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MATSUALÍ

“La que ve lo que aún no ocurre”

Capítulo 3: Tormenta de arena

Llevaban veinte días desplazándose hacia el interior, casi siempre con el mismo paisaje desolado frente a sus ojos, Dunas a la izquierda y tierra casi reseca a la derecha. El camino se dibujaba tras de ellos, eran sus cansados pasos los que creaban ese camino. Dos días hacía que racionaban agua y solo quedaban algunos granos como ración para cada uno. La fragilidad del ser humano en la desdicha es innata en si mismo, a pesar de las innumerables veces que Matsualí había encontrado la forma de paliar el hambre y la sed en ese casi mes de caminata, ahora muchos del grupo dudaban. Especialmente los hombres que aman y odian con tanta intensidad como su ego se los permite, conversaban entre ellos si no era mejor tomar las riendas, no les convencía la seguridad con que Matsualí guiaba al grupo, empezaron a sospechar de ella como una bruja que los estaba llevando a la condena.

La sed y el hambre parecía acentuar sus sospechas. Conversaban en el nuevo lenguaje creado porque era más fácil de usar que sus propios lenguajes que solo entendían ellos.

Matsualí había elegido el rumbo con una seguridad que desconcertaba a todos. “Hacia el río”, decía, y aunque ninguno veía señal de agua, la seguían porque los otros caminos se hacían inaccesibles y la soledad del páramo desolado los terminaba acobardando.

Llegaron cansados a un terraplen escarpado, con solo montículos de grandes piedras a un costado, del rumbo que Matsualí seguía. 

Los hombres se decidieron a tomar el control, Matsualí los estaba llevando a un desierto de calor infernal y no les quedaba mucha agua, a algunos ya no les quedaba ninguna. Los niños lloraban rogando detenerse, sus madres alzaban a algunos pero el cansancio las rendía pronto. Matsulí escuchó los rumores a su espalda y giró para verlos con ojos desesperados.

-Sigan, no pueden detenerse ahora. ¡Sigan o moriremos! - gritaba casi con desesperación, era la primera vez en todo este tiempo que parecía perder el control y eso los asustó más que el hambre y la sed. La niña se había convertido en su ancla a la esperanza y esta parecía estar cediendo. Los hombres se miraron desconcertados y decidieron hacer lo mas prudente, seguir a Matsulí que apuraba el paso, gritando con urgencia que la sigan.

El aire se detuvo y un muro de sombras cobrizas se elevó hacia el cielo. "¡Quietos ahora!", gritó Matsualí. Su voz cortó el viento con la precisión de un instrumento afinado.

Todos se quedaron donde estaban mirándola desconcertados, solo el llanto de los más jóvenes rompía el silencio.

La tormenta llegó sin aviso. Una pared amarilla que se alzó desde el horizonte como un muro de dioses airados. La visión terrorífica de ese gigante de arena que iba a por ellos rompió su frágil calma que aún los sostenía, los hombres gritaron, las mujeres abrazaron a sus hijos, y todos corrieron hacia las dunas buscando refugio, pero Matsualí permaneció quieta, con los ojos entrecerrados, calculando.

El viento empezaba a soplar con mas furia a cada momento. mientras los primeros rastros de arena golpeaban sus ropas, Matsualí calculaba que el viento soplaba a más de cien codos por hora en la vorágine de la tormenta, pero ella veía más allá del polvo. Recordaba las formaciones rocosas que había divisado dos días atrás, la orientación de las grietas, la dirección de las sombras al mediodía. Su mente, funcionando con la velocidad de un relámpago, trazó una ruta.

—¡Allí! —gritó, señalando un punto que para los demás era solo ceguera.

Nadie se movió. El pánico los paralizaba. Entonces ella hizo algo que nunca había hecho: corrió hasta aquel hombre que sabía quería reemplazarla como guía y lo tomó por el brazo, lo obligó a mirarla a los ojos y clavó su mirada en los suyos:

– Sígueme y trae a los demás o causarás la muerte de todos -

 y el vió en su mirada tanta certeza y determinación que la duda se disolvió.

Gritó a los demás y obligó a las mujeres y a los niños a correr tras Matsualí, a pesar de que ella se dirigía a la misma boca del gigante monstruo de arena

La columna se recompuso con ella al frente, caminando apresurados contra el azote de la arena que se intensificaba a cada minuto, Matsualí los guiaba con una determinación que desafiaba su tamaño. 

