que hubiera podido serlo. Pero cómo, si los dos últimos años los pasé, durante las vacaciones y los fines de semana en la capital, exactamente en el centro, distribuyendo mi tiempo entre el restaurante y la cobradera en los sitios de perdición.

Me gradué, dije, y empecé a trabajar como educador, profesor, maestro, instructor o lo que ustedes quieran, arrojen las cartas sobre la mesa y escojan. Mis entradas monetarias eran buenas, por lo menos ganaba más que los amigos de mi papá y, de pronto, más que él mismo porque yo no despilfarraba: Bebía, eso sí, pero muchas botellas me las daban las nenas de los bares, cafetines y burdeles a cambio de las deudas acumuladas. Sí, además, eran jóvenes y atractivas agregaban carne al abono de la deuda y yo feliz. Pienso en la distancia de los años que si desde el principio de mi carrera alcohólica el licor me hubiera sentado mal, no habría bebido. Lo malo fue que me hizo sentir creativo, poderoso, genial y otros atributos no menos despreciables y, ahí seguí en descenso.

No me explico como diablos podía cumplir con la jornada de trabajo en la escuela por la mañana, por las tardes y noches donde mi padre y en los espacios de tiempo libres donde las mujeres, acompañando  la mayoría de actividades con trago. Al principio no bebía en el trabajo pero llegaba en unas resacas de muerte que calmaba en una tienda cercana con un refajo bien frío (1). En el intermedio de las clases me tomaba dos o tres cervezas que permitían a mi cuerpo reubicarse en el planeta tierra: Una señora, que sospechaba la causa verdadera de mis dolencias me preparaba unos caldos de papa con carne que me resucitaban para por la tarde retomar la senda de mis dolores…

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