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Varios días después de este cambio, Lápiz se dio cuenta de que él también había cambiado: ahora ya no se enojaba cuando los niños agregaban a sus textos uno que otro corazoncito, florecitas o márgenes cursis, ni tampoco si escribían pocos renglones o si la letra estaba deforme, si tenían faltas de ortografía o si no respetaban los espaciados, pues lo que importaba era que ahora lo hacían con gusto; lo demás ya se iría corrigiendo con la práctica. Tan contento estaba Lápiz, que hasta bromas les hacía a los niños: se escondía cuando iban a buscarlo; al no encontrarlo, reportaban a la maestra que alguien se los había robado, y entonces, cuando estaba a punto de empezar el operativo de búsqueda, Lápiz aparecía como por arte de magia con una tímida sonrisita debajo de una butaca… ¡Ah, qué Lápiz tan travieso!

Pero sucedió que un día a Lápiz no le dio tiempo de volver y fue reportado como perdido. Inició el operativo y, ¡oh, sorpresa!, lo encontraron en el morral de Pedrito. ¡Pobrecito!, por más que decía que no había tomado el lápiz, no sabía explicar cómo es que estaba en su morral, de manera que la maestra mandó llamar a su mamá para el día siguiente.

Pedrito lloró, y Lápiz también, pues por su culpa castigaron a Pedrito sin dejarlo salir a jugar con sus primos y vecinos durante una semana. El niño estaba muy triste, pues varios de sus compañeros le decían cosas que le dolían. Lápiz no sabía qué hacer para arreglar la situación, y cada vez que Pedrito lloraba, Lápiz también lo hacía.

Cuando el niño llegó a su casa no quiso comer y se encerró en su cuarto. No tenía ganas de hacer su tarea, pero tampoco de jugar, aunque fuera en su cuarto, y eso sí que era grave. Después de un rato de estar pensando una y otra vez en lo sucedido, se empezó a acordar de algo a lo que no le había dado importancia, y que podría ser la clave de todo. Esa mañana, después de haber ido a calificar un trabajo con la maestra, recordó haber encontrado su morral y estuche tirados, de manera que recogió el morral y echó todos los colores y lápices que estaban regados, en su estuche. Poco después fue cuando desapareció el lápiz de su compañerito: esto daba la posibilidad de que el lápiz estuviera tirado y él lo hubiera recogido junto con sus cosas sin darse cuenta.

Este recuerdo le dio ánimos a Pedrito: estaba dispuesto a defender su honor a toda costa: él sabía que no había tomado el lápiz y eso le daba valor. Lápiz se puso a brincar y brincar muy contento, pues Pedrito al fin se veía animado, pero de tanto brinco se cayó de la cama. Cuando Pedrito oyó el ruido de Lápiz al caer de la cama, le dijo: “¡Lápiz travieso!”; al oír esto, Lápiz se dijo a sí mismo: “¡Ya me descubrió! ¡Ya sabe que yo tengo la culpa!”. Sin embargo, el niño lo había dicho porque se cayó de la cama, y no porque supiera lo que había provocado.

A Pedrito se le ocurrió una idea después de ver a Lápiz caerse de la cama: lo tomó, sacó la libreta en donde escribía su diario y empezó a redactar lo más detallado posible lo que había ocurrido la mañana anterior. De esta manera, al leer por la mañana ante el grupo el acostumbrado diario, daría a conocer su versión de los hechos y todos tendrían que escucharlo. El travieso Lápiz –que antes era serio y no tenía nada de travieso– se esforzó en deslizarse rápidamente por la hoja de la libreta, dándole la mejor forma a cada letra que Pedrito trazaba, y aunque a veces el niño no terminaba bien los rasgos, Lápiz los completaba por él, ya que se sentía feliz de colaborar para borrar la mala imagen de Pedrito ante su mamá, la maestra y sus compañeros. Por un lado, Lápiz estaba realmente arrepentido de lo que había hecho, pero por el otro se sentía contento de ver a Pedrito usarlo con tanto gusto, y no de mala gana como otras veces.

Cuando Pedrito terminó de escribir el primer párrafo, se regresó a leer lo que ya había escrito y se sorprendió de su propia letra, que se veía diferente, como a su maestra le gustaba. Le agregó algunas comas y buscó en el diccionario algunas palabras para ver si llevaban acento. Tenía que estar muy bien armada su defensa, pues de eso dependía su libertad.

Lápiz le echaba porras a grandes gritos: “¡Sí, tú puedes! ¡Arriba Pedrito!”. El niño continuó escribiendo en su diario, mientras Lápiz mostraba una agilidad extraordinaria, haciendo trazos muy precisos: líneas rectas, largas y cortas, curvas, inclinadas; en los puntos daba vueltas como pirinola, y aunque se mareaba un poco, continuó hasta que el niño consideró que ya estaba terminado.

Pedrito llegó muy temprano a la escuela y esperó ansiosamente el momento de iniciar la clase. Mientras tanto, permaneció en su lugar quieto y calladito. Lápiz también se quedó muy quietecito sobre la banca de Pedrito, a la espera del momento en que Pedrito presentara su defensa.

Cuando por fin llegó el momento en que la maestra preguntó quién quería pasar a leer su diario, Pedrito levantó la mano con presteza, de manera que le fue concedido el primer turno para leer. De una forma muy tranquila, leyó todo lo que había escrito sobre el incidente del día anterior, y tanto la maestra como sus compañeritos escucharon muy atentos la lectura. Cuando Pedrito terminó, reinó un gran silencio en todo el salón. De pronto Carlitos, levantando tímidamente la mano, pidió la palabra y dijo:

“Maestra, yo fui el que tiró las cosas de Pedrito, y todo por alcanzar a Daniel que me quitó mi sacapuntas.”

Entonces Daniel se defendió: “Sí, pero tú antes me quebraste mi lápiz”. “Pero no fue a propósito; estaba tirado y lo pisé sin querer”.

Otro niño intervino: “Maestra, Carlitos andaba jugando con Karla. A mí también me tiró mis cosas”.

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