Cada paso era un cálculo: velocidad del viento, ángulo de los granos, densidad de la nube. En su cabeza, la tormenta se movía con la lentitud de un glaciar, y ella encontraba los corredores donde el azote era menos letal.

Ordenó a todos refugiarse en una formación de piedras calizas gigantes que estaban a un costado de su rumbo principal, pero no para esconderse, sino para reconfigurar el entorno. Siguiendo un patrón fractal, ordenó poner piedras y escombros delante de ellos para desviar el viento en lugar de bloquearlo. Creando pequeños vórtices de arena que parecían columnas de viento.

Mientras la tormenta rugía con percusión frenética aumentando cada vez más de intensidad, Matsualí avanzaba seguida por todos. Ajustaba cada piedra, cada escombro mientras avanzaba creando vórtices de arena que habilitaban pasillos que apenas duraban unos segundos, levantaba las manos y aullaba con su voz aguda, guiando a la columna mientras pudieran verla y oírla, cuando la presión cambiaba giraba a un lado u otro caminando entre esos vórtices de arena.

Sintió que alguien la tomaba de la túnica y siguió hacia adelante sin darse la vuelta, ya no había posibilidad de levantar las manos ni de que sus aullidos sean escuchados, Matsualí confiaba en que todos estaban agarrados de sus ropas siguiéndola desesperados.

Cuando llegaron a la cueva que solo ella había visto deduciendo el camino, la tormenta empezaba a rugir sobre sus cabezas con furia de bestia enjaulada, Aullando entre las rocas como si reclamara a sus víctimas. Como si la furia del viento necesitara de la vida de cada uno de ellos. 

Matsualí se paró en la entrada aullando hasta que el último del grupo entró

Contaron a los suyos: todos vivos. 

La niña se sentó en la entrada de la cueva observando a la arena caótica girar sobre si misma creando torbellinos en el aire, escuchó su rugir sombrío y amenazante, pero la tormenta no entró en la cueva y con la espalda recta esperó.

Los demás se buscaban en el fondo de la cueva completamente oscura, sus voces aterrorizadas se llamaban hasta encontrarse. Todos se sentaron mirando a Matsualí sentada y firme en unos pocos metros de la entrada, como desafiando al monstruo que rasgaba el techo y las paredes.

La noche cayó y la arena no cedía. La temperatura en la cueva descendía a cada momento, de sus bocas salía el vapor interno que parecía congelarse en sus labios. Todos se acurrucaron juntos calentándose mutuamente. Matsualí se levantó silenciosa, llamó a los hombres por sus nombres y juntos buscaron entre la arena y las piedras del suelo todo lo combustible que pudieran encontrar.

En pocos minutos rastrearon la cueva y dejaron en el fondo de la cueva todo lo que encontraron. 

Uno de los niños encontró piedra de pedernal y con esfuerzo trataron de encender un fuego.

Matsualí los detuvo.

– Aun no. Aun el frio es soportable. La arena no desiste, si encendemos el fuego ahora, se consumirá antes de que lo peor de la noche nos caiga. Esperen –

Los niños se acurrucaron junto a las mujeres sin protestar. Para ellos la palabra de Matsualí era ley.

Los más viejos trataron de protestar, diciendo que si el frío ahora era insoportable estarían muertos antes de poder encender el fuego.

– No hay elección, si encendemos ahora el fuego moriremos al amanecer. Deben confiar en mi – 

Matsualí volvió a tomar su lugar cerca de la entrada de la cueva, sentada erguida y firme. Como si el frio que empezaba a ser acuciante no la torturara como a los demás.

Matsualí miraba la arena y escuchaba su rugido, concentrada al 100 por ciento a las señales que ésta le enviaba. Había un rugido sordo que se escuchaba lejano pero que se acercaba poco a poco, era el núcleo de la tormenta. El verdadero rostro del monstruo.

Una de las mujeres la cubrió con una ropa extra que se quitó de encima, luego se fue al grupo donde todos esperaban apretujados, temblando pero todavía conscientes.

Las horas pasaban lentamente, era una tortura sádica. El frío que se hacía más fuerte, el rugido de la arena que no cesaba y la leña al centro sin encenderse.

Varias veces en la noche alguno de ellos se levantó y se acercó al montículo de leña para encenderlo. Matsualí solo levantaba el rostro y lo miraba. El intento moría con ese movimiento y volvía al grupo protestando de frío.

Llegada la madrugada más allá de la media noche, Matsualí trató de levantarse apresurada, pero su pequeño cuerpo contracturado y frío, no le respondió, cayendo al suelo aparatosamente. El grupo apretujado al fondo no la oyó. Todos estaban temblando buscando calentarse entre ellos, con las ropas cubriendo sus cabezas buscando atrapar cualquier rastro de calor.

Matsualí sentía morirse de calambres, su boca se abría sin poder emitir ni un sonido, empezó a arrastrarse sobre el arenoso suelo tratando de gritar. El rugido afuera parecía hacerse aún más fuerte, más profundo, un sonido grave como de tierra rompiéndose.

Matsualí luchó con su cuerpo y el dolor de sus músculos para concentrarse lo suficiente en su garganta y gritar a todo pulmon:

– ¡¡¡El fuego!!! –

Una de las mujeres que estaba mas cerca de ella se descubrió el rostro y la miró tendida en la arena de la cueva arrastrándose apenas y replicó el grito.

– ¡El fuego, hay que encender el fuego! –

Todos se revolvieron sobre sí mismos tratando de incorporarse en un caos de piernas y ropas entrelazadas.

El niño del pedernal fue el primero en llegar al montículo leña y golpeó la piedra tratando de hacer chispa.

Uno de los hombres lo reemplazó y a fuerza de golpes duros logró saltar una chispa a las hojas resecas.

Matsualí se retorcía de dolor en el suelo y varias mujeres fueron a friccionar sus músculos para darle calor y aliviarla.

El fuego se encendió al final y Matsualí ordenó a todos cubrir el fuego haciendo una muralla alrededor con sus cuerpos.

Todos se pararon uno al lado del otro formando la muralla mientras el fuego crepitaba calentando poco a poco el ambiente.

Pusieron a Matsualí más cerca para que se caliente la primera. 

La tormenta golpeó el lugar más fuerte que en toda la noche, el rugido se hizo casi insoportable, el fuego estuvo a punto de apagarse, todos se apretujaron más cerrando el círculo, cubriendo el fuego.

Fue eterno el tiempo que la tormenta golpeaba la cueva, rastros del viento arenoso sofocaba el ambiente cerrado, el humo del fuego no ayudaba pero por lo menos el frio no era tan terrible.

Matsualí miró a la entrada y puso oídos atentos. Volvió la cabeza a la fogata y se quitó la túnica para alimentar al fuego.

Una de las mujeres la vió y la atrajo para si cubriéndola.

– ¿es tan necesario? – preguntó uno de los hombres

– por ahora si – respondió la niña cubierta entre las mujeres – si vuelve a ser necesario, será tu túnica la próxima – le advirtió. El hombre sintió un escalofrío en la espalda. No tenía la menor intención de quedarse semi desnudo en la helada cueva.

Cuando vieron que el fuego ya se consumía, el hombre miró a Matsualí que asintió con la cabeza. No tuvo más remedio que quitarse la túnica y alimentar al fuego con ella.

Varios brazos lo cubrieron apaciguando el gélido frio que lo congelaba.

Matsualí se cubrió con la tela que cubría la cabeza de una de las mujeres y fue para la entrada.

Respiró aliviada. El monstruo rugía adelante, se había ido.

Al amanecer, cuando el viento cesó y el sol mostró un desierto limpio y nuevo, ella salió la primera, seguida de todos los demas que recibían el calor del ardiente sol como una bendición. Suspirando y llorando, agradeciendo a sus dioses el regalo de un dia mas de vida.

Matsualí dibujó un símbolo en la arena que comenzaba a calentarse: Un Sol en una copa

– Debemos beber la vida – les dijo cuando se acercaron.

Todos la miraron agradecidos y felices. Uno de los niños se quitó la túnica y se la dió a Matsualí que la recibió con gratitud

Habían sobrevivido porque ella había convertido el caos en una arquitectura de victoria, el temor en paciencia y la solidaridad en valentía.

Desde aquella aventura de terror, nadie volvió a dudar de ella.

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(Fin del Capítulo III)

(Próxima entrega: 29/marzo/26
Capítulo IV : La noche del Djin)

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Banda sonora Tormenta de arena

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